Un país de emigrantes
Aunque no nos demos cuenta, Colombia es un país de emigrantes. Y, más que las cifras, más que la cuantificación de los compatriotas que se han ido al exterior en busca no tanto de un mejor mañana, como de un hoy menos malo, me atrevería a decir que son sus rostros de añoranza, y que a veces aparecen en informes de televisión, los que reflejan la enfermedad honda del alma que es la emigración. Rostros conmovidos, adoloridos por la mustia resignación de las lejanías y los no-retornos y que acaban absorbidos por el anonimato en tierra extranjera, por el olvido de los desterrados.
Muchos colombianos nos columpiamos entre dos extremos, que no nos atrevemos a confesar. Por un lado, un deseo enfermizo, patólogico, de irnos, de emigrar. Por otro lado, ya inmigrantes en otro país, unas ganas locas, enfermizas también y patológicas, de volver. Dicho en términos técnicos, nos balanceamos entre la “apodemialgia” y la “nostomanía”.
Me perdona el lector si saco a relucir vocablos desconocidos, pero acudo a ellos no solo por mi afición a las etimologías griegas, sino porque precisamente en su composición describen las manifestaciones síquicas y sociales a las que nos estamos refiriendo. Veamos.
“Apodemialgia” se descompone así: “Apo”, preposición y adverbio griegos que se traduce como de, desde, lejos, y como prefijo denota separación. “Demos” significa pueblo (de hecho, el verbo “apodemó” es irse de viaje, estar fuera, y en aoristo -que es el pretérito indefinido de la conjugación griega- significa precisamente “emigrar”. Finalmente, “algos” es dolor, vocablo usado como seudosufijo para calificar dolencias: neuralgia (dolor nervioso), cefalalgia (dolor de cabeza), etc. En concreto, apodemialgia es: “Afección contraria a la nostalgia, que impulsa a abandonar el propio país”.
Esto se va pareciendo a una aburridora clase de griego. El lector perdonará. Sigamos, pues. “Nostomanía”, en el polo opuesto, es simple y llanamente, “nostalgia morbosa”. Viene de “nostos”, que significa vuelta a la patria, regreso, y “manía”, locura, idea fija, que como seudosufijo sirve para nombrar patologías síquicas. Si a “nostos” le añadimos la palabra “algos”, como bien se ve, resulta la otra realidad que nos acosa, la nostalgia: “Tristeza del que desea el regreso a su patria”.
Y no más griego. Aunque si el lector me lo permite, para concluir tan cansona digresión etimológica, estos dos versos de la Odisea (canto 1, v. 58-59,) en que se cuenta cómo Ulises “deseaba ver elevarse el humo de las chimeneas de su patria y anhelaba morir”. Sentía eso: nostalgia, añoranza, saudade, morriña. La tristeza de los emigrantes.
El peligro, tanto de esas ganas locas de volver, como de las ganas locas de irse, es que se conviertan en patologías del desarraigo, con lo que ello implica de desencanto vital, de apatía por el entorno del que se huye o al que se llega; de falta de compromiso con el país del cual se emigra o de aquel al que se llega como inmigrante. La frustración como destino biográfico o social