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Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. Conversar, redescubrir ese placer tan humano es la edición para leer en enero.

  • La exposición Bruma se ve en Fragmentos, en Bogotá. Foto: Colprensa.
    La exposición Bruma se ve en Fragmentos, en Bogotá. Foto: Colprensa.
  • Decoración de interiores es una de las obras importantes de la maestra. Está ya en la colección permanente de la Tate Modern. Foto: Colprensa.
    Decoración de interiores es una de las obras importantes de la maestra. Está ya en la colección permanente de la Tate Modern. Foto: Colprensa.

Una artista conceptual camuflada

La maestra ha dedicado su vida al arte, a crear un estilo que es de ella, único, y que no se queda solo en lo pictórico: reflexiona, conmueve, critica, y tantas cosas más.

Ana Cristina Vélez Caicedo | Publicado el 06 de noviembre de 2022

Beatriz González dice de ella misma que es una “conceptual camuflada”, que antes de empezar trabaja primero la obra mentalmente, e incluso, durante mucho tiempo. Su obra persigue comunicar ideas, ideas valiosas, y luego reconforta ver que lo logra sobradamente. En su vida como artista ha sido una constante. Según lo piensa ella, el arte es un oficio que tiene una meta: “El oficio es servir para aplicarlo al momento que se vive”. ¡Y cómo lo ha aplicado!

Voy a citar lo que Juan Gustavo Cobo Borda escribió en su artículo sobre Beatriz González, acerca de la función del arte: “Además, ella sabe muy bien que la función social del arte no consiste en derrumbar gobiernos. Reside tan solo en alegrar las paredes blancas, grises o sencillamente sucias de nuestras casas”. Cobo Borda, Juan Gustavo, Mis pintores pág. 282. Pues bien, nada más equivocado. Esta, precisamente, no es la función de la pintura en la obra de la artista.

Hoy el arte no cumple la función que tenía hace dos siglos, de educar moral o intelectualmente. Cito la cita que hay en el libro Ante el arte, escrito por la artista: “El arte debe hacer atractiva la virtud, ridículo y odioso el vicio: he aquí la finalidad de todo hombre honesto que coge la pluma, la paleta o el cincel” (de Hugh Honour en su libro sobre El Neoclasicismo), Honour, Hugh, Neoclassicism, Xarait, Madrid, 1982, p. 115. Cita tomada del libro: González, Beatriz, Ante el arte, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2022, 253 págs. y cito otro párrafo del libro de Beatriz González: “Con la actitud tan propia de Ilustración se buscaba educar a los artistas en el aspecto intelectual, en la pintura de cuadros históricos, seria y estimulantes. Los cuadros no se refieren a los reyes en sí; las virtudes que se celebran son la sobriedad, el valor, la continencia, el respeto por las leyes y sobre todo el patriotismo. Se ponen de ejemplo los romanos y la Edad Media en Francia”. En Ante el arte. Págs. 254, 255. Tampoco el arte de hoy tiene que ser comprometido con alguna causa, como lo fue el arte alemán, con el Expresionismo; el soviético, con el Realismo Socialista; el peruano, con el Indigenismo, o el mexicano, con el Muralismo. En un mundo capitalista, hay mucho arte al servicio del capital, hay muchas formas de arte que se comportan como moneda de cambio; la muestra excelsa está en las obras token no fungible (NFT, por sus siglas en inglés no fungible token), pero también hay arte político, arte decorativo y cientos de tipos más.

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El arte está en libertad de comunicar ideas o de no comunicar nada; sin embargo, es importante saber que el cerebro humano está diseñado para buscar significado. Por eso se dan fenómenos como el de la pareidolia, que ocurre cuando las personas perciben una forma reconocible en un estímulo vago y aleatorio (habitualmente una imagen). Incluso en las imágenes abstractas, la mente humana se pregunta si hay allí símbolos o qué función cumplen esas formas. No solo el cerebro humano busca significado en las imágenes y organizaciones contra-entrópicas (que no se den fácilmente por azar), sino que también al enfrentarse a un objeto se pregunta por su función, y esto es algo que siempre ocurre, no importa la cultura a la que se pertenezca. Ahora, voy al papel que juega la obra de Beatriz González.

