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Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. Conversar, redescubrir ese placer tan humano es la edición para leer en enero.

  • “Los buenos cronistas de Medellín, los que de verdad están contando la ciudad, son los raperos, exactamente Alcolirycoz”. Foto: Instagram.
    “Los buenos cronistas de Medellín, los que de verdad están contando la ciudad, son los raperos, exactamente Alcolirycoz”. Foto: Instagram.
  • Gilmer Mesa. Foto archivo
    Gilmer Mesa. Foto archivo
  • Luis Miguel Rivas. Foto archivo.
    Luis Miguel Rivas. Foto archivo.
  • Lorena Salazar Masso. Foto cortesía.
    Lorena Salazar Masso. Foto cortesía.

¿De qué hablan los escritores de Medellín?

Esta es una reflexión sobre los temas de los que se escriben en la ciudad, desde la nostalgia de Fernando Vallejo hasta el desenfado de Gilmer Mesa. En el centro, los que escriben como en Instagram.

Daniel Rivera Marín | Publicado el 04 de septiembre de 2022

De qué hablan los escritores antioqueños, los de Medellín, los paisas? De la huida del campo a la ciudad, de la huida al mar, de la Medellín criminal, de ciencia ficción, de relatos familiares, de la muerte del padre —por supuesto, ¡ay de nosotros, huérfanos!—, de ellos mismos. Es una pregunta necia. Otras: ¿qué sorprende en la literatura de esta villita desde Los amigos míos se viven muriendo (Editorial Eafit), de Luis Miguel Rivas, y de Este caballero a caballo, de Eduardo Peláez Vallejo (Seix Barral)? ¿Quién, además de Rivas y Peláez Vallejo que lo renovaron todo; quién después de Ignacio Piedrahita y su prosa portentosa? ¿Nadie tiene la belleza feroz de Fernando Vallejo? ¿Cuando una aparición estelar como la de Juliana Restrepo? ¿Dónde la constancia y firmeza de Olga Elena Mattei? ¿Hay ahora apariciones literarias que producen gozo y lágrimas?

Algunos meses atrás, Gilmer Mesa —filósofo, autor de libros vivos, dueños de una verdadera voz lírica que falsea a la perfección el parlache y el lenguaje hablado, esos libros potentes: La cuadra y Las travesías (Literatura Random House)— decía que los buenos cronistas de Medellín, los que de verdad están contando la ciudad, son los raperos, exactamente Alcolirycoz. Tiene toda la razón. Hablan de la generación que vio cambiar la violencia de los narcos del cartel por la violencia de las bandas atomizadas de los años 2000; hablan de la vida del barrio, de los desplazamientos internos, de la cultura popular de la comuna 6. Y eso que los escritores jóvenes de la ciudad publicados por editoriales pequeñas y grandes y que lo dicen todo en sus redes sociales, también dicen que “aman” al grupo del barrio Aranjuez. Dos cosas: tienen razón en “amarlos”, son buenos como pocos. Segundo: cuando dicen que los “aman”, el buen gusto queda reducido a la moda, a la irreflexión que tiene consigo el verbo amar. Escriben todo como una descripción de foto de Instagram. ¿Aman?

Gilmer Mesa. Foto archivo
Gilmer Mesa. Foto archivo

Otro escritor que nos muestra a Medellín: Truchafrita. Digo escritor y no historietista. Lleva años hablando de lo que es ser paisa, de nuestras taras, de nuestra violencia; algunas veces con luces de genialidad y otras contando un chiste eterno que a nadie le da risa. Pero se ha mantenido, no pierde la reflexión. Lo hizo con Robot, el único fanzine interesante que hubo aquí durante años. Lo hizo en Días de cuarentena, un libro sobre nuestras ruinas y nuestra propia manera de aburrirnos y estar solos. Este año publicó La iglesia de los cuernos (Tragaluz, 2022), una oda al ocio y otro libro necesario sobre la pregunta eterna: ¿qué es el mal? ¿Somos malos? Somos.

Hay obras que se asoman más allá de los mitos del escritor promesa, incluso del escritor que ya publica, o del que se alimenta de rumores de proyectos literarios que escribe de archivo en archivo y que nunca termina —siempre tiene ensayos y artículos entre manos—, del que escribe textos que son una retahíla de anécdotas que no cuestionan nada, que no tienen una idea, o los que se reúnen en bares del Parque del Periodista, o que publican poemas en Twitter y para todo usan la palabra “nea” porque dicen que son barrio, reales, reguetoneros.

