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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • De izq. a der. Mark Zuckerberg, fundador de Meta, Jeff Bezos, fundador de Amazon, Bill Gates, fundador de Microsoft y Elon Musk, fundador de SpaceX. Fotos: Getty.
    De izq. a der. Mark Zuckerberg, fundador de Meta, Jeff Bezos, fundador de Amazon, Bill Gates, fundador de Microsoft y Elon Musk, fundador de SpaceX. Fotos: Getty.

¿Por qué el poder ya no está en los países?

Estamos en manos de un puñado de multimillonarios que están convencidos de que pueden cambiar el mundo a su antojo. El control de nuevas tecnologías y el peso de sus fortunas reacomodan el tablero del poder mundial.

lina maría múnera* | Publicado

Lejos de teorías conspirativas que hablan de agendas secretas y planes perversos, cualquier observador entiende que los protagonistas de la geopolítica están cambiando y que el nuevo orden mundial es muy distinto al que hemos estado acostumbrados. La cierto es que estamos a merced de un puñado de multimillonarios que están convencidos de que pueden salvar a la humanidad y deciden por nosotros.

Los gigantes de la tecnología –léase Bill Gates, Jeff Bezos, Elon Musk o Mark Zuckerberg–han conseguido influir en el mundo y ejercer su poder sin que nadie los haya elegido. Guiados por su propia convicción se sienten ungidos para resolver todo tipo de problemas, desde la pobreza mundial hasta la forma como nos relacionamos, pasando por políticas públicas en educación y salud. Intentan tomar el control de todas las decisiones como lo hacen en sus propias empresas, interfiriendo con ello en la dinámica de las democracias.

Sus avances en Inteligencia Artificial, satélites o viajes al espacio están provocando un cambio en el equilibrio de los poderes globales y la fuerza de sus acciones cada vez tiene más peso. Calificar si lo hacen bien o mal depende de los intereses que se defiendan.

La guerra en Ucrania permitió en sus inicios medir este impacto. La intervención de Elon Musk y su compañía Starlink fue determinante porque les dio capacidad de comunicación a los ucranianos en el frente de batalla. Pero tiempo después ordenó un bloqueo satelital que impidió un ataque ucraniano con drones a flotillas rusas en el Mar Negro, algo que a juicio de Musk habría podido generar la Tercera Guerra Mundial.

Otra de las formas que demuestran que estamos en manos de unos cuantos es la carrera espacial. Bezos, Musk y Richard Branson, el millonario dueño de Virgin, se han unido a ese negocio que busca comercializar viajes fuera de nuestro planeta. De ese modo llenan el enorme vacío que han dejado los gobiernos al recortar el financiamiento de las misiones espaciales y plantean un desafío grande a los gigantes de la industria. Nombres como SpaceX y Blue Origin se están convirtiendo en parte de la cada vez más lucrativa carrera espacial militar, en la que Estados Unidos desea contrarrestar las ambiciones de China y Rusia. Starlink ha lanzado casi 70 cohetes y ha obtenido contratos con la NASA, la Fuerza Aérea de Estados Unidos y la agencia espacial argentina para colocar satélites en órbita y ayudar a reabastecer la Estación Espacial Internacional.

El caso de Bill Gates va por otros derroteros. Su fundación, cuyo presupuesto es de 67.000 millones de euros, está comprometida con todos los objetivos de la Agenda 2030, y con su dinero se permite influir en la salud pública, la educación y las metas sociales y medioambientales. Pero no siempre obtiene los mejores resultados, como cuenta Tim Schwab en su reciente libro El problema de Bill Gates. Según su investigación, el filántropo ha doblegado la voluntad de gobiernos, empresarios, rectores universitarios y editores de grandes medios. Y ya se empiezan a oír voces que le piden que no intervenga más, especialmente en algunas zonas del África donde sus planes tecnológicos para la agricultura están causando más daños que beneficios.

“Bill Gates está tratando de controlar la agenda global igual que controlaba Microsoft”, asegura Schwab, que también alerta sobre los peligros de dejar el futuro de sectores económicos enteros, de países en desarrollo y de ramas cruciales de investigación científica y tecnológica en manos de magnates que hacen crecer su fortuna a tal velocidad que pueden competir con los poderes públicos de las grandes potencias.

Hasta hace muy poco el mundo estaba dominado por dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, y alrededor de ellas gravitaban el resto de países según se alinearan. Cayó el Muro de Berlín, tras él colapsó la Unión Soviética y los estadounidenses disfrutaron de un tiempo hegemónico. Pero desde hace más o menos 15 años las cosas cambiaron y la idea de que había líderes globales se ha ido diluyendo. Ya no tenemos un solo orden mundial sino una interdependencia de poderes que se mueven por alianzas. China y Estados Unidos saben que el equilibrio del uno depende del otro. Por eso cuidan sus gestos.