En los inicios de la obra de Beatriz González están las reinterpretaciones de piezas maestras de la pintura. Detrás de estas obras, exist el cuestionamiento que ella se hizo sobre: ¿cómo le llegan a la gente común las obras de arte?, porque se dio cuenta de que llegaban en folletines, cuya función era vender productos o servicios e incluso educación y, a veces, educación sexual. Beatriz González coleccionó las imágenes que fue encontrando, las estudió, las trasformó y las puso a significar otras cosas. Estamos acostumbrados a las reproducciones, como casi siempre son muy pobres respecto a los originales, las ignoramos; pero el ojo escrutador de Beatriz González no las pasó por alto.

Beatriz González dio una voltereta, y de las páginas impresas del periódico sacó la imagen de una pareja que se había suicidado los llamaban Los suicidas de Sisga, los cambió de contexto y los trasladó al reino del arte. En este gesto hay un claro juego espacial y conceptual: a las personas de la élite y a las obras maestras las rebajó de categoría, y a la imagen de dos personas del pueblo la subió de categoría, al volverlas modelo de una obra de arte. A la reina Isabel, a Simón Bolívar, a Jesús, a Antonia Santos, al Papa, a Jaqueline Onassis, los representó utilizando un lenguaje que nos hiciera pensar en lo popular, y los puso sobre muebles baratos tales como camas, nocheros y butacas, y sobre objetos tales como cortinas, toallas, tambores, bandejas y costureros, todos objetos “sin mucho prestigio”. A Bolívar lo dejó muy quieto, para siempre, en una cama de metal; a la Monalisa, la puso a mirarnos desde un tocador, y así...

Luego, sobre grandes cortinas y telones rereprodujo A Beatriz González le gusta utilizar la palabra rereproducción, pues, en realidad, ella volvía a reproducir una imagen que, de por sí, era ya una reproducción. obras famosas, tales como El desayuno sobre la yerba, la obra de Manet; su versión del Guernica, en azules, y en otro telón, que tituló Decoración de interiores, pintó al expresidente Julio César Turbay en una fiesta rodeado de sus invitados. En ese entonces, ella estaba deseando ser la Goya de Colombia, y utilizar el arte para decir verdades, para incomodar. Julio César Turbay era, sin duda, un personaje despreciable, y durante algún tiempo fue el argumento de muchas de las obras de Beatriz González. Me pregunto si los jóvenes de hoy saben algo sobre este personaje. Según Cobo Borda, quizás con Turbay pasaría como con María Luisa de Parma: “Si acaso nos acordamos de ella es solo porque Goya la pintó”. Cobo Borda, Gustavo, Mis pintores, pág. 281.. En cuanto a la cortina, cuyo título es Decoración de interiores, está hoy expuesta en uno de los museos más importantes del mundo: la Tate Modern. loss

Recordemos que en los museos ofrecen muchas obras estampadas sobre nimios objetos para vendernos a un buen precio lo que de por sí vale poco. Por eso encontramos muchas reproducciones de obras en libretas, cuadernos, pañoletas, vasos, pocillos, bolsos, juegos, rompecabezas, etcétera, y así uno puede ir degradando la imagen, según donde la coloque, y aumentando el valor del objeto, según lo que estampe en él. En esa medida, puede llegar incluso a cambiarle el significado. Piense el lector que para revolver una sopa tiene como herramienta un mata zancudos, perfectamente esterilizado y limpio. Aceptamos sin dificultad que nos incomoda el cambio de contexto o de uso. Esto muestra que asociamos contextos a categorías de objetos, y lo hacemos de manera inconsciente. Si Beatriz González hubiera puesto sus rereproducciones sobre los objetos mencionados anteriormente, no habrían causado el mismo estupor.

