Columnistas

Villancico para una nostalgia

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06 de diciembre de 2014

Hay que aceptar que los villancicos, que ya empiezan a llenar los aires de Navidad, se han convertido en un himno a la nostalgia. Lo que no es tan inocente como parece, porque la nostalgia frena la visión de futuro, lo atrapa a uno en el pasado y convierte el presente en un muestrario de despojos humanos, de vigores apagados, de endebles ensoñaciones.

La tentación de la nostalgia es fatal. Aparentemente no hay peligro. Los recuerdos, como los muertos, suelen ser inofensivos. Por eso se pueden manosear impunemente. Y a todos en cierta forma nos encanta sestear al sombrajo de las añoranzas para disimular nuestra cobardía frente al presente y, sobre todo, el miedo tremendo que le tenemos al futuro.

Porque de eso se trata: de ser fiel al futuro que, tras el presente que quemamos en cada instante, es lo único que nos queda. El elíxir de la eterna juventud es no dejarse dominar por el demonio meridiano de la nostalgia. Joven es el que mira hacia el futuro, el que navega en él aunque a menudo naufrague. Por eso hay jóvenes envejecidos y viejos jóvenes. La vejez, de pronto, no son los años, sino ese perderse en los manglares del pasado, de lo irrecuperable.

A medida que envejezco veo con más claridad y con preocupación por las equivocaciones irreparables, que la nostalgia es pura (o impura) decadencia. Una forma de volverse viejo. Una guía para quienes caminan entre ruinas.

Es saludable, pues, practicar una higiene contra la nostalgia. Aunque duela. Tanto en lo personal e íntimo, donde se puede incubar sin casi uno darse cuenta, como en lo social. Es sabio aceptar que para que el mundo siga adelante hay que apostarle al futuro. Y cortar amarras para que no encalle ni naufrague el barco.

Dice el reconocido teólogo brasileño Leonardo Boff: “El hombre no es solo pasado y presente. Es principalmente futuro. Es proyecto, prospección, tensión hacia el mañana. El pasado de hoy está formado por el futuro de ayer. Así que antes que el pasado se haya hecho presente, fue futuro. Nos encontramos en la prehistoria de nosotros mismos. Estamos todavía naciendo. Todo es siempre promesa. El punto de llegada es un punto de partida. De ahí que todo se encuentre todavía abierto. Por eso puede haber temor, ansiedad, inseguridad, riesgo, coraje, osadía, esperanza”