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Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. Conversar, redescubrir ese placer tan humano es la edición para leer en enero.

  • Fotografía de Paolo Angulo tomada en el último año que Fernando Vallejo vivió en México.
    Fotografía de Paolo Angulo tomada en el último año que Fernando Vallejo vivió en México.
  • Pilar Reyes es la editora de Fernando Vallejo. También su amiga. Foto: Edward Córdoba
    Pilar Reyes es la editora de Fernando Vallejo. También su amiga. Foto: Edward Córdoba

“Su rabia es como un amor herido”: Pilar Reyes sobre Fernando Vallejo

Conversación con Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, quien ha sido la editora de Fernando Vallejo desde hace varios años.

Daniel Rivera Marín | Publicado el 02 de octubre de 2022

¿Cuáles son sus primeros recuerdos con Fernando?

“Trabajaba como asistente del editor cuando se publicó La virgen de los sicarios. Recuerdo que una de las primeras cosas que hice en el mundo editorial fue hacer el dossier de prensa de ese libro, de corregir esas pruebas. En mi memoria la edición de este libro está muy en los comienzos de mi carrera editorial y recuerdo con muchísima nitidez una reunión en nuestra oficina original de Alfaguara, que era muy incipiente, pues apenas se había abierto en Colombia, y yo trabajaba con Conrado Zuluaga. Yo estaba ahí, no hablamos, solo nos saludamos un momento, él fue a ver Conrado, pero a mí se me impuso mucho su figura, me pareció un hombre muy guapo y muy adusto. Se me pareció a la figura de un músico clásico. Tenía una chaqueta beige, me acuerdo muchísimo, y me parecía que tenía el rostro de alguien que está pensando muchas cosas”.

En ese momento, Fernando no tenía la fama de hoy, y no era tan conocido. Había publicado El Mensajero, El río del tiempo, pero no había explotado. ¿Qué se decía de Fernando Vallejo?

“Sí, había publicado Logoi, El Mensajero y El río del tiempo hasta Entre fantasmas. Creo que Fernando sí era conocido, era un autor ya bastante leído que había impactado muchísimo, pero era una figura absolutamente desconocida, es decir, no era como su situación actual, no se había vuelto una figura pública, Fernando no daba una entrevista, las ediciones de Planeta no tenían fotos suyas en la cubierta, había mucha gente que ni siquiera sabía cómo era físicamente y él estaba en una posición muy insistente en que el escritor tenía que estar invisible. En El Mensajero, ese es uno de los grandes asuntos. El biógrafo como protagonista que intenta buscar la vida de otro. Y sobre esa primera persona de la que él hablaba, decía: ‘Ya está en los libros, para qué tengo que aparecer yo’. Era una figura absolutamente desconocida, por eso quizás a mí me llamó muchísimo la atención verlo entrar en la oficina, le ponía cara, voz, figura a alguien que era un perfecto desconocido, así fuera muy conocido por ese yo del que hablan sus libros y que es inevitable que uno piense que es el yo Fernando Vallejo, que no es solo un narrador, sino que tiene que ver con su experiencia vital.

En ese sentido, era una figura muy distinta a la de entonces, pero creo que sí era un escritor ya ampliamente leído. El Mensajero, incluso Logoi, ya eran libros muy conocidos, y eran muy extraordinarios para lo que hacía un escritor contemporáneo; él se había encargado de crear y pensar una gramática de la lengua literaria. Esa obsesión por el idioma. El Mensajero es un libro que partió aguas para el género biográfico. Él inventó un tipo de manera de contar una vida. Estamos hablando del primer Mensajero, en el que ya veías lo que fue, es también muy llamativo que un escritor tenga el arrojo de decir voy a contar esto otra vez y volver a publicar otro libro”.

Incluso esa segunda edición de El Mensajero, que es la más conocida, es más una novela que una biografía...

“Exactamente. Los días azules es un libro en el que se siente a uno de los mejores prosistas de la lengua española, o sea, ese idioma que te deja mudo. Creo que ya había un deslumbramiento por el trabajo literario de Fernando, aunque él no fuera una figura pública conocida”.

