“Pensé que escribía sobre mi papá y resulta que escribía sobre mí”: Juan Diego Mejía

A 30 años de El cine era mejor que la vida, Juan Diego Mejía cuenta cómo escribió, en medio de una separación, esa novela con la que ganó el Premio Nacional de Novela de Colcultura en 1996, qué lo llevó de las Matemáticas a la izquierda y de ahí a un taller de escritores con Manuel Mejía Vallejo.

13 de octubre de 2026
  • El cine era mejor que la vida es el libro de Juan Diego Mejía que ganó el Premio Nacional de Novela de Colcultura en 1996, cumple 30 años. FOTO Camilo Suárez
    El cine era mejor que la vida es el libro de Juan Diego Mejía que ganó el Premio Nacional de Novela de Colcultura en 1996, cumple 30 años. FOTO Camilo Suárez
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Juan Diego Mejía (Medellín, 1952) estudió Matemáticas en la Universidad Nacional, interrumpió la carrera para militar en la izquierda en la zona bananera del Magdalena y volvió a Medellín a pedirle a Manuel Mejía Vallejo que lo recibiera en su taller de escritores. En 1996 ganó el Premio Nacional de Novela de Colcultura con El cine era mejor que la vida, publicada en 1997, que cumple treinta años: cuenta, desde los ojos de un niño, la caída de un padre comerciante en la Medellín de los años cincuenta. Fue secretario de Cultura Ciudadana de la ciudad y hoy dirige el taller de creación literaria de la Biblioteca Pública Piloto.

Publicaste tu primer libro de cuentos a los treinta años. Un matemático que no resuelve un gran problema antes de esa edad se queda de profesor. ¿Cómo fue encontrar una vocación tardía?

“Se me atravesó la política. Yo estudiaba Matemáticas, y en mi novela Adiós pero conmigo unos muchachos admiran a Évariste Galois, un matemático de veinte años que murió en un duelo: como sabía que lo iban a matar, reescribió su teoría la noche anterior. Si a los veinte años uno no es Galois, no va a hacer nada. Yo me autocompadezco diciendo lo contrario: un escritor, mientras más viva, más cosas tiene para contar, porque uno muy joven tiene que ser Rambo para tener una obra. Un novelista cosecha experiencias día a día y trata de desarrollar una técnica para contar lo que siente. Con la edad uno también puede volverse chocho: si usted es viejo y no se esfuerza, los muchachos del taller lo van a pasar y el mundo lo va a olvidar. Para eso sirve el taller: para verse en el espejo todos los días”.

¿Cómo era el taller de Manuel Mejía Vallejo, alrededor del cual hay tanto mito?

“Cuando volví de la izquierda, derrotado, muy vencido, sin futuro, me dio la mano Manuel Mejía Vallejo: me dijo que no tenía que presentar ningún examen. Él llegaba desde las tres y pico a la oficina de la dirección, donde le tenían su botellita, y llenaba un vaso de ron con Coca-Cola dietética; daba el taller hasta que se acababa el vaso. Comentaba nuestros textos, y a los ocho días nos preguntaba ‘¿tiene copia? Porque yo me emborracho y boto esto’. Era un monólogo, y estábamos hipnotizados. Nunca enfrentaba a nadie: lo toreaba con chistes y un verbo hermoso, generoso. No conozco en este país a nadie mejor conversador. Yo había llegado tarde porque estaba haciendo la revolución; levanté la mano y me dijo: ‘¿vos sos escritor? Maestrico’. Una vez me puso cinco admirado, y de ahí me dijo ‘publiquemos ese libro’ y consiguió la plata. Cuando me dijo ‘maestrico, usted es escritor’, yo le creí y me fui con ese impulso durante muchos años”.

El título de El cine es tramposo: el niño se la pasa imaginando que está en una película, pero el cine es colateral.

“En el fondo la novela sí habla de cine, porque todo es una película, pero solo se mencionan tres: El gran escape, una forma de escaparse de la realidad; El circo de tres pistas, donde el niño se enamora de una trapecista y cree que ella lo mira a él; y La novicia rebelde. La primera la empieza a ver con el padre y la última la ve con la madre, porque el padre ya no está. Es la historia de un naufragio personal: el niño está con él en el cine un lunes a las tres de la tarde, y solo años después piensa: ¿por qué un lunes a las tres? Porque su papá no estaba trabajando. Era un fracasado en una ciudad donde el éxito empresarial importa tanto, y quería emular a su suegro, un comerciante tradicional de Guayaquil, con un almacén en la misma cuadra. La novela transcurre en esa lucha, acompañada del licor, que es muy paisa: hacia las cinco o seis de la tarde, los comerciantes celebran con rondas de aguardiente, y este otro se quedaba, seguía insistiendo en beber. El niño ve cómo se deteriora su padre y no puede ayudarle; le echa la culpa a la música que oye cuando llega borrachito. En Antioquia estamos marcados por el licor, la melancolía y la música de cuerdas, y todo eso lleva a la derrota de este personaje”.

Contaste en una entrevista que la escribiste para entender un naufragio personal.

