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¿Todo estrés es malo? No, y una experta nos explica por qué

Aunque el crónico es perjudicial para la salud, los niveles bajos de estrés podrían traer beneficios. EL COLOMBIANO conversó con la médica de Harvard Sharon Horesh Bergquist sobre este estado físico y mental.

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Periodista de la Universidad de Antioquia. He trabajado como fact-checker en La Silla Vacía y ahora hago parte de la sección de Tendencias de El Colombiano.

28 de septiembre de 2026

Puede que sea misión imposible conocer a alguien que sostenga que nunca en su vida se ha sentido estresado, así solo haya sido por un par de minutos. Es por eso que el estrés –que no es una enfermedad, sino más bien una respuesta– es extremadamente común y hasta considerado normal. En una encuesta realizada en 2025 por Gallup en 144 países, la emoción negativa más reportada fue esa.

A pesar de que la ciencia ha probado que niveles elevados de estrés pueden causar enfermedades cardiovasculares o digestivas, solo por poner un ejemplo, en un nivel moderado este es útil porque ayuda a afrontar las actividades diarias y hasta activa defensas innatas que protegen y regeneran nuestro organismo.

Este último punto está relacionado con una respuesta biológica llamada hormesis, el cual es explorado en La paradoja del estrés, libro publicado en español por el sello Grijalbo y escrito por Sharon Horesh Bergquist, médica de la Universidad de Harvard y fundadora del Programa de Medicina del Estilo de Vida y Bienestar de la Universidad Emory.

La experta, que durante más de una década viene estudiando sobre el estrés, habló con EL COLOMBIANO acerca de los beneficios inesperados, pero también los riesgos que puede llegar a tener este estado físico y mental.

Con el estrés ocurre algo y es que, generalmente, no tenemos claridad sobre su definición. A veces lo confundimos con la ansiedad, por ejemplo. ¿Qué significa realmente el estrés?

“Esa es una pregunta muy buena porque es cierto. Hay muchos tipos diferentes de estrés. El estrés puede ser una situación o algo que nos ocurre, y la manera en que respondemos a ello puede desencadenar ansiedad o no. En cierta medida, ambas cosas están bajo nuestro control.

Creo que lo que se ha vuelto tan común es que asociemos el estrés con el daño. Y parte de esto tiene sus raíces en la larga historia que tenemos con el estrés. Como concepto médico, el estrés fue descubierto hace unos 90 años. Esto se basó en los experimentos del endocrinólogo Hans Selye, quien realizó una serie de experimentos en los que sometió a ratas a situaciones extremas y, sin importar cómo las llevara a esos límites que ponían en riesgo sus vidas, todas enfermaban y morían.

Durante todo este tiempo hemos tenido investigaciones centradas en los daños que provoca el estrés. Y solo en las últimas dos décadas hemos contado con las herramientas de las tecnologías celulares y moleculares que nos han permitido comprender realmente que algunas de las ideas que teníamos —como que si logramos reducir el nivel de estrés podemos evitar el daño— han tenido que ser revisadas.

Lo que entendemos ahora es que el objetivo no es llegar al nivel más bajo posible de estrés. Necesitamos cierto nivel de desafío para poder crecer, para poder realmente activarnos y desarrollar nuestras capacidades.

Entonces, creo que lo que tenemos que hacer —volviendo a la situación que mencionabas, cuando las personas hablan sobre el estrés y eso les genera ansiedad— es desaprender algunas de las cosas que creemos saber sobre esto.

Tenemos que aprender a sentirnos cómodos con la incomodidad. Esa es la manera en que podemos llegar al otro lado de aquello que realmente estamos buscando: convertirnos en personas capaces de afrontar las situaciones inesperadas que la vida inevitablemente nos va a traer”.

¿Qué tipos de estrés existen y cuáles son las prácticas que recomienda para activarlos de manera positiva?