Pilar Reyes es la editora de Fernando Vallejo. También su amiga. Foto: Edward Córdoba
Pilar Reyes es la editora de Fernando Vallejo. También su amiga. Foto: Edward Córdoba

La obra de Vallejo sale a la luz cuando García Márquez tenía pocos años de haberse ganado el Nobel, y marca una corriente muy distinta... ¿Pasó algo con eso en el mundo editorial?

“Los editores pensamos muy distinto a los críticos o a los historiadores de la literatura, en el sentido de que puedes ir viendo esas tendencias, pero tu manera de trabajar es de alguna manera recoger todo aquello que se está haciendo en un momento en el que tú estás construyendo un catálogo, por tanto, en un catálogo literario podrían convivir. No pasó, pero hubiera podido pasar que hubieran convivido Fernando Vallejo y Gabriel García Márquez. Creo que sí, que tienes razón en el sentido de que eran dos visiones casi antitéticas de la realidad colombiana, en un punto, la belleza y el lirismo de la prosa de García Márquez y, por el otro lado, la contundencia y crudeza de Fernando, que tiene también pasajes de una belleza del lenguaje maravillosa, pero sí creo que eran miradas bien distintas y, sobre todo, que eso cambió radicalmente, pues la división fue más radical cuando Fernando publica La virgen de los sicarios”.

Desde Los días azules, que es un libro hermoso, se encuentra la fiereza de Fernando, pero cuando se le conoce uno encuentra a un hombre generoso, amable, que tiene una voz sutil, a veces aniñada, ¿cómo fue darle rostro a ese autor que antes de La virgen de los sicarios solo había leído?

“Mira, a Fernando lo conocí ya más cercanamente en Barcelona, cuando Colombia fue país invitado a una Feria del Libro en el verano, ahí nació La rambla paralela. Ahí yo ya estaba a cargo del sello Alfaguara, ya le había propuesto hacer en un solo tomo de El río del tiempo, ya estábamos empezando a trabajar en la publicación de libros, yo como editora principal desde cero, y luego de ese viaje fue que nos conocimos y donde, creo, nos acercamos. Considero a Fernando, además de uno de mis autores principales, un magnífico amigo, lo he visto a lo largo de los años muchas veces, lo he acompañado en momentos felices, en momentos difíciles, así que tengo con él una conversación muy honda, y sí, eso que dices siempre me llamó la atención, aunque para mí no hay dos fernandos, creo que la rabia, la fuerza de la indignación, como él dice, que hay en sus libros, en el fondo es una manifestación de profundo amor. A mí me llamaba muchísimo la atención cuando iba a su casa de México y veía lo presente que estaba Colombia en su vida, en sus amigos, en su lenguaje, en las tacitas de café que te servía y que decían Café de Colombia, que siempre tenía arepas. Él había construido un universo en el que llevó a David también, un universo donde Colombia era muy protagonista y para mí toda la ira que expresa en sus libros es la ira de sentir un amor profundo. En ese sentido, esa persona de buenas maneras, esa persona atentísima, generosa, cariñosa que tú ves en el trato personal, explica de alguna manera de dónde sale su rabia. Para mí es como un amor herido, por decirlo de alguna manera, a él le duele mucho Colombia y lo que ha pasado en la historia de Colombia, y por eso escribe lo que escribe”.

Por eso regresó a Medellín, ¿no?

“Por eso volvió. Por eso volvió a una casa cerca de la casa de su infancia. Para él esas cosas son importantes. Recuerdo un día que fui a Medellín, Fernando estaba en México y yo iba desde Medellín hacia el aeropuerto y lo llamé y se me estaba cortando la llamada, era un poco como abrupta la conversación, y le dije ‘Fernando, hace una mañana preciosa’, y él me dice, ‘dime qué estás viendo, dime cómo es el verde’. Esa es una melancolía. Creo que él tuvo siempre desde México una nostalgia por Colombia que motivó su obra. Desde la llegada a Colombia, el tono de sus libros y su rabia es otra, no es melancólica, es como de facto, pero nace de la misma fuente que es un amor profundo por su país”.

Pilar, el gran boom de Fernando viene con El desbarrancadero, que es este libro total sobre su familia, sobre la implosión de una familia que es la explosión también de Medellín. ¿Qué significó para la literatura colombiana ese libro? ¿Recuerda, tiene alguna anécdota de esa publicación? Porque ahí fue cuando empezó a salir en medios y lo entrevistaban por todas partes...