Uno puede ver en la evolución de sus creaciones cómo los asuntos políticos y sociales le han ido preocupando cada vez más. Beatriz González ha hecho unas pinturas fascinantes cuya postura es crítica, política, compasiva, denunciante y con propósitos claros, como el de hacer presentes e inolvidables algunos sucesos de la violencia en Colombia. Sobre papeles de colgadura ha estampado series de temas políticos usando imágenes simplificadas, como El plumario colombiano. Especialmente fascinantes son las pinturas Retratos mudos, La corriente, La pesca milagrosa, pues las imágenes son mágicas y aterradoras. Hay que detenerse un momento para hundirse en el horror, pues llega inesperadamente.

También Beatriz González nos obliga a reflexionar con las pinturas de las mujeres que lloran por sus seres queridos desaparecidos o asesinados, que son muchísimas, y que ella titula con nombres distantes de la realidad: El silencio, El paraíso, La palmera, Las delicias. En Autorretrato desnudo llorando, usa un título directo; pero, quizás esta sea una confesión descarnada, así como el título más terrible de todos los que ha puesto, y que lo sacó del periódico, del testamento de una mujer: Máteme a mí que yo ya viví. Los títulos son muy importantes en las obras de arte, pues crean expectativa, sugieren y seducen. A veces es el título se encarga de completar la comunicación entre el espectador y la obra, y por eso nos gusta que encaje. El título cumple un buen papel cuando ayuda a recordar la imagen; puede ser humorístico, enigmático, o ser doloroso, como la misma obra que describe. Históricamente, los títulos siempre han sido usados para crear la expectativa que lleve al entendimiento de lo deseado: El perro bravo, El cordero, La anunciación, incluso, porque en ciertos casos, en el pasado, no era nada fácil reconocer en la imagen pintada ni al perro, ni al cordero, ni el suceso.

Los cargueros, recogiendo a sus muertos; Yolanda izquierdo, y otras pinturas, cada una con su ofrenda, por no decir su pena, su ataúd, su dolor, ¡sacuden! Zulia Zulia Zulia es una obra no menos impactante. Obras como Los paisajes elementales, Abandono, nos hablan de dolor, de destrucción, parecen gritar para que cese la pavorosa indolencia social de los colombianos. Los colores en estas obras tienen los tonos del atardecer, y parecen vislumbrarse entre las penumbras. Son imágenes sumergidas en una atmósfera de sopor. Es inevitable recordar a Gauguin.

El estilo en las obras de Beatriz González es tan personal como su contenido. Sus contornos a veces parecen cortados a machete, sus colores, como lo dije, son los del atardecer y sus composiciones suigéneris resultan del gusto de pintar, del placer de trabajar directamente con sus manos, y hacen su obra única e irrepetible. Uno no puede copiar a Beatriz González disimuladamente, porque sería imposible no ser descubierto. Ella ha dicho haber sentido fascinación por la torpeza infinita de los dibujos publicitarios y las fotos de la reportería gráfica: por esas superficies que no buscan parecer volumétricas y que usualmente encontramos en tonos de grises. Es inevitable recordar a Andy Warhol.

Muchas personas tildan a Beatriz González de ser una artista Pop. Ella ha dicho que cuando ya había hecho obras que parecían propias del arte Pop, aún no conocía el movimiento. En el arte ha ocurrido con mucha frecuencia que en distintas partes del mundo se da una convergencia simultánea en los estilos. El sicólogo Colin Martindale, después de estudiar los estilos en el arte y de notar cuándo se daban los cambios, sospechó que una vez se ha explorado y explotado un estilo y se le han buscado todas sus posibilidades evocativas, hay que inventar uno nuevo.

Martindale cree que para convocar al espectador es necesario sorprenderlo y que por eso, ante la habituación, los artistas se ven en la necesidad de explorar nuevos caminos. En esa búsqueda, llegan a resultados parecidos. Los inventos no salen de la nada, tienen precursores. Es esperable que personas regadas por el mundo, que tienen la misma información, lleguen a ideas similares. La fotografía otorga un ejemplo bonito, pues se inventó casi simultáneamente en apartados lugares del Globo.