“Hay cinco tipos principales de estresores. El vínculo común entre todos ellos es que activan un conjunto de genes que les indican a nuestras células que comiencen a repararse: reparar el daño oxidativo y la inflamación, reparar proteínas y ADN, aumentar las mitocondrias, que son las que producen nuestra energía, y reciclar nuestras células.

El primero es consumir sustancias químicas de las plantas, los fitoquímicos. Estos generan un estrés leve que activa las capacidades antiinflamatorias del organismo. Por eso, en general, hay que intentar consumir al menos cinco porciones de alimentos de origen vegetal al día y apuntarle a 30 alimentos vegetales diferentes a la semana: frutas, verduras, cereales integrales, legumbres, frutos secos y semillas.

El segundo es desafiarse con ejercicio. Hay que intentar llegar al punto en el que uno empieza a sentirse incómodo. Caminar tranquilamente o dar un paseo suave, que además resulta agradable, tiene su valor, pero quiero que uno se exija hasta llegar a ese punto de incomodidad, aunque sea durante unos pocos minutos. Esa sensación de estar un poco agitado o de que el corazón late más rápido es una señal de alarma para el cuerpo: le indica que necesita generar más energía y adaptarse.

El tercero es el calor y el frío. Nos hemos acostumbrado mucho a vivir en ambientes con temperatura controlada, gracias al aire acondicionado y la calefacción, pero el frío y el calor pueden actuar como señales para que nuestro cuerpo aumente el metabolismo y active algunos de estos mecanismos de defensa frente a las enfermedades.

El cuarto —y creo que este se subestima— es alinear nuestros horarios de alimentación con nuestro ritmo circadiano, que es el ciclo natural de 24 horas del organismo. Esto significa terminar de comer entre dos y tres horas antes de acostarse e intentar pasar al menos 12 horas, idealmente cerca de 14, antes de desayunar a la mañana siguiente. Esto entrena ese ritmo natural de 24 horas y también activa algunos de estos mecanismos de reparación y defensa al desafiar al organismo a pasar determinado tiempo sin recibir alimentos.

El quinto son los desafíos mentales, como los retos cognitivos e intelectuales. Por ejemplo, enviar un correo electrónico que puede resultar aterrador para uno o publicar algo en redes sociales que a uno le dé mucha vergüenza. Se trata simplemente de hacer algo que sea importante para nosotros, aunque nos genere cierta incomodidad”.

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¿Y cómo podemos saber cuándo el estrés beneficioso se está convirtiendo en estrés perjudicial?

“El secreto para diferenciar los estresores que son beneficiosos de aquellos que pueden ser perjudiciales es que los primeros deben ser manejables. No debe tratarse de un nivel de estrés tan alto que resulte traumático. Además, deben ser temporales, de manera que podamos controlar su duración y después dar paso a la recuperación.

No se trata únicamente de buscar el estrés. La clave está en que nuestro cuerpo se fortalece y se adapta durante esa fase de recuperación. Por eso, tenemos que ser igual de intencionales a la hora de crear esa oportunidad para que nuestro cuerpo pueda beneficiarse de estos desafíos.

Creo que parte de esto es bastante intuitivo y podemos sentirlo. Habrá maneras de medirlo, pero, en la práctica, la pregunta es: ¿Cómo te sientes después de experimentar ese estrés?

Cuando el estrés es beneficioso, te sentirás con energía. Por ejemplo, si estás haciendo algo que realmente te apasiona, aunque sea difícil, como inscribirte en una carrera o una competencia. Dar una charla en público también puede ser realmente estresante, pero si es algo que significa mucho para ti, después sientes una especie de energía y capacidad, como si fueras capaz de afrontar lo que venga.

Con los estresores que son perjudiciales ocurre lo contrario: después te sientes completamente agotado y sin energía. Así que sigue tu nivel de energía. Eso te dirá si ese estrés te está ayudando o si, por el contrario, te está haciendo daño”.