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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Hasta marzo de este año se puede visitar la exposición Estridencia / Emanaciones, un recorrido en homenaje al centenario del natalicio de la artista Dora Ramírez. Foto: Carlos Velásquez.
    Hasta marzo de este año se puede visitar la exposición Estridencia / Emanaciones, un recorrido en homenaje al centenario del natalicio de la artista Dora Ramírez. Foto: Carlos Velásquez.

Hacer que el silencio valga. El arte de Dora Ramírez

A cien años de su nacimiento, una exposición del Museo de Antioquia conmemora la obra y el legado multifacético de la artista antioqueña, quien abrazó su deseo de libertad para vivir su pasión por el arte.

Luz Imelda Ramírez* | Publicado

En el Museo de Antioquia, y hasta marzo, podemos visitar Estridencia / Emanaciones, exposición con la que se conmemora el centenario del nacimiento de la artista Dora Ramírez. Curada por Juli Zapata, la muestra cuenta, además de las obras icónicas de la artista, con sus dibujos, bocetos y documentos de su archivo que, seleccionados por la artista Natalia Pérez, nos acercan a otras facetas de Dora: la pedagoga, la bailarina, la cantante y la gestora cultural.

Pensada de forma “tentacular”, la selección comparte complicidades con trabajos de artistas jóvenes, como Natalia Ávila, Clara Inés Velásquez, Isabel Gómez, Laura Tobón y María Marcela Patiño. Con ellas, el trabajo de Dora se abre en un arco de tiempo que me motiva a preguntarme: ¿de qué hablan las obras de estas mujeres artistas?

En la historia de las mujeres, una de las grandes cuestiones tuvo que ver con transgredir o resignificar su sometimiento al espacio privado de la casa y la consecuente exclusión del ámbito de lo público, donde el “gran” arte y lo masculino sucedían. La vida en la casa, como mujeres y madres, permanecía silenciada, ocultada, y no le pertenecía tanto a ellas mismas, como a la familia. Si la mujer ganaba autonomía, proporcionalmente, era lo mismo que precipitar la destrucción del orden familiar y de la sociedad.

Realizada en el confinamiento del mundo privado, y con dificultades para el acceso pleno a la educación, la pintura femenina, muchas veces, fue criticada por ser decorativa y doméstica, hecha por aficionadas y para su entretenimiento dentro del hogar. Incluso, algunos la tildaron de un “arte inútil” y la descalificaron como “señorera”. Sobre todo, era muy difícil para las mujeres labrarse una identidad profesional porque los prototipos de artistas que prevalecían no encajaban con la idea de una mujer respetable, sumisa y maternal. Las restricciones impuestas definieron el hacer de las mujeres en el arte, aunque no lo limitaron, pues alcanzaron grandes logros en la pintura de retratos y de naturalezas muertas.

Cuando Dora comenzó a exponer sus obras a finales de los años sesenta, Medellín era, según sus propias palabras, “un medio muy cerrado, con valores muy locales”. En parte, las Bienales de Coltejer abrieron el panorama y los medios de comunicación trajeron nuevos valores de fantasía, libertad y acción para las mujeres. En ese intermedio, quizá, podamos pensar la obra de Dora.

Amiga de Débora Arango, de Fernando Botero y de Fernando González, se propuso “vivir su verdad”, como el filósofo le aconsejó. Abrazó un deseo libre y desprevenido de ser ella misma, aunque luego los prejuicios sociales le cobraron factura, incluyendo el fin de su matrimonio. Con seis hijos, Dora hizo de su casa el centro de su vida. Acogió la maternidad y la pedagogía como un quehacer que no le impidió vivir su pasión por el arte. Su casa, al mismo tiempo, albergó muchos visitantes y se convirtió en un celebrado “tertuliadero”, que era, según Oscar Hernández, “una sonriente universidad donde no había temas vedados”. Los tangos y los boleros fueron un bajo continuo.

La vida en su casa fue el tema y el espacio para sus pinturas: contempló los objetos domésticos con parsimonia, mientras se observaba a sí misma. Los escudriñó hasta transfigurarlos y hacerlos insólitos, poéticos, liberadores. Abrió puertas y ventanas. Pintó la olla “atómica”, la vajilla, los manteles y los fruteros; los vio transformarse con la luz del día y la noche. Dibujó “Las horas”. En atmósferas de ensueño, retrató familiares y amigos, así como celebridades que atraían pasiones, ya convertidas en mitos.

