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  • Los mundos pararelos nos han atraído siempre, por eso también leemos y vemos películas. Ilustración: Elena Ospina.
    Los mundos pararelos nos han atraído siempre, por eso también leemos y vemos películas. Ilustración: Elena Ospina.

Esa obsesión por ser otros

Habitar mundos donde los límites de la realidad son los de la imaginación ha sido una obsesión humana. La literatura o esos “metaversos” por los que ya hemos volado.

Perla Toro Castaño | Publicado el 05 de junio de 2022

Debajo del escritorio en el que trabajo hay un monstruo llamado metaverso. Me asusta, pero como ocurre en una buena parte de las fascinaciones tormentosas, lo quiero ver. Pienso en él y en la distopía de ciudades acabadas en las que no encuentro nada para hacer. Lo imagino como una posibilidad de socializar en un mundo que se destruye a pedazos. Vuelo entre pixeles para conectarme con mis amigos. Me pongo unas gafas que me permiten ser alguien. Soy parte de ese lugar en el que participo.

¿Por qué le temo al metaverso con la misma pasión que lo deseo? La respuesta está escondida en el cine y en la literatura, esas ficciones humanas sin las cuales no podríamos vivir, que desde antes de que Mark Zuckerberg pusiera la palabra de moda, en octubre de 2021, ya nos habían permitido viajar por realidades paralelas, mundos que se parecen entre sí, a pesar de ser diferentes, futuros de un planeta destruido y una nueva realidad que se levanta para decirnos: “Ustedes, humanos, pueden seguir existiendo”. Una esperanza aberrante.

La palabra metaverso apareció por primera vez en 1992, es decir que ya tiene 30 años, en la novela Snow Crash, del escritor Neal Stephenson. En el libro, las personas usan avatares digitales de sí mismas para conectarse con una realidad virtual paralela que les permite hacer cosas diferentes, tener objetos de lujo y ser muchas cosas a la vez, una forma de escapar de una realidad física indeseable, sombría, con una economía global derrumbada y gobiernos que han perdido su poder ante grandes corporaciones tecnológicas. ¿Algo parecido a la realidad?

Son tantas las similitudes entre el mundo de ficción que Stephenson proponía en su libro, con el mundo que parece del futuro, pero que ya habitamos, que cuando Zuckerberg cambió el nombre de Facebook a Meta, el mismo autor escribió en su cuenta de Twitter: “Dado que parece haber una confusión cada vez mayor sobre esto, no tengo nada que ver con lo que Facebook está haciendo en relación con el metaverso, aparte del hecho obvio de que están usando un término que acuñé en Snow Crash. No he tenido comunicación con la empresa ni ninguna relación comercial”.

El universo de Stephenson —quien además de escritor e historiador, es lo que podría denominarse un creador de futuros: cimienta nuevos y convincentes mundos para que científicos e ingenieros los construyan en escenarios como videojuegos— no es la única realidad paralela con la que ya nos hemos conectado gracias a las palabras e imágenes que nos regalan la literatura y el cine. Aunque estrictamente no se han nombrado como “metaversos”, ya hemos navegado por Ciberespacio, Oasis, Pandora, Multiverso y Matrix, por mencionar algunos. Es decir que, la actual idea de futuro que Zuckerberg popularizó no es más que una sumatoria de chispazos que pasaron por la mente de algún creador en el pasado. El tiempo es un ladrón.

Es importante comprender que un “metaverso” es una realidad virtual paralela a la que nos conectamos, es decir, que depende de otra realidad: la que vivimos a diario. Por lo tanto, no debe confundirse con otras clases de mundos que nos propone la ficción como son los casos de nuevos planetas, viajes interestelares, mundos habitados en compañía de robots y androides, o nuevas galaxias.

¿Qué tienen en común esos otros “metaversos” con los cuales nuestra imaginación ya se ha conectado? De las siguientes historias, los invito a que sean ustedes quienes, en principio, saquen sus propias conclusiones, pues no resulta gratuito que esta palabra se haya popularizado justo en medio de una pandemia.

