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  • Una fotografía de Fernando Vallejo de los años 80. Foto: Archivo EC
    Una fotografía de Fernando Vallejo de los años 80. Foto: Archivo EC

Vallejo cortó “con ese embeleco del siglo XX”

Fernando Vallejo también fue cineasta, pero se desencantó tras la tercera película. Incluso acusó al séptimo arte de un “embeleco del siglo XX”.

Oswaldo Osorio | Publicado el 02 de octubre de 2022

El cine de Fernando Vallejo no podía ser menos que lleno de ritmo, provocador con sus imágenes, lenguaraz y confrontador de la realidad colombiana. De sus tres películas rodadas en México, dos son sobre Colombia, pero todas están inscritas en un universo reconocible donde la violencia, la marginalidad y la inoperancia del estado rigen las vidas de sus personajes. El suyo fue un cine imperfecto que avanzaba hacia una potencia expresiva que, seguramente, se iba a cristalizar después de otro par de películas más, pero eso no pudo ser, porque el cine fue para él una frustración y un “mientrastanto” que terminó recalando en la literatura.

A mediados de los años sesenta se fue a estudiar cine al célebre Centro Sperimentale de Roma y luego a Nueva York, para preparar lo que sería su carrera cinematográfica en Colombia, pero en este país de precaria industria fílmica, burocracias y censuras fue imposible materializar tal propósito. Por eso volvió a México y allí trató de emular esa Colombia que era su interés y preocupación, con todos sus males y la pesada carga de violencias que arrastraba su historia.

Su primer filme fue Crónica roja (1977), que se basa en una pareja de hermanos bogotanos que entran en una espiral de violencia que les dio una inusitada notoriedad pública. La historia podía haber funcionado en México, pero Vallejo insistió en ambientar los espacios de ese país como si fuera Colombia. Carteles de productos nacionales, lugares geográficos y hasta modismos colombianos trataban con esfuerzo de hacer referencia a nuestro país, sin importar que tanto los actores como su acento fueran tan mexicanos como las rancheras y el tequila.

Igual ocurrió con su segundo filme, En la tormenta (1980), una road movie de carácter coral donde un grupo de pasajeros de una chiva, que viajan desde Calarcá, prácticamente solo tiene como tema de conversación las diferencias entre liberales y conservadores con su subsecuente violencia. Es la época de los pájaros, los chulavitas y de bandoleros como Sangrenegra.

“Son dos películas de fracaso, de muerte y desesperanza”, afirmó el mismo director en el documental que le hiciera Luis Ospina en 2003: La desazón suprema: Retrato incesante de Fernando Vallejo, en el que además reconoce que apenas logró “plasmar una décima parte de lo que tenía en mi cabeza y en mi corazón” y que “ya son películas viejas”. Incluso tal desilusión la extiende al lenguaje del cine mismo, acusándolo de artificioso y de ser el “embeleco del siglo XX”. Con todo esto, además de su consabido y amplio conocimiento de la gramática, la literatura era inevitable, por eso su obra literaria empieza justo donde termina la cinematográfica.

Su tercera y última película se titula Barrio de campeones (1981), ahora sí una historia muy mexicana sobre la vida de una familia de bajos recursos que trata de salir adelante, ya sea gracias a los puños de un hijo boxeador o con un prometedor negocio que piensa hacer la matriarca del clan. Aquí sí está ausente la violencia y el relato se concentra más en la cotidianidad de los miembros de dicha familia y en sus anhelos por mejorar sus vidas.

Los tres filmes están concebidos con el rigor de la narrativa clásica en la mayoría de sus aspectos, principalmente el guion, la fotografía y el montaje. Además, fueron producciones realizadas al interior de la industria mexicana, con la factura propia de los técnicos y sindicatos cinematográficos de la época. No obstante, aparte del tema de las dos películas “colombianas”, lo que tienen de nacional es la mirada y el carácter de Vallejo para definir la puesta en escena. En ese aspecto se impone una particular fuerza expresiva adjudicada por lo que podría verse como una crudeza en asumir asuntos como la violencia o las adversidades de la vida. Se trata de una suerte de mirada sin eufemismos, cortante y frontal, siempre en clave de revelación crítica del estado de las cosas y de la naturaleza humana, que suelen ser, según estas historias e imágenes, caóticas y hostiles.

De ahí que los finales felices no son una opción para el Fernando Vallejo cineasta, tampoco esa poética que sí se desprende de sus letras. Sus personajes terminan mal, incluso regidos por los códigos de la tragedia, particularmente en las “colombianas”, en las que se imponen la sangre, el fuego y la muerte. Es la inevitabilidad de las circunstancias de Colombia como las veía el autor a finales de los años setenta, esto por vía de la violencia bipartidista y de la delincuencia inherente a la marginalidad de los jóvenes. Dos décadas después, eso no cambiaría cuando firma el guion de La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, 1999), basada en su propia novela, donde la violencia ahora es consecuencia de la descomposición social derivada del narcotráfico, pero el desenlace de sus personajes y la mirada de Vallejo se sostienen en la misma línea.

Otro aspecto, y es tal vez el más significativo, que destaca del cine de Vallejo es que, a pesar de que en general es contado sobre las lógicas de la narrativa clásica y las dinámicas de la industria mexicana, las desatiende a ambas, en tanto en ninguna de sus películas propone un argumento fuerte y definido cuya trama conduzca el relato. Lo suyo es construir universos complejos, mejor si son protagonizados por un coro de personajes, universos en los que, más que contar una historia, le interesa es dar cuenta de atmósferas, de las relaciones entre las personas con su diversa idiosincrasia y poner en evidencia los condicionamientos de un contexto problemático que revela un mundo arbitrario e injusto, mal diseñado por un dios mezquino y que se ensaña con la gente.

Estas películas no se pudieron ver en Colombia en su momento, fueron censuradas, por supuesto. Este país no ha sido bueno para nadie que hable directo y en voz alta de injusticias y crueldades. Es una lástima, sobre todo por En la tormenta, que habría sido la primera cinta que tocara el tema de la violencia bipartidista de tal manera. Este episodio bien se podría considerar el centro de la frustración de Fernando Vallejo con el cine, y con el país, por qué no. Un episodio vergonzoso para la cinematografía nacional, y para el país, claro que sí ◘

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