Para la III Bienal, Dora presentó un gran huevo cocido bajo la fórmula “De tres a cinco minutos”. Una imagen doméstica, así como un secreto de cocina ingresaron al debate público del arte y reclamaron su legitimidad. Como las feministas de su tiempo, Dora mostró que “lo personal es político”. Alguna vez ella dijo que estaba orgullosa de sus pinturas, pues le hacían sentir su paso por la vida: “La primera vez que lo experimenté dije: Ya mi silencio vale”. Así, ella, como las otras artistas invitadas a la exposición, han puesto un granito de arena para que el silencio de todas valga.

En el Museo de Antioquia, y hasta marzo, podemos visitar Estridencia / Emanaciones, exposición con la que se conmemora el centenario del nacimiento de la artista Dora Ramírez. Curada por Juli Zapata, la muestra cuenta, además de las obras icónicas de la artista, con sus dibujos, bocetos y documentos de su archivo que, seleccionados por la artista Natalia Pérez, nos acercan a otras facetas de Dora: la pedagoga, la bailarina, la cantante y la gestora cultural.

Pensada de forma “tentacular”, la selección comparte complicidades con trabajos de artistas jóvenes, como Natalia Ávila, Clara Inés Velásquez, Isabel Gómez, Laura Tobón y María Marcela Patiño. Con ellas, el trabajo de Dora se abre en un arco de tiempo que me motiva a preguntarme: ¿de qué hablan las obras de estas mujeres artistas?

En la historia de las mujeres, una de las grandes cuestiones tuvo que ver con transgredir o resignificar su sometimiento al espacio privado de la casa y la consecuente exclusión del ámbito de lo público, donde el “gran” arte y lo masculino sucedían. La vida en la casa, como mujeres y madres, permanecía silenciada, ocultada, y no le pertenecía tanto a ellas mismas, como a la familia. Si la mujer ganaba autonomía, proporcionalmente, era lo mismo que precipitar la destrucción del orden familiar y de la sociedad.

Realizada en el confinamiento del mundo privado, y con dificultades para el acceso pleno a la educación, la pintura femenina, muchas veces, fue criticada por ser decorativa y doméstica, hecha por aficionadas y para su entretenimiento dentro del hogar. Incluso, algunos la tildaron de un “arte inútil” y la descalificaron como “señorera”. Sobre todo, era muy difícil para las mujeres labrarse una identidad profesional porque los prototipos de artistas que prevalecían no encajaban con la idea de una mujer respetable, sumisa y maternal. Las restricciones impuestas definieron el hacer de las mujeres en el arte, aunque no lo limitaron, pues alcanzaron grandes logros en la pintura de retratos y de naturalezas muertas.

Cuando Dora comenzó a exponer sus obras a finales de los años sesenta, Medellín era, según sus propias palabras, “un medio muy cerrado, con valores muy locales”. En parte, las Bienales de Coltejer abrieron el panorama y los medios de comunicación trajeron nuevos valores de fantasía, libertad y acción para las mujeres. En ese intermedio, quizá, podamos pensar la obra de Dora.

Amiga de Débora Arango, de Fernando Botero y de Fernando González, se propuso “vivir su verdad”, como el filósofo le aconsejó. Abrazó un deseo libre y desprevenido de ser ella misma, aunque luego los prejuicios sociales le cobraron factura, incluyendo el fin de su matrimonio. Con seis hijos, Dora hizo de su casa el centro de su vida. Acogió la maternidad y la pedagogía como quehaceres que no le impidieron vivir su pasión por el arte. Su casa, al mismo tiempo, albergó muchos visitantes y se convirtió en un celebrado “tertuliadero”, que era, según Oscar Hernández, “una sonriente universidad donde no había temas vedados”. Los tangos y los boleros fueron un bajo continuo.

La vida en su casa fue el tema y el espacio para sus pinturas: contempló los objetos domésticos con parsimonia, mientras se observaba a sí misma. Los escudriñó hasta transfigurarlos y hacerlos insólitos, poéticos, liberadores. Abrió puertas y ventanas. Pintó la olla “atómica”, la vajilla, los manteles y los fruteros; los vio transformarse con la luz del día y la noche. Dibujó “Las horas”. En atmósferas de ensueño, retrató familiares y amigos, así como celebridades que atraían pasiones, ya convertidas en mitos.

Para la III Bienal, Dora presentó un gran huevo cocido bajo la fórmula “De tres a cinco minutos”. Una imagen doméstica, así como un secreto de cocina ingresaron al debate público del arte y reclamaron su legitimidad. Como las feministas de su tiempo, Dora mostró que “lo personal es político”. Alguna vez ella dijo que estaba orgullosa de sus pinturas, pues le hacían sentir su paso por la vida: “La primera vez que lo experimenté dije: Ya mi silencio vale”. Así, ella, como las otras artistas invitadas a la exposición, han puesto un granito de arena para que el silencio de todas valga.

*Historiadora del Arte.

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