De “corruptor de jóvenes” a referente global: La historia de Reencarnación, la banda que no se arrodilló

En 1989 le enviaron su propio sufragio para callarlo. Hoy, Víctor Raúl Jaramillo y Reencarnación son la prueba de que el ruido es memoria.

  • Reencarnación es una de las bandas pioneras del metal en Medellín.
    Reencarnación es una de las bandas pioneras del metal en Medellín.
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En 1989, en el barrio San Marcos de Envigado, la muerte llegó por correo antes que por bala. En la puerta de una casa familiar apareció un sufragio: una esquela fúnebre que anunciaba la muerte de alguien que todavía respiraba. El muerto era Víctor Raúl Jaramillo. O, mejor dicho, “Piolín”.

«Lamentamos su fallecimiento», decía el papel.

No era una broma adolescente. Días antes, un amigo de Jaramillo había sido asesinado. En aquel municipio —devoto, conservador, orgulloso de sus buenas costumbres— empezaba a circular la idea de que una banda de metal extremo estaba corrompiendo a la juventud con melodías ensordecedoras, letras anticlericales y una estética que desafiaba la moral pública.

Piolín ya no era cualquier muchacho. Venía de fundar Profecía y ahora lideraba Reencarnación, una de las propuestas más radicales del metal subterráneo en Medellín. Para algunos era un artista extremo; para otros, una amenaza. La orden fue clara: irse o morir.

Aquel sufragio no solo exilió a una familia; bautizó un mito.

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Después supo que detrás de aquellas intimidaciones operaba el llamado Departamento de Orden Ciudadano (DOC), un aparato parapolicial que patrullaba la moral con la misma severidad con la que el Estado perseguía narcos. Afín a las facciones más ultraconservadoras del catolicismo, como Tradición, Familia y Propiedad y al Opus Dei, los panfletos del DOC hablaban de «bandas anarquistas y anticlericales» que atentaban contra el orden establecido y las buenas costumbres.

Reencarnación estaba en la mira. Quizás fue entonces cuando dejó de ser una banda extrema para convertirse en una forma de resistencia.

El ultrametal como ruptura

Hablar de Reencarnación es meterse en el núcleo más áspero y fundacional del metal medellinense. No fue una agrupación más en la escena de los años ochenta. Fue un gesto radical en una ciudad sitiada por la violencia, donde el estruendo de las bombas convivía con la solemnidad del púlpito y el discurso del orden.

En ese paisaje contradictorio, un grupo de jóvenes eligió la distorsión y la palabra gritada como forma de vida. No como etiqueta comercial, sino como ruptura: sonido crudo, grabaciones precarias, actitud antiindustria. Mientras otros buscaban profesionalización y circuitos formales, Reencarnación —y otras bandas como Parabellum, Masacre, Nekromantie, Danger— apostaba por la radicalidad.

El ruido se convirtió en lenguaje: era la forma de decir lo que no tenía lugar en la cultura oficial.

Álex Oquendo, vocalista y fundador de Masacre, lo resume así: «Reencarnación es uno de los referentes que definieron los primeros rasgos del ultrametal, un género único nacido en Medellín. Con ellos el sonido se consolidó y adquirió una identidad de crudeza y salvajismo que influyó, incluso, en bandas globales».

Esa crudeza no era una pose ni una fórmula estética. Era respuesta. Era confrontación.

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Cabellos largos, piercings, chaquetas negras y letras incómodas bastaban para despertar sospechas. En una ciudad donde la muerte era paisaje cotidiano, hubo jóvenes que no empuñaron armas, sino guitarras. Solo por eso fueron señalados como amenaza.

Sin embargo, cuatro décadas después de aquel sufragio anónimo, Reencarnación continúa activa. La amenaza no detuvo el proyecto; por el contrario, lo consolidó. Y esa marca atraviesa su historia: desde 888 metal (1988), primer manifiesto de crudeza y velocidad, pasando por Más hombres, menos estatuas (2005), donde el ruido se volvió reflexión, y por Se puede vivir sin Dios (2011), un trabajo experimental cuyas canciones carecen de letras —o estas son sustituidas por gritos o rugidos—, hasta Axis Mundi (2025), eje sobre el que se sostiene su recorrido, prueba que la banda sigue expandiendo su universo.

«Religión y política para la puta de la mierda»

La frase aparece como un estallido en “El canto de los sepulcros”, del 888 metal. No es un exabrupto gratuito. Es una declaración contestataria de Piolín frente a la Medellín de los años ochenta, donde el orden moral se dictaba desde el púlpito y los uniformes. Esa sentencia tuvo una dimensión abiertamente transgresora.

Víctor Raúl fue señalado por hacer música «peligrosa». Lo veían como una amenaza moral en un contexto donde la juventud debía elegir entre la obediencia o el miedo. Una voz gutural, la distorsión artesanal de una guitarra a toda velocidad, un bajo y una batería sacando chispas, y letras incendiarias: todo sonaba como si el mundo estuviera ardiendo.

