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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Dejarse llevar por este huracán

Dejarse llevar por este huracán

A principio de noviembre, se estrenó en Netflix la serie basada en la novela Temporada de huracanes, de la mexicana Fernanda Melchor: “Cuando un grupo de adolescentes descubre un cadáver flotando en un canal, la brutal realidad detrás del asesinato perverso revela los oscuros secretos del pueblo en donde viven”, dice la reseña de la plataforma.

Mónica Quintero* | Publicado

Temporada de Huracanes comienza con unos niños que encuentran en un río un cadáver en descomposición, el de La Bruja. Desde esa primera imagen podría decirse que es un libro sobre un crimen. Sin embargo, si bien la trama se desarrolla alrededor de ese asesinato, el tratamiento no es policiaco, no es la versión oficial tratando de descubrir a los culpables. La novela es sobre todo una denuncia de los problemas sociales de un pueblo abandonado: lo que pasa cuando no hay Estado (o no funciona).

La autora quiere que lo sintamos, que no seamos indiferentes, y por eso es rápido, incómodo, exige una lectura sin descanso. Si parás, te perdés, hay que volver a empezar, y empezar es transitar lo difícil otra vez: la pobreza, el machismo, la falta de oportunidades laborales y de educación, hombres y mujeres prostituyéndose para ganar dinero y siempre, merodeando y uniendo historias, el asesinato de la bruja, ese personaje que todos desechan y, no obstante, todos necesitan: la bruja cura, la bruja ayuda a abortar, la bruja es fiesta. Ella suple las funciones de un sistema que los ignora.

Ese ritmo frenético se logra a través de la puntuación: páginas que son solo un párrafo, con pocos puntos y seguidos (sinónimo de no pausa larga), donde predomina la coma, el punto y coma y los dos puntos, y tiene sentido: la violencia es así, vertiginosa. También la desesperanza, y en este libro no hay momentos para respirar: cada vez es más oscuro y más terrible. El sopor inunda la lectura porque se sabe más de las historias de cada personaje, de sus miedos, de su pasado, y se comprende que son así también por las circunstancias: viven en una sociedad desarticulada, pobre, machista, con padres que abandonan, muy religiosa. Es un pueblo petrolero donde sus habitantes están en el subdesarrollo, no reciben las ganancias de los ricos sino la desidia. No hay posibilidades de estudiar, de relacionarse diferente, de hacer algo distinto. No hay nada, queda sobrevivir como mejor se pueda.

El tratamiento de los hechos es a través de la ironía y el cinismo. El capítulo que mejor refleja la situación es el de Norma, el cinco, una niña de 12 años que llega embarazada y se encuentra a LuisMi, que no tiene económicamente nada que ofrecerle, pero le tiende la mano. Lo que voy a contar podría ser un spoiler, pero se necesita leer para sentir, eso es lo importante: que toca y duele. La historia es terrible y se cuenta de un tirón, sin eufemismos: Norma vivía con su mamá y su nueva pareja, y era la encargada, desde muy niña, de cuidar a sus hermanos. La mamá la trata como una adulta, le exige que no vaya a repetir su historia de embarazos, que no vaya a aparecer con su domingo siete, pero no le da herramientas, la niña ni siquiera entiende el dicho: lo que le pase es su culpa. Norma empieza una “relación” con su padrastro, 18 años mayor, que le hace creer que tienen sexo porque ella quiere –porque si tú no me lo pidieras, Norma, mi verga no te entraría toda, ¿ves?–, y cuando se embaraza la culpa es la que la hace ir, porque cómo contarle a su mamá que el hijo es de su pareja; no, se mordía la lengua antes que confesarle lo que ella y Pepe hacían ahí mero en su propia cama, porque Norma estaba convencida de que eso destruiría a su madre, aunque tal vez lo que realmente la aterraba era que no le creyera. La culpa era suya, toda, e irse la solución: se va para suicidarse, aunque primero se encuentra a LuisMi, y con LuisMi a Chabela, que la aconseja abortar, y Norma termina en la clínica, juzgada: cómo se atrevió. El cinismo, la forma en la que está contado, la ironía, es lo que funciona en este huracán: ajá, la culpa es de una niña de 12 años.

El formato se repite con cada una de las historias de los otros personajes, que se entrelazan para explicar por qué sus vidas, por qué hacen lo que hacen y toman las decisiones que toman, por qué el asesinato de la Bruja, que al final es la metáfora del pueblo: todo es culpa de ella, por rara, por bruja. Todo es culpa de ellos, por pobres.

La película basada en este libro recién se estrenó en Netflix, dirigida por Elisa Miller. Por supuesto es una versión más corta que no alcanza a cubrir todo lo que pasa, y aunque vale la pena verla, mi consejo es empezar por el libro. A veces pienso que cuando me lo recomendaron hace un año debieron decirme: no lo pongás en la lista, parce, leelo ya. Ya mismo. Eso les digo: léanlo ya, ya mismo.

*Periodista cultural y aprendiz de pastelera. Escribe poemas, a veces relatos y ahora un libro fragmentario sobre el papá muerto. Tal vez a las cinco es su primer libro de poesía.

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