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EL ENCARGO INEVITABLE

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Manuel Mejía con su familia: Valeria, Adelaida, María José, Pablo Mateo y su esposa entonces, Dora Luz, y su suegra, la artista Dora Ramírez. Foto: Jairo Osorio.
    Manuel Mejía con su familia: Valeria, Adelaida, María José, Pablo Mateo y su esposa entonces, Dora Luz, y su suegra, la artista Dora Ramírez. Foto: Jairo Osorio.
  • Manuel Mejía y Dora Luz. Foto: Archivo familiar.
    Manuel Mejía y Dora Luz. Foto: Archivo familiar.

La historia Ziruma

Dora Luz, quien fue su esposa, hace un recorrido por Ziruma, la finca que fue tan importante para Manuel Mejía Vallejo.

Dora Luz Echeverría | Publicado

Casi en ruinas, la casa que había sido de agregados, de tapia pisada y patio central era, cuando Manuel la conoció en 1960, depósito de maderas. Llegado de Guatemala hacía poco tiempo, y obligado por una úlcera sospechosa de ser cáncer que terminó en cirugía, había decidido buscar una casa montañera cerca de la ciudad donde pasar los fines de semana con sus familiares y amigos. En contra de los consejos de muchos que consideraban pésimo negocio invertir hasta el último centavo en semejante utopía, Manuel, que siempre pensó que el mejor negocio era buscar lo que lo hiciera feliz, emprendió la búsqueda.

La tienda de Cándida, una trovera que vivía al borde de la carretera a El Retiro en la vereda Los Salados, y que sentaba a sus clientes en bultos de fique y uno que otro taburete de vaqueta, era una de las paradas obligadas del camino por sus historias, las trovas improvisadas, su maravilloso don de gentes y cuatro o cinco canciones de despecho. Cándida, fiel a su nombre, se despedía amablemente cuando se cansaba en la noche, dejaba sobre el mostrador improvisado un cuaderno rayado para que los clientes “apuntaran” el consumo y una cajita metálica apachurrada para que dejaran la platica, además del candado para cerrar la puerta cuando salieran. Cuando en una de tantas pasadas Manuel le preguntó si de pronto habría una casita para la venta en la vereda, Cándida le contestó: “Ay mi niño, yo sí sé de una, pero yo a usted lo quiero mucho y no quisiera que le pasara nada, porque esa casa tiene un espanto”. No sobra decir que casa, y además con espanto propio, era más de lo que había soñado.

Manuel Mejía y Dora Luz. Foto: Archivo familiar.
Manuel Mejía y Dora Luz. Foto: Archivo familiar.

La subida a Balkanes, nombre original de la finca que posteriormente sería Ziruma, quedaba a dos curvas de la tienda. Un camino bastante pendiente llevaba a un empedrado, el mismo empedrado donde había caído Manuel Felipe Jaramillo, herido mortalmente de bala por su mejor amigo, justo el espanto del que hablaban en la región. La casa en L, con corredores y piezas en galería, cocina ahumada y techos de teja a punto de caerse por las goteras, llena de maderas y roedores, no lo desanimó. Como la propiedad era bastante más costosa que los recursos que tenía, doña Rosana, la mamá de Manuel, salvó la situación: había ahorrado del dinero que él le mandaba de premios, artículos, y ganancias de juego —póker— en su estadía en Venezuela y Centro América, con lo que se cerró la compra.

La casa de ochenta años volvió a tomar forma con la ayuda de gente de la región: Crucito, Emilio, Tavo... el patio trazado por doña Rosana, tal y como recordaba el patio de la casa de su infancia en Jericó y, posteriormente, creció con los hijos, Pablo Mateo, María José, Adelaida, Valeria.

Durante más de 30 años Ziruma fue la posibilidad de vivir un sueño de varias generaciones. Amigos entrañables, escritores, pintores encontraron siempre un lugar donde había canciones y conversación, poemas, amor inmenso por la vida, por y para cada uno de ellos. Imposible nombrarlos a todos, pero cada uno de ellos sigue en sus muros, en sus corredores, en la memoria de la casa, en nuestros corazones. Ahora corren por los corredores Eloísa y Lucas, como lo hicieron los hijos y Matías, y pronto correrá Bruno.

El 23 de julio de 1998, Manuel murió en Ziruma, su casa amada, 38 años después de subir por primera vez el camino desde la tienda de Cándida.

NOTA

Algunos de los amigos que frecuentaron y enriquecieron las noches de ZIRUMA, unos vivos, otros ya al otro lado...

Dora Ramirez, Fernando González hijo, Guillermo Angulo, Vanna, Óscar Hernández Monsalve, Enrique Restrepo, Carlos Castro Saavedra, Inés, Hector Abad Gómez, Gabriel Diaz, Juan Luis Mejía, Darío Ruiz Gómez, Elsa, Elkin Restrepo y Stella, Eduardo Peláez, Germán Vargas, Juan José Hoyos, Marta, Miguel Escobar y Alicia Palacio, Orlando Mora y Marta, Juan Manuel Arango y Clara, Luis Fernando Peláez y Cristina Freydell, Pacho Gaviria y Constanza, Gustavo Vives, Fernando Cruz Kronfly, Oscar Jaramillo, Javier Restrepo, Saturnino Ramirez, Marta Elena Vélez, Marta Traba, el Negro Billy, Jaime Alberto Velez, Ángela Posada, Luz Helena Castrillón, son algunos entre tantos....

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