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  • Ilustración Juan Restrepo
    Ilustración Juan Restrepo

La invención de Medellín: ¿cómo la ciudad crea lo que somos?

La cultura y la ciudad son dos conceptos que se encuentran: una hace a la otra, y viceversa. Una configuración que depende del lugar.

Luis Fernando González | Publicado el 03 de julio de 2022

El triunfo de las ciudades, que proclamara hace unos años el economista Edward Glaeser, se puso en entredicho en tiempos de pandemia; la velocidad de contagio debido a la proximidad, compacidad y densidad citadinas eran anuncios pesimistas sobre su futuro. De ahí que se proclamara la huida de ella hacia las periferias, los pequeños pueblos e, incluso, el retorno a la naturaleza como un imperativo del porvenir.

No solo la ciudad sobrevivirá a los altavoces apocalípticos, sino que los conglomerados urbanos se consideran fundamentales como posibilidad de futuro en tiempos del cambio climático. De ahí que esa ciudad, la clásica y no la megalópolis, sigue siendo, como lo señalara hace varias décadas Lewis Mumford, junto “con el idioma, la obra de arte más grande del hombre”; eso sí, una obra de arte colectiva, como lo matizó Thomas Mann. La ciudad es un hecho civilizatorio y de cultura por excelencia.

Si bien la cultura define la forma y el carácter de las ciudades, esta a su vez modula y recrea permanentemente a la cultura urbana, a sus habitantes, sus maneras de aprehenderlas y apropiarlas. En la cultura urbana de las ciudades hay constantes, de ahí sus memorias y sus patrimonios como valores fundamentales, pero también hay cambios, mutaciones o grandes olvidos que las constituyen.

Medellín, por ejemplo, se ha configurado desde el mito de la centralidad y del progreso. Una centralidad política, administrativa, económica, religiosa, educativa, demográfica y funcional que se construyó a mediados del siglo XIX para terminar siendo una creación simbólica y cultura per se, al punto de considerarse ésta como un asunto geográfico. Toda expresión de lo “antioqueño” terminó convergiendo en Medellín, naturalizándose en su entramado urbano.

En esa idea de pensarse como el centro de todo avanzó imparable. Para cumplirlo la clase dirigente se propuso ir siempre adelante sin miramientos, aparentes, con el pasado. Era el pago al dios progreso. De ahí se derivaron dos elementos fundamentales de la cultura urbana medellinense: la demolición y, posteriormente, la nostalgia. Progresar era demoler. Lo viejo no tenía valor simbólico y, mucho menos o, sobre todo, económico. Maximizar las rentas del suelo urbano se impuso como determinante para reconfigurar el paisaje urbano, siempre hacia arriba, una verticalidad que daba mayores rentas por metro cuadrado.

A cambio se impulsó la nostalgia por los tiempos idos y por lo demolido, entre falsas fondas, fotos sepias y el recuerdo, que no memoria, por lo perdido. Nostalgia que también está en la base de otros aspectos que definen la cultura urbana de Medellín, como lo es su ambigüedad entre lo rural y lo urbano, en permanente tensión y discusión, reflejada en monumentos urbanos como el “Pueblito paisa”, en el Cerro Nutibara, ejemplificación del pueblo arrasado por el mismo progreso, con sus trovadores, arrieros, muleras, carrieles y collar de arepas, que contrasta con lo que ha significado y significa el teatro Carlos Vieco, ubicado en otro lado del mismo cerro, como expresión de poesía, rock y formas de culturas juveniles y alternativas urbanas. Un vaivén que se expresa también entre las emisoras de hablados ruralistas y músicas de carrileras, y las juveniles, con lenguajes neourbanos, cada vez más parcerizados, en pos de expresiones musicales más cosmopolitas.