La silueta ha sido utilizada con frecuencia en su obra. La silueta siempre fue la manera fácil y barata de hacer retratos; claro, sin los detalles internos. En la obra de Beatriz González, las siluetas parecen metáforas de los miles de casos que ocurren sin que sepamos los nombres de las víctimas, son las sombras, son las ánimas de los evocados. La silueta no identifica al sujeto, pero lo trae a la mente. La silueta es una estrategia usada para esconder el horror del detalle, como el describir un asesinato sin mostrar las tripas, dejando que la imaginación del espectador ponga su parte. Los muertos del conflicto armado en Colombia no tienen nombre, son anónimos, porque las tragedias ocurren en el campo. Para la gente de la ciudad, el campo parece estar muy lejos, ajeno, en la bruma.

En la serie Piedad, las posiciones de los muertos y los vivos no son icónicas, lo cual le impone un esfuerzo interpretativo al espectador. No hay detalles en la representación, y los muertos se deducen de los colores que Beatriz González puso en sus pieles, amarillos o azulados, como de cera o como de muertos. El color de las madres es cálido, pero oscuro. A veces, los matices de colores que se van para atrás, que usualmente se usan para el fondo, porque parecen retraerse en la imagen, se encuentran en un primer plano; otras veces, los colores que se vienen hacia adelante son los que precisamente Beatriz González ubica detrás de los objetos que están en el primer plano; en algunos casos, la artista pone como color de fondo el color más vistoso y llamativo. Su estilo áspero y antiacadémico no seduce fácilmente a legos, pues, en esta obra, las formas de belleza clásica están ausentes (la expectativa común). Su obra exige conocimiento previo si queremos pasar de la superficie, y este artículo se ha propuesto dar ese conocimiento previo.

Cada acto humano, por pequeño que sea, tiene consecuencias buenas y malas (recordemos el efecto mariposa), y tenerlo presente es algo que el artista no puede desatender. Existe la idea de que los artistas tienen derecho a todo, de que, en aras de hacer una obra, se pueden cometer actos reprochables. Uno de los aspectos más atractivos de la obra de Beatriz González es su calidad ética. Ella dice en alguna entrevista, entre las muchas que ha dado, que el malestar es ética. Creo que es verdad. Toda consideración por los entes vivientes, sean o no humanos, empieza por el malestar que sentimos al saber que están mal, aún si se trata de una planta que se muere de sed. La incomodidad y el malestar son las emociones que nos obligan a reaccionar. La intranquilidad de Beatriz González la mueve a hacernos visible el lado oscuro de nuestra realidad. Su obra no es una pequeña historia de Colombia, no, pero sí ha tomado algunos hechos relevantes que serán importantes siempre.

La obra de Beatriz González sorprende por auténtica, por personal, por individual; es única, porque consulta y responde a sus intereses y preocupaciones. Ella dijo estar siempre mirando a su alrededor, sin incorporarse mansamente a las modas. Beatriz González nunca ha buscado tener “buen gusto”, y con esto se refiere a que nunca ha tenido interés en la búsqueda de la belleza ni en utilizar los lenguajes de las élites. Uno sospecha que ella, como decía Picasso hablando de él mismo, en su obra no busca, sino que encuentra.