Decir «religión y política» no implicaba una negación ingenua de lo espiritual o de lo público. Era, más bien, una denuncia de sus imposturas: una reacción contra las instituciones que administraban el poder, la moral y la culpa. En una ciudad sitiada por la muerte, el metal no fue moda: fue resistencia. De este modo, el ultrametal se convirtió en una respuesta visceral a un clima asfixiante. La distorsión y los gritos se volvieron pensamiento. No buscaban escandalizar, sino desmontar una moral que estigmatizaba todo lo que no entendía.

Lo que estaba en juego no era únicamente la velocidad, ni la distorsión, ni el extremismo formal. Era algo más profundo: la posibilidad de pensar desde el margen, de oponerse no solo al orden político y religioso que señalaba con el dedo, sino también a la obediencia estética: cómo debe sonar, verse o expresarse el arte.

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Para el investigador musical Juan Diego Parra, director del documental Metal Medallo: Si vis pacem, para bellum, Reencarnación —junto con Parabellum y Masacre— constituye uno de los pilares del metal extremo en la ciudad. Desde su fundación, el proyecto ha atravesado procesos constantes de experimentación. «Piolín ha definido su propuesta como “metal medallo progresivo”, una etiqueta que no resulta exagerada: su proceso creativo ha transitado desde el hardcore primigenio de los años ochenta hasta territorios cercanos al thrash y al grindcore, sin abandonar exploraciones que rozan la poesía sonora y la música académica de corte futurista o ruidista».

La admiración de Víctor Raúl por Igor Stravinsky y John Cage —explica Parra—, no es un dato anecdótico: se filtra en ciertas estructuras y decisiones estéticas dentro de la música y el arte de la banda. «En el plano conceptual, la propuesta revela con claridad la otra faceta de Piolín como filósofo y poeta: una experimentación permanente que nunca rompe el vínculo con la raíz visceral del metal ochentero surgido en una ciudad que llegó a ser considerada la más violenta del mundo».

Del grito al pensamiento

Años después, con Más hombres, menos estatuas, la propuesta adquirió una densidad distinta. La rabia seguía allí, pero atravesada por una conciencia filosófica más explícita. El grito se volvió reflexión sin dejar de ser grito.

En la recitada “Una trama que te nombra” aparece una frase que condensa esa ética combativa de la palabra en Piolín: «La dinamita de mis palabras es más fuerte que doce mil guerras mundiales». No es metáfora gratuita, sino una toma de posición: el lenguaje como fuerza creadora y destructora, como posibilidad de transformación.

En “Misa solemnis” resuena otra sentencia reveladora que trae los pensamientos de Fernando González en su Viaje a pie (1928): «Peor que la muerte eres tú, apresuramiento. ¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras no se dejarán coger». Allí ya no habla solo el músico extremo: habla también el filósofo formado en lecturas de Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger.

El mismo que años atrás fue señalado por «corromper la juventud» terminó enseñando pensamiento crítico en aulas universitarias.

Una pieza fundacional

Ese tránsito —del ruido visceral al ruido pensado— es lo que convierte a Reencarnación en algo más que una banda de metal medellinense: un proyecto intelectual que eligió la distorsión como método.

César Mejía, periodista y fundador de Hellzine, revista especializada en metal, es categórico: Reencarnación no es un capítulo más en la historia del metal colombiano, sino una pieza fundacional. «Fue la primera banda de metal en Colombia en publicar un full length (larga duración) —888 metal—, un hito que marcó un antes y un después en la consolidación del género en el país».

Aquel sonido primitivo, crudo, deliberadamente arcaico terminó por convertirse en una de las propuestas más singulares y valiosas del metal colombiano hacia el exterior. «Ellos no eran solo velocidad o distorsión: eran identidad. Y aún hoy, lo siguen siendo», concluye Mejía.

Una voluntad que no se arrodilla

Han pasado más de cuarenta años desde que Reencarnación irrumpió en la escena underground de Medellín. Hoy, más que una expresión visceral del metal extremo, su propuesta es un postulado poético y filosófico que fustiga sin dobleces las coartadas morales de una sociedad capaz de rezar con fervor mientras convive con la violencia. Es una obra levantada contra el miedo y contra el silencio impuesto.

Para el periodista y gestor cultural Santiago Arango Naranjo, fundador y director de HagalaU y coordinador del Centro de Documentación Musical El Jordán, la trascendencia de Reencarnación dentro del metal y la contracultura colombiana se explica por la potencia de sus ideas. La banda —dice— logró superar la descalificación de una sociedad conservadora gracias a una obra donde la agresividad sonora convive con una búsqueda profundamente humana. «La propuesta de Piolín representa pensamiento encarnado en sonido: una música que desacomoda y cuestiona; un refugio cuando hay sequía de ideas». Añade que es «una forma de trascendencia donde la palabra y el sonido se encienden como fuego que alumbra ese viaje hacia adentro del que habló Fernando González».

Su historia demuestra que el ruido también puede ser pensamiento y la distorsión, memoria; que, en una ciudad marcada por la muerte, hubo quienes eligieron convertir la incomodidad en conciencia. Reencarnación no fue solo una banda. Fue —y sigue siendo— una voluntad que decidió no arrodillarse.

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