Violencia lejana, violencia cercana
La violencia, como tantas otras cosas en la vida, como casi (o sin casi) todas las cosas de la vida, pareciera que no se hace real, que no existiera hasta que no se siente en carne propia, en alma propia. Y quienes se parapetan en los conceptos teóricos, que son muchas veces una simple barrera para ver los toros sin peligro, pueden cometer el error de intentar interpretaciones que terminan siendo casi una impudicia intelectual frente al dolor ajeno, frente a la angustia con que la violencia nimba trágicamente a los que golpea.
Marguerite Yourcenar (1903-1987), en un artículo de 1972 que leo en uno de sus últimos libros, “El tiempo, gran escultor”, comenta: “Oscar Wilde escribió en algún sitio que el peor crimen era la falta de imaginación: el ser humano no se compadece de aquellos males de los que no tiene experiencia, ni de aquellos a los que no ha asistido”. Y a continuación la conocida escritora hace el siguiente comentario:
“A menudo pensé que los vagones precintados y los muros bien construidos de los campos de concentración aseguraron la propagación y la duración de unos crímenes contra la humanidad que hubieran cesado mucho antes, de haber sucedido al aire libre y a los ojos de todos”. Y observa que la costumbre de la Edad Media y del Siglo Grande (el Grand Siecle de Luis XIV), de realizar las ejecuciones en las plazas públicas, midratizaba con toda seguridad a ciertos espectadores; siempre había alguno, no obstante, que se emocionaba, aunque no protestara en voz alta, y su murmuración terminó por ser escuchada”.
La cita nos sirve para ampliar esta meditación sobre una violencia lejana que cada día está más cerca, vivida y sufrida, contemplada cada vez por más personas. Ciertamente se corre el peligro de que la violencia cotidiana y repetitiva se convierta en un espectáculo y sea una experiencia mitridatizante, de que se habla en el texto. Y expliquemos de paso qué significa el verbo mitridatizar.
Mitrídates VI, el Grande, fue un personaje histórico, enemigo de los romanos, famoso tanto porque hablaba veintidós idiomas, como por su legendaria resistencia a los venenos. De ahí viene la palabra mitridatismo, que es la inmunización a las pócimas venenosas, mediante la absorción prolongada de dosis mínimas.
Mitridatizarse frente a la violencia es volverse insensible a ella a punta de experimentarla a diario, de tenerla enredada entre los pies. Un riesgo real. Tan grave como la insensibilidad que viene de no querer ver, de volver la cara, de mostrarse lejano. De no ser solidario. Sin embargo, querámoslo o no, la violencia está cada vez más cercana. Un síntoma de que llegó al clímax, al punto más grave, el de no retorno, es cuando se siente que la violencia no es un asunto ajeno. Sino propio, de todos. Es decir, que dejó de ser concepto, para ser realidad sentida en carne propia. En alma propia. El peligro es volverse inmune a ella, mitridatizarse.