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El secreto para vivir más de 100 años: viaje al interior de una “Zona Azul”

Lejos de los laboratorios antienvejecimiento, una península en Costa Rica demuestra que la longevidad va más allá de hacer dieta y ejercicio. EL COLOMBIANO viajó hasta Nicoya, una de las cinco “Zonas Azules” del mundo donde se vive más y mejor.

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Periodista y politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá. Máster en audio digital y pódcast del Centro de Estudios Superiores Barreira en España. He desempeñado distintos roles en Colmundo Radio, El Tiempo y Noticias RCN. En EL COLOMBIANO cubrí al presidente Gustavo Petro y actualmente soy el editor de Actualidad que abarca temas políticos, judiciales, de salud e internacionales. Cocinero aficionado, melómano y cinéfilo.

hace 34 minutos

La pregunta sobre la longevidad ya no es ¿Quién quiere vivir para siempre?, como la canción de Queen, sino cómo se puede vivir más de lo que pensamos.

La respuesta no necesita de grandes inversiones, como vende la industria y médica de Silicon Valley que invierte miles de millones de dólares en clínicas de longevidad, terapias genéticas y regímenes de biohacking –así le dicen ahora, pero es cuidarse de manera integral, básicamente– para retrasar artificialmente el reloj biológico. Y para hacer negocio.

Hay cinco lugares en el mundo en donde la respuesta está por fuera de los laboratorios. Se trata de ecosistemas en donde la gente vive tranquila por el tipo de comida que consume, por la disposición frente a la vida —nunca tan vigentes los griegos con el estoicismo– y otros factores que no son tan difíciles de alcanzar en países como Colombia.

EL COLOMBIANO viajó hasta uno de esos lugares conocidos como “Zonas Azules”, el que queda en Costa Rica, específicamente en la península de Nicoya. El Instituto Costarricense de Turismo (ICT) promueve esta región por la extraordinaria longevidad y vitalidad de sus habitantes: trabajan hasta los 80 u 85 años en todo tipo de labores y viven más de 100. Pero también por la diversidad tan rica en un país pequeño. Los ‘ticos’ –que hablan parecido a los colombianos, pero pronuncian erre como gringos– son 5.2 millones de habitantes, poco más de doble que los medellinenses.

Pero sobre Costa Rica, más allá de que no tienen Ejército y que algunos técnicos de fútbol colombianos son muy queridos en sus equipos, ofrece todo lo que un turista busca en variedad de paisajes: volcanes activos que se pueden visitar, como el Poás (ver foto anexa), a una hora en carro de la capital San José de Costa Rica; desiertos, cataratas imponentes y, claro, playas de sueño como la Sámana, con el agua clara y oleaje suave en donde se pueden hacer snorkel y kayak, entre otros deportes acuáticos.

Además de ese país, las otras “Zonas Azules” son la isla de Okinawa (Japón), las montañas de Cerdeña (Italia), la isla de Icaria (Grecia) y la comunidad de Loma Linda (California, EE. UU.). El término, acuñado a principios de la década del 2000 por los demógrafos Gianni Pes y Michel Poulain, y popularizado por el explorador Dan Buettner bajo el amparo de National Geographic, clasifica aquellas regiones del planeta con una concentración estadísticamente anómala de centenarios.

En Medellín, por ejemplo, registramos en abril de este año que ya hay más de 1.000 personas mayores de 100 años y la población mayor a 60 años se acerca al medio millón de personas para este año y tiende a incrementar de cara a los años venideros. Por eso, la gran pregunta vuelve a ser cómo llegar a esas edades más allá de los factores genéticos. En el espejo de las “Zonas Azules” puede estar la respuesta.

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¿Qué es Nicoya?

El investigador ecuatoriano Luis Rosero-Bixby, del Centro Centroamericano de Población de la Universidad de Costa Rica (UCR), detectó un patrón a principios de la década de los 2000 que desafiaba la lógica en las bases de datos de mortalidad del país.

