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  • Las calles de Medellín adquieren otro sentido en las páginas de los libros
  • Las ciudades se habitan y padecen, se gozan y sufren. Cada habitante hace de la ciudad el escenario de las historias que ya están en las líneas de los libros. Fotos: Esneyder Gutiérrez.
    Las ciudades se habitan y padecen, se gozan y sufren. Cada habitante hace de la ciudad el escenario de las historias que ya están en las líneas de los libros. Fotos: Esneyder Gutiérrez.
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Las calles de Medellín adquieren otro sentido en las páginas de los libros

Las ciudades tienen otros mapas, distintos a los de la geografía y los gps. Son los libros que las narran y crean, las retratan y las modifican.

Ángel Castaño Guzmán | Publicado el 04 de septiembre de 2022

Rogelio Echavarría describe la relación de la literatura y la ciudad: “Todas las calles que conozco/son un largo monólogo mío, /llenas de gentes como árboles/batidos por oscura batahola”. El poeta –y la idea se ajusta con igual precisión al cronista, a la narradora, al pintor, a la cineasta– deja constancia en sus textos de los diálogos que su sensibilidad tejió con las calles, las esquinas, los bares, las avenidas, los antros, las discotecas. El mapa literario de una urbe es una mezcla del presente de los autores y sus maneras de mirar el mundo, de recorrerlo. La Medellín de los libros se desprende de las coordenadas concretas y se interna en los terrenos de la imaginación. Sucede lo mismo en todas partes: la París de Rayuela –un mosaico deshecho de amores, jazz y gritos líricos– fue una amalgama de la Ciudad Luz de los cincuenta y las travesías que en ella hizo un argentino alto, delgado, con cara de bebé gigante. Igual ocurre con La Habana de Cuerpos divinos: escrita en el exilio londinense, la ficción reconstruye un itinerario que el tiempo y la Revolución cubana demolieron sin piedad y cuya impronta quedó en la memoria de Cabrera Infante.

El salto del trazado urbano a las páginas le exige al artista tomar el cúmulo de sensaciones –el pito de los carros, los cuerpos apilados en los vagones del metro, la cerveza compartida en las bancas del parque– y convertirlo en oraciones que capturen el instante. El lector recorre un camino inverso: parte de los renglones y las estrofas para encontrar afuera la casa en la que padecieron los personajes, el nudo de vías que fue crucial en la novela, el cafetín en cuyas sillas el poeta acarició la forma del verso. Estos viajes no son simples anzuelos para el turismo: permiten encontrar las semillas de la Medellín actual. Por ejemplo, El Globo –sitio de tertulia y parche de los Panidas– ya cerró sus puertas, pero el pasaje en el que estaba ubicado todavía destila el frenesí mercantil que impulsó la mano de León de Greiff. A pesar del cambio de calendarios, hay lugares que conservan sus rituales y estampas. Las imágenes etílicas reunidas por Joni B. en Parque El Poblado no están lejanas de las que cualquiera puede ver una noche de fin de semana, entre vegetación crecida, montañas de cervezas en lata y luces amarillentas.

En este boceto de mapa ayudaron las memorias de lectura de las escritoras Claudia Ivonne Giraldo, Paloma Pérez. También colaboraron con sus notas el profesor Federico Ayazo y el novelista Reinaldo Spitaletta. Quedan por fuera de los márgenes libros y voces de peso: Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo, Helí Ramírez. También, libros emblemáticos de una época: Muellemente tendida en la llanura, de Rocío Vélez de Piedrahita; y Medellín es así, de Ricardo Aricapa. ¿Qué le vamos a hacer? Borges ya lo enseñó: si un mapa lo incluyera todo, tendría el tamaño de lo representado.



1) Calle Boyacá, al lado de la iglesia de la Candelaria.

Las calles de Medellín adquieren otro sentido en las páginas de los libros

VILLA DE LA CANDELARIA

Vano el motivo

desta prosa:

nada...

Cosas de todo día.

Sucesos

banales.

Gente necia,

local y chata y roma.

Gran tráfico

en el marco de la plaza.

Chismes.

catolicismo.

Y una total inopia en los cerebros...

Cual

si todo

se fincara en la riqueza,

en menjurjes bursátiles

y en un mayor volumen de la panza. (León de Greiff).

Las sombrillas verdes protegen la mercancía. Hay de todo: relojes, cartillas, gafas sin receta, libros leídos o piratas, pomadas para los dolores. Los ladrillos de la Iglesia son un lado del pasaje, el otro está compuesto por comercios de ropa y de zapatos. No hay ninguna placa que marque el sitio del Café de los Panidas. Pasar por este corredor al aire libre es transitar por el poema de León. Los versos tienen la extraña cualidad –cuando son buenos– de iluminar la realidad, de enfocar la mirada de quien camina y lee. De afinar los sentidos y las ideas.