Otros referentes culturales y aun mitos de la cultura urbana se fueron configurando con el paso triunfal de Medellín. Uno de ellos lo recogimos hace décadas en el trabajo de campo, que fue llamado la “mirada a occidente”. Los hijos de los obreros que aspiraban su ascenso social pensando en la posibilidad de vivir en Laureles, en la Otrabanda. Hijos que salieron del entorno de los barrios obreros en las laderas para trasladarse a los barrios planos de clase media, con sus viviendas con antejardines y garajes, en busca del ascenso social que esto significaba. Mientras tanto, nuevas oleadas de desplazados, campesinos y pueblerinos se asentaron más arriba de los barrios formales. Cada vez más informales construyeron sus viviendas, sus barrios, sus territorios y sus paisajes. Determinaron un mundo laberíntico, de escalinatas y adaptaciones, de supervivencias y controles territoriales, de vulnerabilidades y riesgos; en donde algunos ven problemas, otros ven sabidurías.

Paisaje heredero del ladrillo rojo, que ya se imponía desde finales del siglo XIX, también de la apropiación de una técnica constructiva italiana que llegó para quedarse en la década de 1920 en forma de “losa” o terraza, sobre la cual crecieron las familias y las viviendas, lugar de encuentros, sancochos, músicas y observatorios, paisajísticos y de control territorial.

En esa dinámica de urbanizar primero las partes planas y después poblar las laderas siempre han perdido el río, las quebradas y sus afluentes. Dejó el río rectificado, lineal, convertido en un canal para ganar tierras destinadas a las fábricas y a los barrios; y las quebradas cubiertas para ser convertidas en avenidas. La ciudad del automóvil y del CO2. Todas, no importa el grupo socioeconómico que atraviesen, constreñidas y reducidas a la mínima expresión. El gris se impuso al verde. Ahora un tramo del canal del río fue reconvertido en parque urbano, con el arbusto sucedáneo del árbol y el cajón de arena de la playa. Rígido, geométrico, sin rondas ni meandros. De la cultura del sancocho de río a la del picnic urbano.

Medellín es la ciudad de la verticalidad y de la densidad, aunque avanza imparable a todo lo amplio del valle de Aburrá. La tercera ciudad más densa del mundo. El barrio va quedando como lugar de resistencia y de memorias, constreñido por la urbanización y la torre de edificios. La Junta de Acción Comunal que construyera barrios populares modernos, con sus propios esfuerzos, ahora da paso a los copropietarios, las juntas administradoras y los administradores de las urbanizaciones, las cuotas y los reglamentos de convivencia. Lo vertical se impuso sobre lo horizontal. La casa histórica de patio barrida por el apartamento pequeño y apretadito, el mismo que revienta de nostalgia con ventanas con bolillos torneados y aleros con tejas de barros, que sobresalen sobre terrazas y fachadas pretendidamente racionalistas.

La misma ciudad que desde finales del siglo XX construye sus grandes mitos culturales contemporáneos, como el Metro y su Cultura Metro, que se impuso exacerbando una historia basada en el orden, la asepsia, la velocidad y la puntualidad, paradigmas del nuevo hombre urbano que, incluso, se ha pretendido transferir a otros ámbitos de una cultura urbana disciplinante. Sin olvidar esas otras formas tan determinantes y vigentes del poder, la violencia y el dinero, derivados del narcotráfico que permeó y dejó huella hasta su naturalización en la estética urbana, arquitectónica y del cuerpo, tanto femenino como masculino, con sus clínicas de cirugías estéticas, las escuelas de modelaje, las casas del peluquero, las cuatro por cuatro polarizadas, las músicas urbanas, las decoraciones, las urbanizaciones rurales y las fachadas urbanas. Todo un cúmulo de señas particulares, miradas de soslayo, pero presentes y apropiadas de tal manera que, muchas de ellas, son los signos con que se identifica la ciudad en otras latitudes e, incluso, hoy forma parte de los productos más exportables de la otrora urbe industrial y hoy de servicios ◘

*Doctor en Historia. Profesor Titular, Coordinador Académico Doctorado en Estudios Urbanos y Territoriales, Universidad Nacional de Colombia

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