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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Ilustración de Laura Ospina
    Ilustración de Laura Ospina

Desde la ruralidad: recuerdos de una infancia en movimiento

El desarraigo es separar a alguien de un lugar donde se ha criado. Es no saber de dónde se es, no tener amigos de infancia. Este es un recuerdo así: crecer en el camino.

Daniel Rivera Marín | Publicado

Tenía 3 años cuando tuvimos que dejar Aguadas, Caldas, el lugar donde nací una mañana fría de 1986. Llegamos a la finca de mi abuelo materno en Belén de Umbría, Risaralda —no piensen en lujos, era puro trabajo campesino: sembrar en una tierra inclinada—. Mi papá lo había perdido todo por alcohólico, había trabajado como funcionario en la Central Hidroeléctrica de Caldas, pero cayó en una ruina estrepitosa de la que nunca volvió. En su infancia fue tan pobre como los perros: él y sus hermanos solo tenían dos pantalones y dos camisas, duraban con la misma ropa tres o cuatro días. De esos pocos meses en la finca de mi abuelo hay una foto en la que se lo ve lavando una marranera. Sonríe, ¿estará feliz? ¿Intuiría que todo luego sería descender? ¿Cuándo sabemos que la vida nos ha llevado por los cuernos hasta arrastrarnos al sino de la desventura? En 1990 nos fuimos a vivir a Envigado, con un poco de dinero papá compró un montallantas y contrató a un ayudante. Una noche de sábado mataron al ayudante porque había sido un traidor del cartel de Pablo Escobar; a papá le dispararon por la espalda y mi madre lo salvó cuando lo iban a rematar en el suelo. Esto ya lo he escrito, pero lo repito: mamá se lanzó sobre el sicario, lo golpeó en la cabeza con un teléfono, le dio una muenda de antología. Dos días después a mamá la estaban buscando para matarla. Madre: la diosa de mi guerra, la diosa de todas las guerras, la mujer que tomó mi vida con sus manos y la destrozó para convertirme en esto. Huimos de nuevo. Nos montamos en un camión con lo que teníamos, éramos el camionero, mamá y yo —con cuatro o cinco años—. Mamá se bajó en algún paraje de la carretera y vi sus calzones teñidos de sangre. La guerrera menstruaba a chorros. Nunca vi a una mujer como menos que un hombre: las vi fieras, capaces, asesinas. Por Dios: ¿cómo podría? Si soy condescendiente, lo soy con todos; si soy malo, lo soy por partes iguales; si me envilezco, lo hago en contra de hombre, mujer o animal sin género. Llegamos a Armenia a vivir en la casa de una tía cuyo marido la golpeaba con el revés de la mano; papá llegó días después con una herida en la espalda, los puntos se le cerraron formando una pequeña cruz, así quedó el rastro de la bala. Fueron años complicados. Papá empezó a trabajar en una bomba de gasolina, tenía turnos de diez horas y mamá lo celaba silenciosa y amargamente. Dos años después regresamos a Medellín a vivir muy cerca del barrio Antioquia, en una casa de tres pisos con una tía y su hija —Kathy, que sería siempre como una hermana—; hubo años de tumulto en el que llegaban otros familiares de mi madre con sus hijos, nos acomodábamos como podíamos. Un tío vicioso, hermano de mi padre, que orinaba en los lavamanos exponiendo su vergüenza blanca, también llegó. Fue una infancia feliz, pero difícil. Papá trabajaba en una bomba de gasolina en Campo Valdés, tenía que atravesar media ciudad para llegar a la casa, y lo atracaron varias veces, siempre violento, siempre intimidante. Aunque éramos pobres, mamá se inventaba maneras de pasar de largo. Los niños no creen que viven en una condición específica, sus ojos son la medida de todas las cosas. Para mí, entonces, lo que vivíamos era la vida, no existía más posibilidad que eso que teníamos entre las manos. Pasaron tres años y medio, papá nos abandonó, se fue una noche dejando una carta y un poco de dinero. Lo dejé de ver durante meses. Hubo lágrimas en mi cara en esa noche de hace 27 años. Con mamá pasamos tiempos difíciles: ¿Qué comeremos? Arepa. ¿Qué almorzamos? Frisoles con arroz. ¿Hay galletas? No hay galletas, solo aguapanela. Vivimos de arrimados en la casa de un tío rico y mis primos escondían los cereales para que yo no los comiera. Mis padres se reconciliaron, fue horroroso. Regresamos a Armenia, vivimos dos años en una casa enterrada en el piso: un hueco en obra negra. Papá había vuelto a los montallantas y yo le ayudaba en las mañanas antes de irme al colegio, estaba en octavo de bachillerato y escuchaba heavy metal como un monje. Así pasamos dos años y yo solo tomé el camino de regreso a Medellín... viví arrimado donde una tía generosa, clase media, que tenía dos hijos a los que adoro como a un dios pequeño. Junto a ellos viví las primeras borracheras, el cigarrillo, las fiestas, el rap, el reguetón, el primer ardor sexual. Papá y mamá no tenían mucho dinero para mandarme, así que yo sobrevivía gracias al amor de esa tía. Ella también fue el ejemplo de una mujer fiera, capaz, absoluta, combativa. La recuerdo fumando en las noches, pegada de los rubios como si ahí estuviera la vida en caladas. Hubo más viajes, nunca tuve un lugar. Las razones ya las ven: la violencia, la pobreza, las puertas cerradas. Las consecuencias son evidentes: no sé de dónde soy —ahora no me interesa, pero hubo años en que pesó como una catedral—, no tengo amigos de la infancia a los cuales acudir para traer del fondo algún recuerdo, nunca tuvimos casa lecho rincón. No importa. No es un lamento.

Hace algunos días en Twitter dije que no me gusta la literatura de la anécdota, la historia por la historia. Lo dije a manera de comentario a un trino de Carolina Sanín, en el que ella hablaba sobre una entrevista en la que Velia Vidal decía que se necesitan más autores que den a conocer sus regiones. Lo que quería decir era lo mismo que Sanín: la exoticidad no importa, ya fue por mucho tiempo el rasgo de la literatura latinoamericana: los indiecitos y sus papagayos. La región que nutre la literatura está adentro. Y la literatura, además, no es un cuento, no es una historia, son frases. García Márquez no es Macondo: es su mundo interior y el estilo. Punto. Una periodista a la que admiro me respondió al trino diciendo que era extraño que el editor de un periódico señalara la obra de una autora latina, de la “ruralidad colombiana”, como literatura de vitrina porque escribe desde su condición. Preguntó cómo era la narrativa de los periodistas de El Colombiano. ¿Cómo? De vitrina, la historia por la historia. Aquí mi historia desde la ruralidad, el desplazamiento y la pobreza. ¿Les sirve para algo?

*Periodista. Autor del libro Volver para qué. Editor general de El Colombiano.

Si quiere más información:

Daniel Rivera Marín

Editor General Multimedia de EL COLOMBIANO.

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