Y en este panorama aparece un novedoso orden que es el digital. Aquí los que dominan y fijan las reglas no son los gobiernos sino las compañías tecnológicas. Poco a poco han ido calando en prácticamente todas las actividades que desarrollamos. El orden digital se ha vuelto un componente crucial para definir la forma como vivimos, lo que creemos, lo que queremos y lo que vamos a hacer para obtenerlo.

Recordemos que fueron las compañías tecnológicas las que decidieron si Donald Trump podía hablar sin filtros y en directo a cientos de millones de personas. Fue a través de las redes, con su capacidad para esparcir teorías conspiratorias, que se pudieron coordinar actos impensables como la insurrección del 6 de enero contra el Capitolio en Washington D.C. o las protestas del 8 de enero en el Brasil durante el asalto al Congreso por parte de seguidores de Jair Bolsonaro. Ningún movimiento grande se desarrolla ahora sin que tenga que ver con el mundo digital.

Cuenta Walter Isaacson, biógrafo de Musk, que días después de que la junta directiva de Twitter aprobara el acuerdo de compra, por parte del magnate sudafricano, de la antigua red del pajarito azul, Musk les dijo a sus cuatro hijos adolescentes que la había comprado para influir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. “¿De qué otra manera vamos a lograr que Trump sea elegido en 2024?”, dijo. Era una broma, según cuenta Isaacson, para tratar de explicarles las razones que tuvo para comprar esa aplicación que ellos rara vez usaban.

Pero, ¿qué es lo que tienen en común figuras como Gates, Musk o Bezos? El convencimiento de que pueden cambiar el mundo a su antojo de acuerdo con sus valores. Ahí es cuando saltan las alarmas. Porque no estamos hablando de decisiones tomadas por grupos que representan a las mayorías, sino por individuos con una concentración de dinero tan excesiva -algunos dirían obscena- que pueden imponer su criterio y erigirse en líderes absolutistas.

Steve Jobs dijo una vez que las personas que están lo bastante locas como para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo hacen. Eso es lo que quisiéramos creer, pero nunca tal concentración de poder ha sido buena. Es necesario que los gobiernos consigan reglamentar las compañías digitales, pero aunque se ven avances en este campo, especialmente en Europa, están quedados y van a rastras de los nuevos avances tecnológicos.

El caso de la Inteligencia Artificial, que no nos da tregua imaginando lo mejor y lo peor que puede salir de ella, es prueba de ese rezago por parte de políticos y legisladores. Hay que reconocer que la mayoría de países no tiene dinero ni conocimientos para competir y el acceso a todos estos avances va a depender de las relaciones que se establezcan con un grupo pequeño de compañías y con estados poderosos que sí tienen cómo. Expertos en IA como Ian Bremmer y Mustafa Suleyman consideran que en los próximos años serán los tecnólogos, y no los políticos, quienes ejerzan la autoridad sobre una Inteligencia Artificial que podría llegar a alterar profundamente tanto el poder de los estados nación como su forma de relacionarse. Es obvio que las compañías tecnológicas no son soberanas de la manera tradicional como entendemos ese concepto, pero ejercen un poder absoluto y real en los espacios digitales que han creado y que gobiernan de hecho.

El mundo que se abre ante nosotros es tan dramáticamente distinto a lo que hemos conocido que no es momento de dejarse arrastrar de manera pasiva. No es sano que avances tan importantes dependan de la voluntad de un puñado de personas, pues lo acepten o no, ellos son agentes geopolíticos del mundo. Y no regular la Inteligencia Artificial desde ya no sólo planteará riesgos inaceptables para la estabilidad mundial, sino que será contraria a los intereses nacionales de cada país.

Y luego están las contradicciones, tan inherentes al ser humano. Multimillonarios como Bill Gates, Elon Musk, Michael Bloomberg y Jeff Bezos, de una manera u otra, tienen un papel activo en la lucha contra la crisis climática e invierten mucho dinero para frenar el calentamiento global. Sin embargo, sus negocios y sus fortunas los introducen en ese 1% de la población que emite más del doble de carbono que la mitad más pobre de la humanidad. Ese 1% que es el principal responsable de la raíz del problema: un sistema de consumo masivo que contribuye a la degradación del planeta y una sociedad que produce cada vez mayores emisiones.

Este nuevo modelo de ejercer el poder puede ser peligroso porque se salta grandes conquistas que hemos alcanzado en términos de democracia. Además, desorganiza el juego de pesos y contrapesos que permitían un cierto equilibrio. Sabemos que la distancia entre ese privilegiado 1% de la población y el 99% restante se amplía cada vez más. Ojalá no estemos abocados a perder libertad e independencia a causa de las billeteras ilimitadas de unos pocos.

*Periodista. Escribe columnas en El Colombiano.

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