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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • El pensamiento crítico se relaciona con la Ilustración, ese concepto del que habló Kant. Ilustración: Elena Ospina.
    El pensamiento crítico se relaciona con la Ilustración, ese concepto del que habló Kant. Ilustración: Elena Ospina.

La importancia de pensar por sí mismo

En tiempos de emocionalidad desbordada, vale la pena echarle un vistazo a unos
ensayos que lo demuestran.

Ángel Castaño | Publicado

En la primera viñeta Calvin —un rubiecito despeinado de seis años, provisto de una imaginación inquieta— le confiesa a Hobbes —el tigre imaginario con el que sostiene diálogos de gran calado— su intención de creer en la astrología. Ha decido hacerlo porque le parece sensato “que todas las facetas de nuestra vida diaria dependan de la posición de unos cuerpos celestiales que están a cientos de millones de millas de distancia”. La respuesta de Hobbes es parca, se limita a afirmar: “Oh, qué planetas traviesos”. Más allá del sarcasmo, la caricatura de Bill Watterson recuerda una obviedad que a menudo se pasa por alto al hablar de la razón y las creencias: el pensamiento es un automatismo de la naturaleza humana. Todo el mundo piensa. Las ideas inciden en las decisiones de los días laborales y en las minucias cotidianas: están involucradas en ir en metro a la oficina o en programar el reloj para llegar en bicicleta. Todo el mundo decide qué piensa y de qué manera: somete la vida a las doctrinas de un tutor o de un libro sagrado o, como en la canción de Pink Floyd, aprende a volar por sus medios. El pensamiento es una herramienta capaz de transformar o sostener la realidad. Sin embargo, no todos los pensamientos tienen el mismo peso ni idéntico valor.

Hace poco más de dos años, Jürgen Klopp, el entrenador del equipo de fútbol Liverpool, se volvió viral por una reacción suya en una rueda de prensa. Visiblemente molesto por la pregunta de un reportero, el alemán afirmó no ser la persona adecuada para hablar del coronavirus. “Política, coronavirus... ¿por qué me preguntas a mí? Yo llevo una gorra de béisbol y voy mal afeitado... Mi opinión no es importante: vivo en este planeta y quiero que sea un lugar seguro y saludable, pero mi opinión sobre el coronavirus no es importante”, dijo. Al hacer tal afirmación Klopp puso en práctica uno de los principios del pensamiento crítico: someter la información al cedazo de la duda y el escrutinio. Era imposible que Klopp no supiera nada de los contagios en el mundo y de las teorías más o menos descabelladas sobre el origen del virus de Wuhan, no obstante llegó a la conclusión de que no sabía lo suficiente para dar una opinión sensata y optó por el silencio. En lugar de repetir lo dicho por otros, de aceptarlo como verdadero, prefirió la incertidumbre. Ese simple acto ante las cámaras de los medios noticiosos británicos fue una lección de honestidad intelectual: reconoció los límites del entendimiento. A lo mejor sin pretenderlo —vaya uno a saber—, Kloop les dio material a los docentes de filosofía para explicar las premisas de Contestación a la pregunta ¿Qué es la ilustración?, de Immanuel Kant, uno de los escritos medulares del pensamiento crítico occidental.

Para leer más: Conversar: redescubrir ese placer tan humano

Publicado en 1784 en una revista de Berlín, el ensayo es el manifiesto de la Ilustración alemana, según Iván Padilla Chasing, profesor de la Universidad Nacional. En él Kant adopta el tono de quien invita a los compañeros de ruta a sacudirse la pereza y la cobardía para dejar atrás la infancia del espíritu y ejercer con todos sus riesgos y seducciones la adultez de la mente. Ese tránsito de un estado al otro lo llama la Ilustración y es el resultado de la ruptura con las verdades inmutables y el abandono de los maestros y los gurúes. Cada idea y decisión deben pasar por el crisol de la conciencia educada, no ser el fruto de la obediencia o el capricho. Kant insiste en la responsabilidad que entraña semejante conquista: habla de pensamientos “cuidadosamente revisados”, de la “persona docta” que comparte sus reflexiones con el público. El texto destila la atmósfera intelectual que se extendió por buena parte de Europa desde el Renacimiento y tuvo sus epicentros en Inglaterra, Francia y Alemania. Vistas a la distancia, las ideas de Kant parecen inofensivas y hasta próximas al lugar común, no obstante respondieron a su tiempo y de alguna manera hicieron parte de la tendencia que desató el sismo cultural de la revolución francesa. Por supuesto, los razonamientos de Kant se conectan con la tradición que incluye el Discurso del Método (1637), de René Descartes; los Ensayos (1580), de Michel de Montaigne; y la Reforma Luterana (1517). En la cultura nada ocurre de improviso: las cosas se gestan en las corrientes subterráneas de la política, la religión, el arte y la psicología colectiva.

