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Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. Conversar, redescubrir ese placer tan humano es la edición para leer en enero.

  • La fotografía es de la obra El suelo de la serpiente, de la que hizo parte Zahira. Ella está en la mitad, de camisa amarilla. Foto Cortesía archivo Corpuslab
    La fotografía es de la obra El suelo de la serpiente, de la que hizo parte Zahira. Ella está en la mitad, de camisa amarilla. Foto Cortesía archivo Corpuslab
  • Zahíra López bajo el lente de Lorena Acevedo.
    Zahíra López bajo el lente de Lorena Acevedo.

Las historias de una bailarina en primera persona

Zahira López es periodista y bailarina. Una reflexión sobre sus oficios.

Zahira López | Publicado el 04 de agosto de 2022

La Lambada, con su provocador movimiento de caderas, está de moda a finales de los años ochenta. Vecinos y curiosos transeúntes se agolpan en las ventanas y puertas de una casa en el barrio Popular 2 para ver a una pareja de niños bambolear la pelvis al ritmo pegajoso de origen brasilero, condenado por la iglesia católica. La emoción aviva un aplauso espontáneo para celebrar el desempeño de mi primo y yo, los niños que acaban de bailar.

La vocación de una bailarina nace cuando siente que es vista o ve bailar por primera vez. Una conexión inexplicable, de la que no puede escapar, atraviesa su vida.

En la misma sala de esa casa, un par de años más tarde, pongo a sonar una y otra vez un LP de Pérez Prado y su Orquesta, prensado por la RCA Víctor, con la aguja en el Mambo Número 8. Lo llevo a escena en la calle para una actividad cívica del colegio, al inicio del bachillerato. El aplauso y las sonrisas de jóvenes desconocidos me muestran el poder del baile que, así como la literatura y la música, desarrolla la empatía. Pese a que es la edad propicia para iniciarse en la profesión de la danza, no encuentro en mi entorno referentes ni lugares que me motiven. Medellín atraviesa su momento más difícil en la historia del narcoterrorismo.

Sin embargo, mi reencuentro se da en otras circunstancias, cuando la compañía Danza Concierto se presenta en el Teatro Metropolitano y asisto por primera vez a un espectáculo de danza contemporánea con la obra Amaranta, inspirada en la novela Cien años de soledad. La bailarina principal, Beatriz Vélez, camina hacia el centro del escenario y la distancia que nos separa se acorta; la atmósfera de luces, vestuario y música me suspende momentáneamente en un tránsito contemplativo, un hilo invisible se tensa halándome hacia ella y me conduelo con la tristeza y la soledad de su personaje. Quiero ubicarme en una orilla, definitivamente, de ese universo que baila.

Empiezo a entrevistar a maestros, a frecuentar espectáculos, a consultar libros, hasta que participo en una clase de danza contemporánea. Es un momento de revelación: percibo mis huesos y, como en el negativo de una fotografía análoga, veo la imagen iluminada de mi estructura esqueletal. En ese espacio con piso de madera se despierta una sensibilidad para darle valor a detalles simples. Al experimentar el movimiento desde algunas técnicas, me doy cuenta de que no puedo entenderlo con mi mente racional ni con mi cuerpo cambiante por las secuelas que deja el paso del tiempo. Se baila distinto a los cuarenta que a los treinta y a los veinte. Comprendo que danzar es estar presente en cualquier estado del cuerpo, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza; y hasta la paradoja más absurda se convierte en un motor que impulsa la transformación para relacionarme con el mundo.

La situación de un duelo por la muerte moviliza una contraposición personal.

Mientras atravieso el centro de la ciudad en ambulancia con el cuerpo agonizante de mi madre, me confronto por el sentido de la danza, que llega a exigirlo todo para devolver solo instantes. Al apagarse ella, se apaga la pasión que me sostiene para bailar. Esquivo la desgracia en la escritura. Más adelante descubro que ambas prácticas suponen abismarse, entrar a un vacío que salva, como una forma de ordenar el sinsentido. A partir del caos emocional que emerge, se desprenden las fuerzas ocultas que reafirman la voluntad de crear para transformar la visión de la realidad.

En el tránsito académico — y danzado — comparto con bailarines y maestros excepcionales, pero el espacio más conmovedor es la coincidencia con adolescentes autistas durante mi práctica docente. Cuando estos cuerpos se hacen visibles aprendo a escuchar sus gestos, alejados de las normas tradicionales y concibo otras maneras de bailar, que no precisan de técnicas o experiencias artísticas, sino más bien de encuentros inesperados a través de un diálogo de miradas y movimientos despojados de juicios o ideas preconcebidas para agradar. La noción de tiempo en los cuerpos autistas es singular, fugada del ritmo vertiginoso del mundo, un tiempo parecido al del danzante porque más que entender, lo que se trata es de sentir.

Zahíra López bajo el lente de Lorena Acevedo.
Zahíra López bajo el lente de Lorena Acevedo.

Vivir en estado de danza es mantenerse en los bordes, aunque el bailarín conoce la inestabilidad y el desequilibrio: una caída o una lesión se vuelven materia creadora. El deseo de bailar es un compromiso inquebrantable porque el saber nunca acaba, es una fuerza vital que le da sentido a la existencia. Preguntarle a una bailarina por qué danza es como preguntarle a un pájaro por qué vuela. Es una decisión que parece tomada antes de ser conscientes. Bailamos por la urgencia de hablar de aquello que las palabras no bastan. Pensamientos, sentimientos y sensaciones se agitan cuando bailamos. Surge lo armonioso, y también lo monstruoso, porque paso a paso nos despojamos del peso histórico de lo bello para manifestarnos en la libertad de lo diverso. Los cuerpos danzantes no solo están en el teatro, están en las calles. La ciudad es un laboratorio. Somos catadores de sensaciones, buscadores del verbo en acción, lectores del flujo de lo cotidiano.

El movimiento, en su más pura expresión, va más allá de las clases sociales, del género, del color de la piel. Para un país como el nuestro, de heridas abiertas, la danza desde todas sus dimensiones, artística, educativa, lúdica y terapéutica, ofrece uno de los caminos para sanarnos, para unirnos en las diferencias. Danzar también es estar presente en relación con los otros cuerpos, los que miran y son mirados. Si bien cuestionar cómo vivir de este arte en una ciudad que, en parte, lo aprecia como una forma de entretenimiento ocasional, lleva a algunos bailarines locales a viajar a tierras lejanas para perfeccionar su técnica y desplegar su talento, el decir del cuerpo estará siempre ligado al lugar de origen: llevamos la historia pegada en la piel.

Paul Auster dice en su novela más íntima, Diario de Invierno, que la escritura es una forma menor de la danza; Paul Valéry define la danza como una forma de tiempo distinta y singular. Estar en el tiempo de la danza y la escritura implica poner el cuerpo, exponerse. Ambos oficios son actos de resistencia física y moral ◘

* Docente universitaria. Estudió periodismo y licenciatura en danza. Autora de El cantor parrandero Octavio Mesa y Poetas del movimiento. 30 años de Danza Concierto.

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