En su trabajo más reciente, Bruma, Palabras de Beatriz González sobre por qué Bruma es así: “Me esforcé en buscar unos colores que son más referidos al duelo, porque son oscuros, como el negro sobre los zafiros de los cielos que voy echando capa sobre capa sobre capa, con veladura. Siempre he usado la veladura, pero ahora más, para que nada tenga contorno, porque así es la memoria traumática, nunca es clara”, y continúa: “Esa falta de claridad que enturbia la mente y que rodea a ciertos sucesos”. Por eso las siluetas de las figuras son borrosas. Cita tomada de canal trece: https://canaltrece.com.co/noticias/con-bruma-beatriz-gonzalez-conmemora-a-los-desaparecidos-en-fragmentos. que actualmente se exhibe en Bogotá en Fragmentos, Espacio de Arte y Memoria (Cra. 7 # 6b-30), Beatriz González se conmueve con los muertos diarios, con las personas que dan su vida por defender la paz, y hace énfasis en la historia de los desposeídos. Las pinturas tienen veladuras aplicadas, son simples y brumosas, como lo indica el nombre de la exposición. Es una obra fuertemente simbólica, en la que la artista mantiene y refuerza las decisiones estéticas y éticas que han sido características de su trabajo. Hay un gran papel de colgadura, que se llama A posteriori puede tener unos cincuenta metros cuadrados, en el que se repiten, como ocurre con las letanías, las imágenes de los cargueros transportando a sus muertos. Están pintados con bordes borrosos y en tonos de un amarillo aparentemente envejecido, y ubicados dentro de un arco negro que recuerda las lápidas en las que estuvieron originalmente. El tamaño importa, el tamaño impacta. La repetición, aunque es una forma de insistir en una reflexión, puede producir el efecto contrario: la suprime, se deja de ver lo que hay, pues se convierte en patrón decorativo. La repetición desaparece la identidad. Este quizás sea el efecto buscado: mostrar nuestra indiferencia, mostrar que estos mártires nunca han tenido identidad. Sin duda, esta obra es un llamado a la reflexión sobre la situación que hemos vivido en Colombia.

El arte tiene y puede tener tantos propósitos como tengan las acciones humanas; pero sin duda aquí, en esta obra, hay un propósito muy noble: el de querer dejar en nuestra memoria un documento histórico, el deseo de que no olvidemos lo que ha ocurrido, de que perdure, de que no se lo traguen la tierra y el tiempo. Algunas obras de arte aspiran a la eternidad, aspiran a ser documento histórico y, muchas veces, estético, y esta, muy probablemente lo sea.

Aplaudo el éxito internacional de Beatriz González, tan merecido. Sus obras están en la sala permanente del MoMA, en la Tate Modern, en el Museo Reina Sofía, y pronto estará en México, en el Museo de Arte Contemporáneo. Pocas personas pueden decir que han alcanzado sus sueños, y ella así se lo dijo a María Jimena Duzán, en su Podcast A Fondo: “A los noventa años logre lo que soñaba”. Sin duda, Beatriz González lo logró.

*Ana Cristina Vélez trabajó en escultura y pintura, pero hoy en día le interesa más el entender que el hacer. Se dedica a estudiar ese fenómeno elusivo y complejo que es el Arte. Alimenta su blog cada semana, Catrecillo, en El Espectador. Allí escribe sobre diversos temas, muchos de arte, de divulgación científica y, en general, culturales. Ha escrito dos novelas, Amor en la Nube y Casi de piedra.

** Cobo Borda, Juan Gustavo, Mis pintores pág. 282.

Honour, Hugh, Neoclassicism, Xarait, Madrid, 1982, p. 115. Cita tomada del libro: González, Beatriz, Ante el arte, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2022, 253 págs.

En Ante el arte. Págs. 254, 255.

A Beatriz González le gusta utilizar la palabra rereproducción, pues, en realidad, ella volvía a reproducir una imagen que, de por sí, era ya una reproducción.

Cobo Borda, Gustavo, Mis pintores, pág. 281.

Palabras de Beatriz González sobre por qué Bruma es así: “Me esforcé en buscar unos colores que son más referidos al duelo, porque son oscuros, como el negro sobre los zafiros de los cielos que voy echando capa sobre capa sobre capa, con veladura. Siempre he usado la veladura, pero ahora más, para que nada tenga contorno, porque así es la memoria traumática, nunca es clara”, y continúa: “Esa falta de claridad que enturbia la mente y que rodea a ciertos sucesos”. Por eso las siluetas de las figuras son borrosas. Cita tomada de canal trece: https://canaltrece.com.co/noticias/con-bruma-beatriz-gonzalez-conmemora-a-los-desaparecidos-en-fragmentos.

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