El 19 de diciembre de 2026, Alberto Aguirre cumpliría cien años. Abogado, librero, editor, cinéfilo y fotógrafo, fue una de las figuras que le dieron forma a la vida cultural de Medellín.
Llegaba a la Casa Museo Otraparte y saludaba con una pregunta: «¿De qué están hablando para contradecirlos?». La anécdota, que cuentan Gustavo y Sergio Restrepo, resume a Alberto Aguirre mejor que cualquier título: un hombre que hizo del desacuerdo una manera de estar en el mundo.
De profesión era abogado, y fue el defensor oficial de los nadaístas. De esa cercanía nació una de las historias más contadas de la literatura antioqueña: el libro Memorias de un presidiario nadaísta, de Gonzalo Arango. Arango lo escribió a partir de su paso por la cárcel La Ladera -hoy biblioteca-, pero no fueron los tres meses que sugiere el relato: fue un fin de semana con festivo incluido, del que Aguirre lo sacó presentándose como su abogado. La astucia de Gonzalo convirtió tres días en tres meses para inventar historias que le publicarían, por 500 pesos cada una, en la revista Contrapunto. Aguirre, de hecho, cuestionaba el nadaísmo que Arango había inventado; la amistad y el desacuerdo entre ambos quedaron en las Cartas a Aguirre, que publicó la Editorial EAFIT.
Estaba, también, el librero. La Librería Aguirre estuvo abierta casi cuarenta años y tuvo dos sedes. Lo acompañó siempre Aurita López, su compañera y una figura admirable para la educación y la cultura en Medellín, que permitía llevarse un libro y pagarlo después a quien veía con la necesidad de leerlo. La curaduría atraía a lectores de ojo preciso, aunque también había que medir el ánimo de un Aguirre exigente: Juan Diego Mejía ha recordado que a veces se sentía intimidado cuando Aguirre le preguntaba por qué quería leer tal o cual libro. La librería fue además espacio de conversatorios y presentaciones; en el archivo de Carlos Castro Saavedra se conserva una foto tomada allí, con Fernando González, Manuel Mejía Vallejo y el propio Castro Saavedra. Y se cuenta que Eduardo Escobar se llevaba libros a escondidas, sin saber que era el mismo Aguirre quien se los dejaba a la mano para que creyera que nadie lo notaba.
El cinéfilo dirigía un cine club que, según recordaba Orlando Mora, era el más organizado y mejor curado del país, algo que quedó en evidencia cuando los cineclubes colombianos se reunieron en La Cueva, en Barranquilla. De ese ambiente salió también una historia legendaria: un manifiesto escrito a cuatro manos por Aguirre y Gabriel García Márquez -Aguirre al teclado, por su destreza con la máquina; García Márquez leyendo y dictando- que Álvaro Cepeda Samudio, borracho, habría dejado olvidado en un taxi. Las palabras nunca se recuperaron y la alianza de cineclubes no llegó a cuajar. De Cepeda Samudio, por cierto, también se cumple el centenario este año.
Menos conocido es el fotógrafo. Usó siempre la misma cámara y demostró que no es la flecha sino el arquero: lo que importaba era su ojo. Conectó la cámara con su oficio de abogado en El Peñol, durante la inundación que desplazó a todo un pueblo, cuando defendió a esa comunidad frente a una gran empresa. Algo quijotesco, tan quijotesco como lo que hizo por Fernando González.
Porque Aguirre también fue editor, y su primer libro fue un rescate. La editorial De Bedout se había negado a publicar El libro de los viajes o de las presencias, uno de los últimos que escribió González, por consejo de un «asesor espiritual» que lo consideró vulgar. Aguirre, que visitaba por primera vez al Brujo de Otraparte y lo encontró indefenso con su manuscrito devuelto, le ofreció editarlo, aunque nunca antes había publicado un libro. El Teatro Matacandelas recrea ese momento en su obra Velada metafísica de Fernando González, que culmina con la promesa de Aguirre de sacar adelante la publicación.
No fue el único. Aguirre Editor publicó, en 1961, la primera edición de El coronel no tiene quien le escriba: editó a García Márquez antes de que el mundo lo leyera y años antes de que fuera el Nobel de Colombia. Su vida está recogida en la serie documental de trece capítulos Karaktere Aguirre, presentada por Héctor Abad Faciolince.
Como columnista fue, en palabras de su amigo Carlos Gaviria, «el colombiano más libre que he conocido». Esa misma libertad lo hizo exiliado: amenazado por la violencia que vivía Medellín, se marchó a España, como Castro Saavedra a Chile y el propio Gaviria a Argentina. A ese grupo de amigos pertenecía Héctor Abad Gómez, que no alcanzó a marcharse: lo asesinaron.
El 19 de diciembre de 2026, Alberto Aguirre cumpliría cien años; en 2027 el centenario será de García Márquez. Aguirre no tuvo la fama de Gabo, pero, como otros de su generación, levantó la voz, incomodó y acompañó, y le aportó a este país desde el derecho, la cultura y las letras. Algunos de los medios donde escribió ya no existen, y sus columnas sobreviven en archivos que conservan su familia, sus amigos y la Casa Museo Otraparte. El lugar donde estuvo su librería es hoy un local comercial y las calles del centro ya no tienen su olor. Pero un centenario es una buena excusa para volver a nombrarlo, publicarlo y mantenerlo presente.