2) Teatro Bolívar (Coltejer), Junín, Parque de Bolívar

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“Pensó en Amanda, en el orgullo posesivo que experimentaba cuando entraban juntos al Teatro Bolívar, al Junín, a cenar en el Hotel Europa, cuando paseaban por el parque de Bolívar o bajaban hasta las vegas del río, donde le enseñaba a tirar al blanco con una pistola comprada a un contertulio en el Regina”. (Lo que nunca se sabrá, María Cristina Restrepo)

El Teatro Bolívar es una mancha de nostalgia: en sus 1.278 butacas muchos medellinenses conocieron el embrujo de la música en vivo o el impacto de los montajes teatrales. Ahora, el Bolívar es apenas una alusión en la conversación de los mayores o el escenario de la ficción. Fundado en 1909 y demolido en 1954, en él se encontraron los personajes de un relato interesado en retratar la Medellín de finales de la década de los treinta. Un poblado que se desperezaba para dejar atrás al campo y asumir plenamente su condición de urbe, de vivienda de millones de almas.

3) La Iglesia Principal de Sabaneta, su parque.

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“Un tumulto llegaba los martes a Sabaneta de todos los barrios y rumbos de Medellín adonde la Virgen a rogar, a pedir, a pedir, a pedir que es lo que mejor saben hacer los pobres amén de parir hijos. Y entre esa romería tumultuosa los muchachos de la barriada, los sicarios. Ya para entonces Sabaneta había dejado de ser un pueblo y se había convertido en un barrio más de Medellín, la ciudad la había alcanzado, se la había tragado; y Colombia, entre tanto, se nos había ido de las manos”. (La Virgen de los sicarios, Fernando Vallejo).

El primer desafío para el recién llegado a la capital antioqueña es el de entender los matices administrativos de los pueblos que forman el área metropolitana. El viajero puede pasar sin percatarse de Sabaneta a Envigado y de Medellín a Bello. En el camino no hay marcas evidentes ni rupturas en el paisaje. Escrita casi por completo en México, la obra novelística de Fernando Vallejo –la más importante del siglo XX antioqueño– habla de las transformaciones del paraíso de la infancia al infierno de la vida adulta. De alguna manera, Vallejo ha reescrito en clave local El paraíso perdido, de John Milton. Y la Sabaneta de La virgen de los sicarios es el pórtico del descenso al abismo de la mano de los niños pistolocos.

4) Parque El Poblado

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Parque El Poblado es una historia sencilla: de amistad y bohemia nocturna. Los personajes del libro son los de cualquier parche que se reúne a hablar de todo y nada, a compartir el peso de la vida. Este libro –y también el parque– es una metáfora del paso del tiempo en cada uno: las músicas y los bares cambian, pero en el fondo se conserva ese impulso adolescente de desafiar la noche en compañía de los amigos. Por supuesto, nadie la vence: a la postre, pasa la factura y nos reduce a escombros. Solo el parque y sus árboles enormes siguen invictos, mudos testigos de una ciudad frenética.

5) Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción de María

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“La sociedad colombiana necesita esta revolución Nadaísta. Destruir un orden es por lo menos tan difícil como crearlo. Aspiramos a desacreditar el ya existente por la imposibilidad de hacer las dos cosas, o sea, la destrucción del orden establecido y la creación de uno nuevo” (Primer manifiesto nadaísta, Gonzalo Arango).

En 1961 –tres años después de la publicación del primer manifiesto– los nadaístas agitaron el cotarro al infiltrarse en la Basílica Metropolitana con la exclusiva intención de recibir la hostia y luego pisarla en el atrio ante los atónitos feligreses. El acto –en la línea de las vanguardias contraculturales– provocó un sismo publicitario en Medellín. El nadaísmo fue cobijado por las élites liberales de Bogotá –sus principales exponentes ingresaron en las nóminas de los grandes periódicos– y se convirtió en otra revolución postergada.

6) Parque Cementerio San Pedro

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“Un cementerio como el de San Pedro, consideras, es un lugar impío. A él han ido a parar miles de hombres asesinados. En los corredores de sus secciones más populares, ondea una suerte de tragedia colectiva, una generación perdida de miles de jóvenes de Medellín, que hace discutible el alto valor que se le asigna al cementerio. Entiendes, sin embargo, que esa estela de voces encerradas en las tapias, así gritaran en el más allá por el dolor padecido en la vida, se escucha cada vez menos hasta convertirse en un susurro inaudible” (Noche de luna llena, Pablo Montoya).