Aunque el ciberespacio fue nombrado por primera vez en el relato Quemando Cromo, de William F. Gibson, la palabra se hizo popular en el libro Neuromante, publicado en 1984 por el mismo autor. La novela cuenta la historia de Henry Dorsett Case, un cibervaquero (un hacker para ser más exactos) desempleado, con tendencias suicidas y ladrón de datos, que habita un mundo invadido por microprocesadores, un futuro distante repleto de desigualdades y de megacorporaciones que conforman o derrocan gobiernos, una megalópolis hacinada en la que las drogas de diseño, las bandas y los traficantes son parte de un universo decrépito. ¿La alternativa a este mundo? El Ciberespacio, al cual las personas se conectan mediante electrodos fijados en su frente, directo a la mente sin necesidad de emplear los ojos o algún dispositivo. Un mundo donde los datos son riqueza.

Hay quienes afirman que Neuromante fue la novela que inspiró la famosa saga de películas The Matrix, estrenada en 1999 por Lilly y Lana Wachowski. Otros sostienen que las hermanas se basaron en el trabajo del filósofo francés Jean Baudrillard, Simulacro y simulación; pero lo cierto del caso es que la distopía se repite: un mundo del cual no puede escaparse, dominado por inteligencias artificiales en el que las personas viven engañadas. Aunque las Wachowski ofrecieron esperanza, “la promesa de un mundo verdadero natural desconectado y separado de la matriz”, las cintas abordan narrativamente la vida de Neo, un hacker convocado por un movimiento de resistencia, liderado por Morfeo, que lucha contra la dominación de las máquinas sobre los seres humanos. En el universo de la matriz las personas viven atrapadas, como esclavas, en un programa de ordenador.

Por su parte, a Oasis se llega, como bien lo indica su protagonista, Wade Owen Watts, “no por lo que puedes hacer, sino por lo que puedes ser”. ¿Qué pasa en el mundo real que está por fuera de Oasis (Ontologically Anthropocentric Sensory Immersive Simulation)? Ready Player One, película estrenada en 2018, dirigida por Steven Spielberg y basada en una novela que lleva su mismo nombre, escrita por Ernest Cline, está narrada en 2045 en un mundo real cada vez más sombrío, sobrepoblado y desigual, controlado por una corporación tecnológica. Las personas pueden conectarse con Oasis, “el único sitio que me hace sentir que significo algo”, como lo describe Wade, “un mundo donde los límites de la realidad son los de tu propia imaginación”.

Son muchos más los ejemplos, incluso, si sumáramos los videjuegos, podríamos seguir reafirmando que el metaverso es un lugar que ya hemos habitado. Lo cierto del caso es que a todas las realidades paralelas que ya existen y que se nos parecen llegamos para salvarnos, al menos desde la ciencia ficción, de una realidad que no queremos vivir. Es la obsesión de ser y de seguir siendo a pesar de lo que somos.

El mismo Gibson, en una entrevista que le realizaron para preguntarle en qué se había inspirado para crear el ciberespacio, cuenta que mientras caminaba por Vancouver, en Canadá, vio a un grupo de niños jugando videojuegos, inmersos en lo que parecía otro mundo. “Me pareció que querían estar adentro de los juegos, dentro del espacio nocional de la máquina. El mundo real había desaparecido para ellos, había perdido toda importancia. Estaban en ese espacio nocional y la máquina enfrente de ellos se había convertido en el nuevo mundo feliz”.

Conocer estos otros mundos del pasado, venidos al presente en forma de futuro, es un punto de partida que nos regala la ciencia ficción para hacernos preguntas trascendentales que conviertan la distopía de los “metaversos”, si bien no en utopías, sí en mundos posibles en los que, mediante una realidad simulada, creemos nuevas posibilidades y empleos, conozcamos el mundo, nos podamos divertir, educar y transportar, y expandir nuestra imaginación.

Las preguntas frente a los niveles éticos de la cibervida, la protección de nuestros datos, el rol de los gobiernos y de las corporaciones, y las crisis de identidad, que sabemos que a muchos se nos han pasado por la cabeza, requieren de respuestas fundamentales y urgentes que nos permitan, de una vez por todas, sacar de debajo de la cama ese monstruo al que le tememos, pero queremos ver. Ese monstruo llamado metaverso ◘

* Periodista - Magíster en Estudios Socioespaciales. Aprendiz de la lectura, la escritura, la cocina y el baile. Hoy en Comfama, contando las historias de la posibilidad.

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