“Es verdad que la escribí como una especie de terapia. Me estaba alejando de mi familia y no quería que eso pasara. Cuando me separé de mi esposa, me fui a un apartamento a mirar fotografías de la familia y a escribir lo que fuera saliendo. Pensé que estaba escribiendo sobre mi papá y resultó que estaba escribiendo sobre mí: estaba repitiendo la historia de mi papá. Cuando la novela estuvo terminada, mi esposa –por fortuna hizo una maroma, no sé cómo– la mandó al Concurso Nacional de Novela de Colcultura, aunque estábamos todavía distanciados; yo no sabía que estaba concursando. Ganó el premio y me cambió la vida: le debo haber recuperado a mi familia y haberme encarrilado de nuevo para escribir como quería. Me llamó William Ospina a la oficina y me dijo: ‘Juan Diego, te ganaste el premio de novela’. Dije que no le creía, y al final me dijo que no me lo podían entregar porque no había mandado la cédula, hasta que añadió: ‘no estoy mamando gallo, manda un fax con la cédula’”.

¿Cómo es el centro de tus recuerdos en la novela, y qué tan parecido es ese niño a vos?

“En la novela hay una casa en Manrique con tres patios; la habitación la tomé de una en la que yo dormía solo. Éramos seis hijos, yo era el mayor de los hombres y mi papá, que se llamaba Diego, hacía de cuenta que yo era el heredero de su nombre. En la novela desaparecí a mis hermanos y solo aparece un niño en ese caserón, que lo convierte en fantasía con las películas de vaqueros de los domingos; en mi vida real no fue así, pero lo necesitaba. Después viene Guayaquil, donde lo llevan a trabajar al almacén todas las vacaciones: mi papá quería que yo fuera un macho remacho desde el principio y me ponía en la puerta a entrar a la fuerza a los campesinos, ‘a la orden, siga’. A los cinco minutos me cansaba y me ponía a mirar los caserones de enfrente, por donde entraban y salían mujeres de faldas cortas, a veces con campesinos, y todo se volvía una película de vaqueros. Es una Medellín recordada que seguramente ya no existe: paso por Carabobo, donde estaba el almacén, y ya no hay nada, es un pasaje peatonal. Es una nostalgia, una Medellín recordada o tal vez imaginada”.

Antes de El cine hubo A cierto lado de la sangre, tu primera novela, de 1991. ¿Qué falló ahí?

“Yo no estaba listo para hacer esa novela. La escribí a la carrera, y tenía todavía mucho de deseo, de ambición, de panfleto y de manifiesto, y no de literatura: un personaje que se autocompadecía y le echaba la culpa a los malos, y en literatura no existen malos ni buenos, todos somos de todo. Por eso la escondo, y le pedí a Tusquets, que está reimprimiendo mi obra, que no la incluyera. La verdadera novela que quería escribir sobre eso apareció en 2016: Soñamos que vendrían por el mar. Así es la vida: no es cuando uno quiere, sino cuando se puede”.

¿Cómo apareció tu voz?

“Creo que todo nace de esa novela fallida. No me gustaba el tono, por panfletario, ni la longitud de las frases, y me sentí como una mala copia de García Márquez; mi generación sufrió su influencia de lleno. Entonces empecé a escribir como yo hablo, tratando de que sonara cercano al registro oral y no al escrito, en el que uno se vuelve muy solemne. La voz cotidiana hace muchas repeticiones, tiene muletillas y dice muchas bobadas, así que uno tiene que estar en guardia todo el tiempo. No se puede escribir como se habla, pero el lector tiene que pensar que está oyendo hablar a alguien, cuando realmente está leyendo. Me alegra mucho cuando me dicen “leí tu novela y me parece que me estuvieras hablando vos”. Escoger una voz narradora es uno de los problemas principales de la literatura: ni siquiera es la historia que voy a contar, sino cómo la voy a contar, y eso lleva mucho ensayo y error. Poco a poco me he ido haciendo amigo de esa voz, y esa voz me obedece un poco más. Para eso sí sirve la edad”.

En las novelas que escribiste después de tu paso por la Alcaldía, ¿es otro el narrador?

“Sí, un narrador un poco menos ingenuo que el del Cine, Camila y El dedo índice de Mao; ahí hay un punto de quiebre en la obra. Es un narrador que vuelve a momentos importantes de la vida. En Era lunes cuando cayó del cielo quise exorcizar el dolor por una amiga que se lanzó de un hotel, reconstruyendo de memoria la historia, sin investigación. Soñamos que vendrían por el mar era saldar la deuda con A cierto lado de la sangre, ahora con una técnica más fina y más distancia. En Adiós pero conmigo hablo de las matemáticas: si tuviera dos vidas, una se la habría dedicado a ellas y otra a la literatura, pero solo tenía una. Y Y si acaso yo muero en la guerra es un homenaje a quienes les ha tocado vivir la violencia de frente: fui a la Cuarta Brigada y me ofrecí a conocer las historias de soldados heridos a cambio de enseñarles cómo escribir las suyas”.

Para terminar, ¿cómo escribís? ¿Cuáles son tus hábitos?

“Antes escribía de madrugada, cuando tenía que trabajar mucho más que ahora, pero no me rendía; llegué a meter los pies en una ponchera de agua helada a las tres de la mañana para espantar el sueño. Ya tengo más tiempo y puedo dedicar las mejores horas del día a la literatura; no programo reuniones temprano. Trato de que haya un tema que me jale tanto que sienta que es mi secreto: cuando hablo con la gente estoy pensando en eso, no se lo cuento a nadie, pero me hace sentir tan feliz que ya es hora de escribir. Ya no me preocupa torturarme, sino disfrutar. En estos días estoy haciendo un libro de cuentos que me obliga cada dos o tres meses a cambiar de chip, a contar una historia diferente y a tener un secreto distinto, y así lo disfruto mucho”.

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