Ni la muerte iguala. En San Pedro hay tumbas enormes, fastuosas. También las hay pequeñas, modestas, kitsch. Los grandes apellidos y los personajes de fuste están cubiertos por mármoles y custodiados por rejas mientras los anónimos y los proletarios yacen en nichos con las letras despintadas. Un mapa de San Pedro sería útil para el visitante: podría llegar pronto a las últimas moradas de Jorge Isaacs, de Efe Gómez, de Luis López de Mesa. Pero, al tiempo, sería una bofetada a la igualdad con la que la muerte cobija a todos. Hacer de un camposanto un museo es una idea inquietante.

7) Aranjuez, calle 94 con 51 b.

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“Hasta ahora que la remiro me doy cuenta de que es tal vez la única imagen donde aparecen juntos y reunidos todos los del combo de la cuadra: era un 31 de octubre, día de Halloween o, como se conoce en mi ciudad, Día de los Brujitos, una fecha esperada con ansias porque, además de los atuendos que nos preparaban en nuestras casas, era día de regalos y dulces que repartían los pillos y malandros, los dueños del barrio y en especial de la cuadra, la banda de Los Priscos”. (La cuadra, Gilmer Mesa).

No hay diferencia entre esta cuadra y la siguiente. Se puede confundir con la anterior. Gilmer Mesa y Alcolyricoz han narrado Aranjuez, han desafiado los lenguajes de la prensa y la policía. Sin ocultar el drama de la delincuencia, La Cuadra pone en cuestión los imaginarios ajenos y relata a partir de las vivencias de los habitantes, de los que padecen y gozan a diario la elevación de las lomas y los sonidos cotidianos de un barrio de clase media. Los vecinos de la calle no saben muy bien por qué a alguien se le ocurre venir a su hogar para tomar fotos y apuntes. Tampoco les importa mucho. A fin de cuentas aprendieron que “la moraleja de vivir aquí, es que pa’ donde mires tienes que subir...”.

8) Salón comunitario contiguo a la parroquia santa Mónica, Buenos Aires.

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BUENOS AIRES, JULIO DE 1986

Nunca serán tan ellos mismos

como en ese concierto de 1986,

nunca serán sus rostros

tan concisos, ni sus manos

tan livianas.

En el cielo

un perro movía la cola

frenéticamente.

Las islas desiertas

en el escenario

eran un camino

entre este mundo

y los precipicios.

La sed era tan larga

como el abrazo del amigo.

Poguearon

en la profundidad lateral,

sudorosos y libres,

hasta que la policía apareció

con sus dientes negros

como la amargura. (Medellín city punk, Jacobo Cardona).

Las referencias son frágiles: un salón comunitario al lado de un templo. En el sitio nadie recuerda el hecho, que el poema tampoco menciona. En 1986, en ese sitio se celebró el primer festival punk de la ciudad. La historia no está escrita en piedra, a lo sumo en la arena de la memoria de los melómanos. Un obrero pinta las paredes, las refacciona. Ni él ni la secretaría del despacho parroquial corroboran el dato. Los versos de Jacobo Cardona serán en breve uno de los pocos vestigios del instante en que los sonidos anarquistas llegaron desde un puerto a una ciudad clavada entre montañas.

9) Torres de Bomboná.

“Caminamos por Girardot hacia las Torres de Bomboná ahorrando camino para que el taxi nos saliera más barato. Me la pasé concretando con Farley Milena lo que me había prometido para que más tarde no se fuera a desconcretar. En la plazuela de San Ignacio se arrimaron a una caja de cartón con cositas y termos y un fogoncito y mientras la viejita las despachaba me puse a mirar la estatua de Santander, amarilla, como con hepatitis. Además el prócer se veía intranquilo y enojado, como si le urgiera bajarse de allá, abandonar el parque e irse de nuevo a la guerra o a un museo o como mínimo a un lugar con techo” (La noche en que fui don Carmelo, David Betancourt).

Torres de Bomboná –con su oferta de teatro, rock, tango, comida– es una isla bohemia en el centro. El lugar de las primeras o las segundas citas. El relato de Betancourt es un recorrido por la noche tras la pista de un trago de aguardiente, de una chica con gustos culturales. La gente se encuentra ahí, cerca al Matacandelas o al Homero Manzi, y comienza a desenvolver la madeja de los planes, de la geografía de Medellín. No muy lejos está el Periodista. Las distancias no se miden en kilómetros, sí en polas y cigarrillos comprados al señor de la tienda. En estas ficciones, el centro es un polo que atrae y expulsa, una promesa teñida de amenaza. Un senderito de amor, lujuria y risa.

Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.

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