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  • El 24 de octubre Fernando Vallejo cumple 80 años y no ha habido celebraciones. Foto Archivo
    El 24 de octubre Fernando Vallejo cumple 80 años y no ha habido celebraciones. Foto Archivo

¿Quién le teme a Vallejo que no lo celebran?

Una pregunta desde su cumpleaños 80: por qué no hay celebraciones de ningún tipo por su aniversario. ¿Hay miedo a festejarlo, a hablar de él? ¿No se sabe cómo abordarlo, dada la incomodidad que produce?

Juan de Frono | Publicado el 02 de octubre de 2022

comienzos del siglo XXI, y durante casi toda la primera década, fue común escuchar una discusión en las facultades de literatura del país, en las revistas culturales, en ferias de libros, congresos, y en las conversaciones de lectoras y lectores: ¿Gabriel García Márquez o Fernando Vallejo? ¿El río del tiempo o Cien años de soledad? ¿Cuál de los dos es mejor escritor? ¿Quién es el autor nacional, el dios de la literatura colombiana de finales del XX?

Este tipo de discusiones parecen absurdas ahora, cuando el restablecimiento de otros nombres, principalmente de escritoras, y la recuperación de obras invisibilizadas en su momento, ha puesto un nuevo orden al canon, abriéndolo. La misma idea de canon es insuficiente: ¿hay un solo canon?, ¿por qué un canon?, ¿qué sentido tiene?, ¿es posible hablar de jerarquía en asuntos de arte, como ya lo recordó en los años setenta del siglo pasado Susan Sontag en su emblemático libro Contra la interpretación?

La competición, la búsqueda del número uno, parece ser un asunto patriarcal, ya muchas personas han subrayado esto. Por fortuna, nuestro presente busca observaciones más flexibles y abiertas, más múltiples, en diferentes direcciones, más ricas y menos rígidas. Porque el canon es un paisaje cerrado, nace de la idea de un ganador, de un podio. De ahí que no sea extraño que en tiempos de cánones, los muchos vividos hasta hace poco, se hayan visto en segundo lugar y en la oscuridad infinidad de artistas y libros.

Todo esto viene a cuento porque el próximo veinticuatro de octubre Fernando Vallejo cumplirá ochenta años, y el propósito inicial de este texto era hablar en contra de su ciudad, Medellín, que tan dada a la celebración y el homenaje no ha hecho nada para recordar a su escritor vivo más sobresaliente, como muchas personas lo creen. Por ejemplo, hace un mes concluyó la Fiesta del Libro y la Cultura, y no hubo ni un solo evento que recordara esto, entre las casi tres mil actividades programadas. Si se habla de Colombia también, porque la medalla del mejor escritor vivo vale para el país. Aunque nada se ha dicho.

En realidad, ¿es Fernando Vallejo el mejor escritor vivo de Colombia? Como ya se mencionó, eso no importa. Sin embargo, hay algo indiscutible: este hombre ha creado una de las obras literarias más bellas y fascinantes de la lengua castellana, y ha captado la esencia de Medellín desde sus propios años de infancia, a mediados del siglo XX, hasta el presente. El río del tiempo, la reunión de sus cinco primeras novelas, más libros como La virgen de los sicarios o El desbarrancadero, son un retrato único de la ciudad y el ser paisa, en sus claves de furia y odios.

¿Será este tema, su estilo, el origen del silencio institucional por sus ochenta años? ¿O será el Fernando Vallejo público, ese que ha escrito columnas y discursos y ha dado sus polémicas opiniones en fiestas de libros en los últimos veinte años, siempre recordando los odios y el mismo lenguaje de sus personajes de ficción? ¿O será el aire de cancelaciones que estamos viviendo? ¿Le temen a ese “personaje”? ¿Al escritor y sus posibles reacciones? ¿Quién le teme? ¿Quiénes? ¿Por qué?

En las ficciones de Fernando Vallejo siempre hay un protagonista narrador que insulta, insulta y no se cansa de insultar: a la madre, a Colombia, a la familia, a Medellín, a la iglesia, a las mujeres, a los políticos, a los pobres. No solo insulta, también desea males, y la muerte. Pero esto solo es posible en el pacto de la lectura, algo que olvidan quienes leen por fuera de ese pacto literario. Esto no impide, como ya se sabe, que las obras de ficción digan verdades sobre una sociedad, incluso llenas de odio, a veces mucho más así.

Cynthia Ozick escribió en su ensayo “Retrato del artista como mala persona”: “Los buenos ciudadanos son buenos... porque son accesibles a la corrección; están interesados en mejorarse a sí mismos. Los escritores de ficción tienen un programa diferente para su ego: en lugar de pulirlo para las relaciones públicas, lo ponen al servicio del éxtasis, el éxtasis del lenguaje y del drama, y también el éxtasis del engaño”. Es este éxtasis del engaño el que se sale de los libros de Vallejo y toma desprevenidas a muchas personas, sintiéndose retratadas, doblemente reflejadas. ¿Será ese reflejo, demasiado crudo e hiperbólico, el que molesta y no permite celebrar al escritor?

¿Es necesario celebrar a un artista? En el caso de escritoras y escritores, es una obviedad, y casi una cursilería, decir que la lectura es la mayor celebración, tener cada vez más personas interesadas en sus obras. Pero hay otro tipo de celebraciones, unas necesarias y justas, las que son ideadas o no por una persona que lee con pasión en un cuarto hasta la media noche o en el viaje matutino en metro: las oficiales, esas que generan sospechas y un porcentaje de artistas, no muy grande, desprecia.

Las celebraciones oficiales son necesarias y justas por una razón simple: recuerdan que alguien amplía nuestro mundo con su arte, y es bueno decirlo con megáfono, para que más gente lo sepa. También son innecesarias e injustas: lo primero porque no suman o restan a la calidad de una obra, y lo segundo, porque siempre quedarán artistas sin su celebración, bajo el señalamiento de ¿quién sí o quién no, por qué esta y no aquel? Además, no se debe olvidar una realidad: si los homenajes provienen de entidades públicas, obedecerán al gusto, las filiaciones, el conocimiento o desconocimiento, de quienes los planeen, y si nacen de instituciones o empresas privadas también, más otras razones.

Supongamos que Fernando Vallejo merece un homenaje oficial de su ciudad, de su país. Supongamos que Medellín celebrara su literatura a propósito de sus ochenta años. Supongamos que el Metro, una entidad afecta a las buenas costumbres y las apariencias, tan contraria al genial desastre verbal de las novelas de Vallejo, le dedicara uno de sus vagones temáticos. Supongamos que sea posible subirse en él para encontrar fragmentos llenos de rabia, los más sorprendentes de sus libros, siempre escritos en una prosa inmejorable.

Supongamos que nada de lo dicho aquí importa y que una manera de hablar de este escritor, de su valor, de la incomodidad de su literatura, es el silencio. No saber qué hacer con su obra es un mensaje, porque no saber qué hacer con algo (un dolor, por ejemplo) habla de los efectos, la importancia de ese algo. Haya celebraciones o no, los libros de Fernando Vallejo continuarán ahí, a la espera, artefactos de poesía y locura. Y “es a través de la locura de los poetas que una sociedad respira”, dijo alguna vez Paulo Leminski.

*Periodista y poeta. Autor de El coro blanco y Hoja de furias.

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