Dichos hitos son los pilares de la modernidad, categoría de la historia para hablar de la época en la que el individuo dejó de ser un siervo y un feligrés y adquirió el estatus de ciudadano en las emergentes democracias. En ese periodo los pensadores levantaron un altar a la razón al considerarla el instrumento para entender el mundo y disipar las formas de la religión y la magia. Esos cambios no se limitaron a la artillería lexical de los filósofos y de los eruditos: trajeron consigo cosas concretas y medibles: “Recién nacidos que vivirán más de ocho décadas, mercados rebosantes de alimentos, agua limpia que aparece con un chasquido de dedos y residuos que desaparecen con otro, píldoras que eliminan una infección dolorosa, hijos que no son enviados a la guerra, hijas que pueden caminar por las calles con seguridad, críticos de los poderosos que no son encarcelados ni fusilados, los conocimientos y la cultura mundiales accesibles en el bolsillo de una camisa”, según la lista hecha por Steven Pinker en el prefacio de En defensa de la Ilustración. Sin duda, el asunto tiene otra cara. Los rituales y los dispositivos de la modernidad no han sido la panacea ni han traído a la humanidad un reino de miel y rosas. Para ser justos, se debe decir que en parte sembraron las causas del calentamiento global, las guerras mundiales y la deshumanización de las ciudades. Muy pronto el ánimo conciliador del profesor Kant fue reemplazado por la soberbia del colonialista que juzgó carentes de valor las sabidurías y las narraciones de culturas ajenas a las de Europa.

Los quiebres en el discurso moderno han propiciado el regreso del pensamiento mágico, en variantes que van de lo cómico —el tierraplanismo, las peregrinaciones tras alienígenas, las lecturas de la carta astral y las sanaciones con cristales y pócimas— hasta lo absurdo o abiertamente peligroso —los movimientos antivacunas, las supersticiones raciales, los fundamentalismos religiosos y políticos, el mesianismo de los líderes providenciales—. Con la lógica del tigre Hobbes, alguien puede decir: ¿y cuándo abandonaron el escenario los magos, los astrólogos, los culebreros y los profetas del apocalipsis? Al momento de hablar de estos asuntos no se pueden quedar por fuera del análisis las formas de circulación de los datos surgidas con la internet y las redes sociales. Hoy cualquiera con un celular chivea a las agencias noticiosas y forma burbujas comunitarias con quienes comparte sus sesgos.

Los modales y las ceremonias de las redes sociales recuerdan la anécdota bíblica de la torre de Babel: cada quien habla en un idioma en el que no le interesa demasiado entender al otro, pero sí soltar un largo bla bla blá. Ese tsunami de versiones y de ideologías pone a prueba las habilidades de los espectadores/internautas para leer críticamente el contexto y tomar decisiones responsables. Ese es uno de los motivos por el que hechos insólitos son creídos a pie juntillas y anécdotas descabelladas son dadas por ciertas. En la red no hay tiempo para la pausa reflexiva y en ella pululan las teorías conspirativas para todos los gustos y de todos los colores... algunas provocan sonrisas —los miembros de The Beatles eran actores pagados por un gobierno, la misión Apollo 11 fue un montaje de cine, Elvis cambió su identidad para huir a una isla— y otras molestia y rabia —los gobernantes del mundo son reptiles disfrazados o hacen parte de la cofradía de los Illuminati—. Quien dude de la peligrosidad de estos disparates debería recordar la historia de los Protocolos de los sabios de Sion, un documento que a principios del siglo XX avivó el antisemitismo y a la postre fue uno de los móviles de los progromos zaristas y de las cámaras de gas del nazismo.

Volvemos al punto de partida: la historieta de Calvin y Hobbes. La última viñeta deja en cueros la decisión de creer en la astrología: el horóscopo le promete al niño salirse con la suya. De nuevo el texto de Kant ofrece pistas para leer la escogencia de Calvin. Simple: resulta cómodo delegar en alguien la búsqueda del sentido. Cómodo y fácil. El otro lleva en los hombros el peso de proveer las respuestas éticas frente a los dilemas de la vida. Ahora —y no se puede ser tan naif— el tutor se adueña de la parte del león: los votos para la campaña electoral, los datos para perfilar a los consumidores, los denarios y los dólares para sostener el templo o el áshram. Nada es gratis en el mundo.

Puesto el mapa en la mesa, la coyuntura colombiana no es halagüeña. Hay varios medidores para apuntalar lo anterior: la lectura de libros ronda 2,7 % por ciudadano al año. Se lee poco. Y, para terminar de ajustar, se lee mal: en las pruebas regionales y mundiales de comprensión de lectura Colombia casi siempre se raja: así quedó demostrado en los resultados de las pruebas Pisa y en los estudios comparativos con Chile, España, México y Perú, hechos por la firma Smartick. También hay otros termómetros para medir la crisis del pensamiento crítico en el país: las conversaciones públicas sobre casi cualquier cosa degeneran en trifulcas en la que los epítetos e insultos reemplazan la sindéresis. Las redes y los foros de los periódicos son verdaderos fosos de gladiadores. Y para no ir muy lejos, la violencia es la prueba reina del fracaso de la educación humanista en Colombia. La búsqueda de la eliminación del otro es la consecuencia predecible del pensamiento rudimentario ◘

Si quiere más información:

Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.

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