Al cruzar los registros de defunción con las cédulas de identidad del Tribunal Supremo de Elecciones y los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), Rosero-Bixby encontró un fenómeno de “cruce de mortalidad”. La península registraba una ventaja estadística: un varón de 60 años habitante de estas tierras tiene el doble de probabilidades de alcanzar los 90 años que un hombre que tenga plata y viva en Estados Unidos, Japón o Europa Occidental. Tras varios estudios encontraron que los mayores de Nicoya tienen, literalmente, células que se niegan a oxidarse al ritmo del resto del mundo. ¿Por qué?

Comida: factor clave

La nutrición en Nicoya combate la mala moda por los alimentos ultraprocesados y vuelve a las raíces. Les llaman “las tres hermanas”: maíz, frijoles (sin garra) y calabaza. Los tres alimentos, sobre todo el maíz, tienen una variedad amplia, según pudimos comprobarlo. Con maíz se pueden hacer bebidas refrescantes –una especie de masato más digestivo–, amasijos y postres –como un mousse saludable–. Pero también todas las comidas, por ejemplo un sudado de pollo, se acompaña de tortillas de maíz. Muy poco arroz, papa o mucho menos pan.

También comen frijoles negros diariamente —una fuente inagotable de fibra, hierro y proteína vegetal—, arroz y frutas ricas en antioxidantes que caen de los árboles del patio: papaya, mango, marañón. La carne de res o cerdo una sola vez por semana, lo que representa el 5% de la ingesta calórica total.

A esta dieta se suma un factor geológico silencioso pero efectivo contra la osteoporosis. El agua subterránea que beben, filtrada a través de antiguas formaciones de piedra caliza, es la más “dura” (así le dicen) de toda Costa Rica. Está cargada de altísimas concentraciones naturales de calcio y magnesio. Décadas de beber de estos acuíferos fortifican la densidad ósea de los nicoyanos, previniendo fracturas de cadera que en el resto del mundo suelen ser el principio del fin para la tercera edad; además, el magnesio blinda su sistema cardiovascular.

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No quedarse quieto

Pareciera que todos los jóvenes soñamos llegar a viejos para poder estar en reposo. Pero para el nicoyano, y ahí otro secreto de su longevidad, detenerse es empezar a morir. Conocimos el testimonio de Ana María, una mujer de 70 años que aparenta, realmente, tener 50 o menos. “Así sea salir a caminar”, dice. No solo come sano sino que se mueve todo el tiempo y combina ejercicios con pesas pensando en cuando tenga 90 años. “Allá llegaré”, señala con convicción. Eso, dicen los expertos, es autonomía funcional.

En Nicoya, a sus 98 o 102 años, muchos de estos hombres y mujeres continúan barriendo sus extensos patios de tierra, afilando machetes, pilando maíz o ensillando caballos.

Las revisiones de National Geographic revelan que más del 80% de su actividad física es de intensidad moderada, pero “perpetua”. El sabanero (el vaquero guanacasteco) no conoce el gimnasio, ni padece el sedentarismo de escritorio —tan común en oficios como el periodismo— . El cuerpo para ellos es como un motor antiguo bien engrasado que funciona porque nunca se apaga del todo.

El matriarcado y la voluntad

Otro factor determinante en esta “Zona Azul” es que las mujeres son las que mandan. Históricamente, han podido construir una comunidad alrededor de su figura en donde el cuidado es un valor central.

Además, para querer vivir más, aunque suene obvio, hay que desearlo. La ciencia ha demostrado que la longevidad funcional en la península está anclada a lo que los locales llaman su “plan de vida”. Es el equivalente exacto al ikigai japonés. Es la necesidad de tener un motivo claro para levantarse al amanecer. Para el anciano nicoyano, ese motivo puede ser desgranar frijoles para el almuerzo, regar el huerto o dar de comer a las gallinas. Esa sensación de propósito, junto a la voluntad de tomar todo con más calma —vuelve el estoicismo— actúa como un ancla que baja cortisol (la hormona del estrés) y funciona como un blindaje neurológico contra la depresión.

En Nicoya no hay ancianatos. Casi que su comunidad les exige que sigan presentes. Pero también porque son una referencia cotidiana para saber cómo vivir más y mejor.

Como dice el poema de Jorge Luis Borges, Los justos: “Un hombre que cultiva un jardín (...) El que agradece que en la tierra haya música (...) El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho (...) El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.

Y viviendo más.