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  • Con la memoria perfecta de internet, el olvido se hace muy difícil. Ilustración Elena Ospina.
    Con la memoria perfecta de internet, el olvido se hace muy difícil. Ilustración Elena Ospina.

Por el derecho al olvido

La memoria de internet es perfecta: es muy difícil que algo se olvide, con las consecuencias que ello trae.

Margarita Orozco | Publicado el 05 de junio de 2022

Hace más de 15 años, Andrew Feldmar, un famoso psicoanalista de Vancouver, viajaba desde Canadá a la frontera con Estados Unidos para recoger a un amigo. El encuentro se hubiera dado sin mayores contratiempos, de no haber sido porque al oficial de turno que revisó su pasaporte se le ocurrió buscar su nombre en Google. El resultado arrojó un texto de los años 60 escrito por Feldmar para una revista científica, en donde admitía haber consumido sustancias alucinógenas para sus experimentos. El Dr. Feldmar fue devuelto a casa con un sello de inadmisibilidad a los Estados Unidos, luego de haber estado detenido por más de cuatro horas y de que sus huellas digitales fueran registradas. No importaron sus relaciones académicas con el vecino país en donde vivían dos de sus hijos ni que no tuviera antecedentes penales. Mucho menos que no usara drogas desde sus años de juventud. Lo que para él fue un hecho casi olvidado, que no lo representaba como persona, estaba registrado para siempre en el mundo electrónico sin posibilidad de olvido.

El caso del Dr. Feldmar fue ampliamente reportado por los medios anglosajones como un hecho que demostraba los desafíos de compartir información en el mundo digital global. Una especie de premonición de lo que ocurriría frecuentemente décadas más tarde, en donde abundarían los casos de personas arrepentidas de haber publicado contenidos en las redes sin pensar en las consecuencias que esto iba a traerles en el futuro y de miles de acciones legales emprendidas alrededor del mundo por parte de quienes se consideran víctimas del universo digital y llevan años tratando de que una red social, blog o página web remueva un contenido que no lo deja vivir en paz o le impide conseguir un nuevo trabajo.

Desde la madre atormentada que ruega retirar de la red el video con el suicidio de su hijo hasta el profesor de colegio que perdió su trabajo luego de que una de sus jefes viera en las redes sociales una foto suya en una fiesta en estado de embriaguez, hoy nos enfrentamos a las consecuencias de una sociedad dotada de una memoria digital perfecta y sin capacidad de olvido. Si en el pasado olvidar era la regla y recordar era la excepción, hoy gracias (o por desgracia) a la tecnología digital y a las redes globales de información la relación se ha invertido y recordar es la constante.

El registro digital y su memoria perfecta tiene ventajas para los individuos y la sociedad. Nos dan la oportunidad de revivir los momentos después de un tiempo y volver a sentir la alegría y plenitud de ese entonces. Sirven para contrarrestar ese problema tan común de olvidar las fechas, citas, cumpleaños y aniversarios. Las compañías operan de forma más eficiente cuando los procesos no se guardan de forma limitada en la memoria de ciertos empleados, sino que están en un lugar accesible al alcance de quien lo necesita con apenas un clic en su computador. Como muchos académicos han señalado hasta el cansancio, para aprender de la historia se requiere que las sociedades sean capaces de recordar su pasado al que hoy accedemos fácilmente a través de relatos, fotos, comentarios y análisis que están en las pantallas de todo el mundo.

Si el mundo digital nos ha proporcionado grandes ventajas dándonos acceso a una memoria perfecta e ilimitada, también ha provocado algunas consecuencias menos gratas. De acuerdo con el profesor de derecho constitucional de la Universidad de Nueva York, Arthur Miller, en su libro The Privacy Assault (1971) (El Asalto a la Privacidad), la infalible capacidad de olvido de los sistemas digitales se ha convertido en un sistema de vigilancia que transforma a la sociedad en un mundo transparente en el que los hogares, la vida social, los ingresos económicos y los afectos están expuestos a una gama infinita de observadores casuales, en el que abundan los morbosos y los mercaderes oportunistas.

