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La democracia atrapada en la red

Luz María Sierra | Publicado el 06 de marzo de 2022

Google bloqueó las publicaciones de los canales rusos RT y Sputnik en You Tube, y Meta hizo lo propio en sus plataformas Facebook e Instagram. Twitter, en cambio, no los ha prohibido, pero anunció que les pondrá etiquetas a los trinos que compartan enlaces a esos sitios web para, según dijo, “reducir” su circulación.

Se les abona a estas empresas —los nuevos imperios— que tomaron decisiones muy drásticas, pero lo más elocuente es que estas sanciones se convierten en una confesión implícita de la grave culpa que les cabe a estos gigantes de la tecnología en el mundo: si en la guerra bloquean cuentas que como estas producen propaganda política, quiere decir que Google, Meta y Twitter son conscientes del poder manipulador de sus plataformas.

Entonces cabe preguntar: ¿Por qué prohíben la manipulación en tiempos de guerra y la permiten en tiempos de paz a pesar de que le pueden crear serios trastornos a la democracia? ¿Acaso los efectos perversos de las fake news en la guerra no son iguales a los efectos perversos de la manipulación sobre los sistemas democráticos? ¿Cuánto afectan las noticias falsas a una sociedad a la hora de elegir un gobernante? ¿Quién responde por eso? ¿A quién o a cuál de estos gigantes hay que pasarle la cuenta de cobro por el daño que cientos de miles de cuentas falsas pueden hacerles a instituciones construidas por siglos con tanto esfuerzo en países como Colombia?

Si bien la coyuntura es la Guerra de Ucrania, el tema de fondo para efectos de esta edición de la revista Generación dedicada a la democracia es ver cómo la afectan las redes sociales. Contrario a lo que muchos han sostenido, o a lo que muchos esperaban, esta nueva tecnología, esta nueva “esfera pública”, lamentablemente no llegó para aumentar la democracia, por el contrario, no solo la está poniendo en grandes dificultades, sino que incluso el mundo, la humanidad misma, podría afrontar crisis profundas de gobernabilidad que podrían llevar a su autodestrucción.

Las redes —Twitter, Facebook, YouTube, Instagram— tienen menos de 20 años de creadas. Tal y como van pueden destruir los elementos vertebrales de la democracia y, de paso, por qué no, acabar con la humanidad al menos como la conocemos hoy.

Las redes sociales funcionan como un mecanismo autónomo que puede activarse alrededor de un tema con premeditación o sin ella. Es decir, a veces se activan ellas mismas. Y otras veces, un manipulador, experto o aficionado a la sicología de masas, lanza los mensajes perfectos para crear un efecto de bola de nieve que puede llegar a producir desde un linchamiento hasta las más multitudinarias marchas o incluso, como se vio en Estados Unidos, la elección de un presidente.

Las redes sociales en apariencia son elementales: crean burbujas integradas por personas o por simples bots que comparten gustos en el mejor de los casos, o sesgos y prejuicios en el peor de ellos. Esto puede ser bueno si se trata de, por ejemplo, discutir de temas de fútbol o aprender de ciencia, pero es tremendamente perturbador si se trata de temas políticos. Porque en estas burbujas o nichos se comparten narrativas que básicamente ratifican sus prejuicios. Con el agravante de que los sesgos (vertidos en opinión) no solamente los producen los miembros de cada una de las burbujas si no que los algoritmos de las redes le ofrecen a cada usuario solo la información que le gusta.

De suerte que pasan cosas como que millones de personas en Estados Unidos, según una encuesta reciente, creen hoy que la invasión de Ucrania es porque Putin quiere acabar con unas élites mundiales dedicadas al tráfico sexual. Suena loco, pero ya vimos todo lo que pasó con el movimiento antivacunas de Covid gracias a la desinformación que circuló por las redes sociales.

En estas burbujas o nichos no hay lugar para la crítica. Ni para el cuestionamiento. Cada persona se siente cómoda en el espacio en el que nadie pone en duda su opinión y por el contrario se sienten valoradas. Se genera un efecto de autocomplacencia casi adictivo: alguien da su opinión y empieza a ser apoyado por hordas de bots o bodegueros. Luego vuelve a repetir la expresión, o a dar opiniones más fuertes, buscando obtener una nueva dosis de aplausos. Es lo que los psicólogos denominan el sesgo de confirmación, la tendencia de las personas a buscar solo información con la que están de acuerdo.

En esa burbuja no cabe ningún análisis que controvierta las certezas de sus miembros. No interesa ponerlas en duda. Está prácticamente blindada. Estamos en mora de que estos poderosos del mundo rindan cuentas sobre que está teniendo que sacrificar la humanidad, o al menos la democracia, para construir los grandes imperios de hoy.

Lo mismo ocurre en sentido contrario: quienes piensan distinto o terminan saliéndose de la burbuja para buscar su propia burbuja de sesgos, o evitan exponer sus puntos de vista porque intuyen que van a ser castigados por las mismas bodegas. Se crea en dichas burbujas un unanimismo de tribu o de religión.

La democracia floreció con el movimiento de la Ilustración. Con el pensamiento crítico que comenzó a poner en duda verdades del absolutismo y la monarquía. Con el uso de la razón se dejaron a un lado las explicaciones mágicas para interpretar el mundo. El conocimiento fue la herramienta. La razón sobre la fe. En la era de las redes se da una especie de regreso. Las redes sociales vuelven trizas la apuesta de la Modernidad por la razón. Reina el rumor y la opinión sobre los hechos. El reino de los influencers sobre los expertos.

En ese orden de ideas, las redes sociales se han convertido en el instrumento más exquisito para los populistas. En este juego, por momentos pareciera que mientras menos escrúpulos se tenga más se gana. Los candidatos que lanzan propuestas estridentes e imposibles de lograr, más corazones conquistan. Mientras que los candidatos o candidatas que juegan en los términos de lo razonable y la responsabilidad son castigados en el olvido. Es el cuarto de hora de los políticos en versión Epa Colombia.

La situación se agrava cuando identificado el modus operandi, conocido el mecanismo, hay personas detrás dispuestos a activarlo. Donald Trump ha sido ejemplo. Con los datos precisos de hábitos de consumo y gustos de los electores utilizó conceptos de sicología de masas para crear mensajes publicitarios altamente focalizados. No importaba si el mensaje que le llegaba a cada elector era cierto o falso, lo importante era que coincidiera con sus sesgos e interpretara entonces que debía votar por Trump.

Ahora en la guerra. El Gobierno ruso ha desplegado todo un arsenal de mensajes por las redes sociales para convencer al pueblo en Ucrania de que con la invasión los está salvando. Desde la invasión rusa, la plataforma ha detectado más de 45.000 tuits al día compartiendo enlaces a medios estatales rusos.

En Colombia hemos visto algo parecido. Durante las protestas de 2021, el secretario general de la Presidencia en una columna de opinión contó cómo identificaron que el 40 por ciento de la conversación en redes sociales era movida por bots o cuentas automatizadas y/o falsas.

Desde hace varios años me he preguntado qué tanto habría cambiado la historia si a un personaje como Pablo Escobar le hubieran tocado las redes sociales. ¿Qué tan difícil habría sido para él invertir, de los millones obtenidos, en contratar expertos en sicología de masas y crear millones de cuentas falsas y de contenido falso en redes sociales?

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