“Claro, cuando leí el manuscrito de ese libro dije: ‘Dios de mi vida’. La escena principal, la escena con la que arranca ese libro, es quizás una de las secuencias más hermosas, más desgarradoras y más... ¿Cómo logra contar con palabras una herida? ¿Cómo puede transformar en lenguaje lo inasible? A mí me deslumbró completamente. Editar ese libro fue una de las cosas magníficas que me ha dado a mí este oficio, desde elegir esa cubierta, para la que él tenía muy claro que tenía que ser esa foto. Luego a ese libro le pasaron muchas cosas, empezando por el Rómulo Gallegos y toda esa historia maravillosa de donar el dinero a los perros pobres de Venezuela. Ahí tengo una anécdota genial. El presidente Hugo Chávez no le quiso firmar el diploma y lo firmó José Vicente Rangel y en un momento la ceremonia se retrasó porque no llegaba el diploma, porque se había indignado muchísimo el chavismo por el gesto de Fernando de donar el dinero a una asociación de perros. Fernando hizo algo precioso. Ese día tocó, no me voy a acordar qué, pero era una pieza de música criolla venezolana preciosa, tocó el piano para devolver el gesto. Fue tan bello. El discurso fue magnífico y él estaba feliz. Yo iba caminando con Fernando por las calles de Caracas, como entre el hotel y el sitio donde se hacía la ceremonia o entre un restaurante, y la gente le gritaba desde los coches, le gritaban ‘Fernando, te amo’. Yo le decía que ese es el destino de los iconoclastas, ser alabado por las multitudes (risas). Era muy genial, fue muy bonito ese viaje, muy emocionante y él estaba muy contento”.

Y luego vino La Rambla paralela...

“Es el libro donde empieza narrar su muerte y él la narra muchas veces además, como narra muchas veces que va a dejar de escribir. Son como dos obsesiones que tiene. No sé si es en La Rambla donde ya aparece el libro de muertos, ya no me acuerdo”.

Es ahí... Y su Libro de muertos es toda una leyenda

“Tú puedes creer que yo le dije a Fernando un día, ‘Fernando, yo quiero que me regales esa libreta’ y me contestó: ‘¿Y vos cómo sabes que yo me voy a morir primero?’”.

Cuando yo conocí a Fernando ya se había muerto David y no había puesto ese nombre en el libro. A lo que voy es esa relación con la muerte, que es también la negación, el que escribe se está negando a morir...

“Ese es el gran dolor. Para mí la reflexión final de Fernando es: ¿para qué nos dan la vida si nos la quitan? Los grandes dolores narrados en sus libros son las muertes de sus perras, que han sido fundamentales en la estructura emocional de su vida, la muerte de su abuela, la muerte de Darío, la muerte de su padre y de alguna manera la muerte de la madre, también como esa figura que él estructura tanto y que filtra su manera de ver a la familia. Es eso, la muerte para Fernando es, filosóficamente, la pregunta de para qué la vida si nos la quitan. Muchos de los libros han sido motivados por esas ausencias que deja reflejadas de manera dolorosísimas. En eso El desbarrancadero es quizá el libro fundamental, aunque para mí es muy impresionante cuando él intenta contar la muerte de David en Escombros... Fernando pudo contar la muerte de Darío, Fernando pudo contar la muerte de su abuela, pero la de David no. Si ves, en Escombros arranca contando el día del terremoto en el que David se siente mal y empieza a contar esos momentos de angustia cuando él empieza a enfermarse ya de manera muy radical, y finalmente la muerte la narra en dos páginas al final. No puede contarla de otro modo, y a mí eso me conmueve profundamente”.

¿Ha cambiado la literatura de Fernando desde que volvió a Colombia?

“Yo creo que sí, que el tono de su rabia es otro. No es melancólico, que antes me parecía que sí, que había como un dejo. Acá me parece más desasosegado. Cuando describe esas salidas a pasear con Brusca y habla de las motos y entonces dice cosas como que habría que poner a todos los motociclistas y tirar una bomba, o separar este país... Esa radicalidad de las conclusiones que saca sobre lo que vive me parecía que antes eran también muy fuertes, pero sí había más melancolía, aquí hay desazón”.