El periodista Simón Posada publicó semanas atrás La tierra de los tesoros tristes (Aguilar), una crónica histórica sobre la tragedia que trajeron a Colombia el oro y la coca. Hay una imagen tremenda: cuando los indígenas eran obligados por los españoles a trabajar en las minas para sacar oro, terminaron recibiendo un único pago: hoja de coca, su planta vital, la única que les daba fuerza para resistir el trabajo en los socavones.

Posada investigó durante años bajo una luz difícil: la historia del gran poporo Quimbaya, que encontraron guaqueros en una loma cerca a Yarumal, Antioquia, territorio de los indígenas Nutabe, hoy mezclados ad infinitum en las tierras del norte, su nombre solo se conoce porque entre ellos están las comunidades afectadas por el proyecto Hidroituango: su territorio ancestral fue inundado. Posada se lanza a averiguar cuál es la historia de la vasija que, al parecer, se usaba para guardar el mambe de la coca. Es evidente hacia donde vira el libro: el narcotráfico y su empeño de lavar dinero con oro. El libro, magníficamente escrito, está atravesado además por la veta de negocios de Antioquia, hecha de hombres que erigieron un culto a su genio, su capacidad de vender, de abrir trochas y rocas; una capacidad hecha a la medida de su ambición.

Luis Miguel Rivas. Foto archivo.
Luis Miguel Rivas. Foto archivo.

Esta escena, por ejemplo, no solo habla de la Medellín de hace doscientos años: “Las fiestas en la casa de Coriolano Amador duraban semanas. Las fuentes del patio se llenaban con champaña, y encontrar músicos en Medellín por esos días era imposible: todos estaban en su casa. Algunos invitados recuerdan que allí se estrenó uno de los primeros gramófonos de la ciudad, en una fiesta en honor al maestro Francico Antonio Cano, y que ‘era una diversión ver que muchas personas levantaban la carpeta buscando al que cantaba o hablaba’”. Coriolano: el hombre de la piedra filosofal que luego tendría su arquetipo en Pablo Escobar y después en los cantantes de reguetón: cada uno trajo a Medellín el último invento de temporada y así embrujaron.

Pero no todo es no ficción y los relatos familiares imbebibles que no tienen ni mirada ni escritura. Hace poco leí Final de temporada (Tragaluz Editores, 2020), de Diego Agudelo Gómez. Diego es un aficionado al cine y a las series de televisión (también a los libros y a los juegos de mesa) y sobre eso escribió: lo que lo habita. Son diez cuentos donde aparece el cine y después la literatura; pensados como diez capítulos para ver, no para leer. Eso lo hace un libro ingenioso y bello. Por otro lado, como la idea de los diez cuentos es culminar un guion incompleto escrito por el cineasta Seishin Kotaro antes de morir que un fanático compró en la web profunda, el lector se encuentra en un juego casi pigliano, por no decir borgeano, donde la invención aborda la realidad como en aquella novela de Phillip K Dick cuyo argumento es tenaz: los nazis han ganado la guerra. Diego cambia las formas. Por cierto, Diego presentará un libro de poemas en la Fiesta del Libro.

Escritores que se hacen cargo, como la narradora Lorena Salazar Masso, que con Esta herida llena de peces (Angosta, 2020) dice sin temores —a través del personaje— el desembarco de una mujer en la Colombia negra. Algo de su relato me recordó El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Salazar Masso relata con mucho oficio, con descripciones bellas y sin miedo cómo ve el mundo que se revuelve río Atrato arriba; esa mujer que va a entregar un niño ya no le tiene miedo al mundo. Recuerdo a Olga Elena Mattei, la poeta de decenas de libros, la misma condenada por escribir mucho, publicar mucho, por ser rica y ser bella como un atardecer.

Muchos escritores en redes sociales, en eventos, en fotos, diciendo nea. ¿De qué escribirán?◘

$!Lorena Salazar Masso. Foto cortesía.
Lorena Salazar Masso. Foto cortesía.

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Daniel Rivera Marín

Editor General Multimedia de EL COLOMBIANO.

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