Tal como la estructura de panóptico ideada por Jeremy Bentham, una prisión en la que los vigilantes pueden ver a los prisioneros sin que ellos sepan que están siendo vigilados, las tecnologías digitales y redes sociales están modelando el comportamiento presente de las personas, quienes actúan permanentemente como si estuvieran siendo observadas, aunque no lo estén.

Si todo el tiempo estamos preocupados porque la información será recordada más allá de nuestras vidas, ¿seremos aún capaces de expresar nuestros puntos de vista sobre asuntos intrascendentes, de compartir nuestras experiencias, de expresar nuestras opiniones políticas? o ¿preferiremos la autocensura? Uno de los efectos más turbadores de la memoria digital es cómo afecta el comportamiento de los humanos, a quienes les cohíbe su capacidad de ser y de expresarse. Si todas nuestras conductas pasadas, equívocas o no, están siempre presentes en nuestra memoria y la de los demás, ¿cómo podemos liberarnos de ellas para nuestro propio proceso de reflexión y toma de decisiones? ¿Puede el universo digital y su memoria perfecta eliminar nuestra capacidad de perdonarnos a nosotros y los demás?

Olvidar es parte fundamental. Nos permite actuar de forma consciente, sin estar encadenados al pasado. Recordar lo que ya pasó en nuestras vidas y en las de los otros en tiempo real arruina una capacidad humana fundamental: la de vivir y actuar en el momento presente. Como el famoso cuento de Jorge Luis Borges, Funes el Memorioso, done la figura principal, Ireneo Funes, pierde la capacidad de olvido debido a un accidente de caballo. Entonces, por fortuna o desventura, Irineo empieza a acumular de memoria todos los detalles de los clásicos de la literatura, pero es incapaz de ver más allá de las palabras y de los datos. Si tenemos una memoria perfecta, nos enseña Borges, se pierde la capacidad de generalizar y de abstraer, cayendo en la trampa de permanecer perdido en el pasado.

Frecuentemente, las sociedades brindan oportunidades a quienes han fallado para que puedan reconstruirse. Se permite que las personas establezcan nuevas relaciones afectivas, si las que tenían antes no los hacían felices. En términos de negocios, las quiebras económicas se olvidan a medida que pasa el tiempo. Incluso en ciertas instancias, algunos crímenes son eliminados de los registros después de un tiempo establecido. Así es como las sociedades avanzan, aceptando que los seres humanos evolucionan y cambian a través del tiempo y tienen la capacidad de aprender de sus experiencias pasadas y de modificar su comportamiento.

Si el mundo digital arrebata la posibilidad del olvido y amenaza la capacidad de los individuos de aprender, de razonar y de actuar a tiempo, ¿qué podemos hacer en este mundo hiperdigitalizado para revivir esa capacidad tan necesaria? Viktor Mayer-Schonberger, profesor de Oxford y autor del libro Delete (2009) (Borrar), propone como una primera instancia reconocer y ser conscientes de que con el paso del tiempo los seres humanos cambian, las ideas evolucionan y los puntos de vista se ajustan. El autor también plantea la reintroducción del concepto de olvido en las redes digitales con fechas de expiración para ciertos contenidos. Eso implica dejar de mantener la información indefinidamente al alcance de todo el mundo e integrar prácticas para que puedan borrarse o limitar el acceso después de cierta cantidad de tiempo. Por último, recordar que si las acciones de los seres humanos nunca son olvidadas no hay necesidad alguna de que las personas se esfuercen en cambiar, en corregir sus conductas para ser mejores. Si las representaciones de los individuos se reducen a lo que los otros ven y perciben en fragmentos digitales y amenazan constantemente con sacar alguna de nuestras vergüenzas, será imposible escapar. Viviremos presos de los errores del pasado ◘

*Profesora- PhD en Mass Communication-Political Science, University of Wisconsin-Madison. Investigo sobre medios, emociones y política.

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