Él es un hombre que protege mucho su soledad. Antes estaba con David y ahora ya está solo completamente.

“Está con Brusca, que es la razón de su vida, como él dice”.

¿Fernando Vallejo sigue siendo uno de sus escritores colombianos más leídos en el mundo?

“Pues yo creo que sí, lo que pasa es que Fernando es un escritor muy difícil de traducir. Él quería siempre traducir sus libros de ciencia, pasó con La Virgen, pero digamos que él no tenía gran expectativa ahí, porque él tiene la conciencia de lo que significa la lengua para esos libros. Finalmente es un estudioso de la gramática del lenguaje literario. Él sabe que es muy difícil desligar o traducir literariamente un libro, entonces tampoco le ha puesto mucho interés en traducir o gestionar traducciones de sus libros. Él es un autor ampliamente leído en la lengua española. Fernando, como al principio de su carrera, hoy no le gusta dar entrevistas, él hace intervenciones públicas muy rotundas, muy fuertes, pero las quiere llevar él, no quiere que esté intermediada por una pregunta, y eso en el mundo de hoy hace que la atención se retraiga, estamos en un mundo donde el autor tiene que estar como en primera línea, tiene que estar en los medios. Te diría ahí que respeto profundamente esa decisión de Fernando, que su trabajo es escribir y hacer las intervenciones públicas que él estime convenientes en los momentos en los que él lo estime, y como editora solo acompaño y mantengo viva la totalidad de su obra, eso es lo que puedo hacer. Con él converso mucho. Hablábamos antes de las cubiertas, Fernando se mete muchísimo en las cubiertas. Los libros que hemos publicado son cubiertas decididas por él. Yo soy sensible a esa petición, digamos, él entiende el objeto, se mete muchísimo en cómo está maquetado el libro”.

Justo una de las cosas que más le interesan a Fernando es el diseño de los libros...

“Siempre, pues yo llegué a cambiar el diseño de Alfaguara porque a él le parecía que la sangría inicial era demasiado grande y cuando había mucho dialogo se veía lleno de blancos la página, tenía toda la razón. Cuando nosotros rediseñamos la caja de Alfaguara, la redujimos por una observación que él hizo. Que el guion era extremadamente largo en un punto, y también tenía razón. O sea, había que diferenciar el guion de diálogo, del guion al interior de una frase. Y me hizo ver un montón de cosas del diseño que él tenía razón y que corregimos. Al principio las adaptamos a sus libros solamente, pero luego las corregimos como estructura del diseño, porque él tenía razón, era una observación absolutamente aguda cuando tenías páginas de diálogo. Fernando en un momento empezó a construir muchísimos diálogos y la página se veía llena de blancos, tenía toda la razón”.

Y el gran prosista, también está en el diseño...

“Solo te digo una cosa para terminar, sigo pensando que es quizás el gran prosista actual de la lengua española, creo que no hay una prosa literaria como la de Fernando Vallejo, que logra unas cuotas tanto de lirismo como de rabia. No he visto a nadie blasfemar con esa fuerza, como él dice, con esa fuerza de la indignación que él logra traducirla en lenguaje. Si tú te lees en voz alta alguna página de Fernando Vallejo entiendes que lo que hace es algo cercano a la música, más que a la pura escritura literaria. Sigo pensando eso, lo pensé cuando empecé a trabajar con él y a mí no me importa que, hay quienes dicen que ha escrito un único libro o que se repite, siento que es tan maravilloso lograr volver lenguaje cada uno de esos libros, que la repetición a mí no solo no me molesta, sino que me complace mucho. Es un escritor con un universo totalmente sólido”.

Él ha sido un biógrafo tenaz, sabe lo que implica, sabe que hay que ir hasta el fondo, él opina, califica, pero también le tiene terror a ser biografiado. ¿A qué se debe que él no acepte que lo vean, así como él ve a otros?

“No te sabría contestar a eso, pero un día yo asistí a una discusión, estaba hablando con alguien sobre Cien años de soledad. Fernando estaba muy simpático, muy gracioso, muy irreverente y en un momento le dijo a su contradictor: ‘Mire, yo no discuto con quien me contradice’. Ahí te lo defino”

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Daniel Rivera Marín

Editor General Multimedia de EL COLOMBIANO.

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