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  • Aunque sus primeras novelas podrían denominarse históricas, en esta se aleja, aunque la historia está con él. FOTO colprensa
    Aunque sus primeras novelas podrían denominarse históricas, en esta se aleja, aunque la historia está con él.
    FOTO colprensa
  • “En esta novela todo es mentira y todo es verdad”: Juan Esteban Constaín sobre Cartas Abiertas

“En esta novela todo es mentira y todo es verdad”: Juan Esteban Constaín sobre Cartas Abiertas

El nuevo libro del escritor Juan Esteban Constaín es un juego constante entre lo que pasó y lo que se inventó, las cartas que se envían y las de azar.

Mónica Quintero Restrepo | Publicado el 18 de mayo de 2022

Juan Esteban Constaín iba a escribir una novela sobre los escritores en la Primera Guerra Mundial, pero esa idea terminó en un par de líneas en el primer capítulo de Cartas Abiertas. Sintió que se iba a repetir con otras que ya había escrito en las que la historia es fundamental —como Calcio o El hombre que no fue jueves—, y no porque no lo hubieran hecho feliz, sino porque quería otra cosa: soltarse del borde de la piscina.

—¿Y entonces cómo cambió de tema?

—Un amigo, a principios de 2015, me mandó una noticia de la versión digital de un periódico argentino que contaba la historia de un cartero al que le allanaron la casa, pensando que era un expendio de drogas, y cuando entraron los policías se dieron cuenta de que el tipo no tenía drogas, sino miles de cartas regadas y abiertas: era un cartero. Se lo llevaron preso, le hicieron un juicio y él dio una explicación, una razón bellísima de por qué no entregaba las cartas que le encomendaban, todos remitentes defraudados, y es que él tenía una suegra, gran lectora de Corín Tellado y de ficciones en general, y se había quedado ciega. La pobre suegra desesperada le había pedido al yerno que le leyera cosas, y como no era lector de libros ni tenía plata para comprarlos, no se le ocurrió nada mejor que abrir las cartas y encontrar allí novelas y ficciones, muy buenas historias. Entonces yo dije, con esto tengo todo para escribir.

Juan Esteban hizo una columna en abril de 2015 con esa noticia, al fin de cuentas su amigo se la envió para eso, y muchos lectores empezaron a decirle que ahí había un cuento o una novela, pero él no lo pensó en ese momento, hasta que dándole vueltas se entremezcló con otras ideas, se despidió de los escritores de la Segunda Guerra Mundial y se dedicó a Cartas Abiertas, en la que se demoró seis años, aunque la escribió en los últimos meses, no más de siete.

—¡¿Seis años?!

—Me parece buena la pregunta con sorpresa, porque siempre escribo rápido, y cuando ya tenía la historia en la cabeza la escribí en seis, siete meses. En este caso fue distinto, empecé a escribir en 2015, llegué hasta el tercer capítulo, y yo le leo todo a mi esposa y ella sintió que había una cuerda desafinada, y cuando eso pasa y uno no encuentra salida, lo mejor es meter el texto en un balde con agua para que se le vayan soltando las palabras que le sobran. Estaba en esas y se me atravesó el libro de Álvaro Gómez, y ahí me demoré más tiempo, y se me atravesaron otras cosas. Yo tenía en salmuera estos capítulos y estas ideas de la novela y siempre volvía y no estaba seguro de si iba a funcionar. Creo que uno es muy inseguro, la verdad. Es como debe ser, lo otro me parecería terrible. Ahora, uno es entusiasta de lo propio, sino no podría escribirlo, pero es inseguro. Volví hace un par de años, lo retomé y ahí si cogió altura de crucero, y se fue.

—De hecho la novela es rápida, con oraciones largas, un ritmo muy pensado.

—Sí escribo rápido. La demora no fue en la escritura sino en la organización, porque sí tienes razón, cuando yo estoy sentado fluyen muy bien y me gusta ese ritmo porque al final los textos son música, hay una prosodia, que es lo que usualmente se llama la voz o el estilo de los autores, y en mi caso sí le pongo metrónomo a los textos para que lleven un ritmo que es el que me gusta a mí y que es el que quiero que suene y le suene al lector.

***

En Cartas Abiertas hay un juego con el azar, con el destino, con el nombre de las cartas que se envían y las que se juegan, y en esa confluencia se van armando las historias y los personajes. Hay también una mezcla entre la realidad y la ficción, con momentos en los que hay que parar y decir ¿esto será verdad? Al inicio hay un buen ejemplo: una noticia de periódicos en Colombia y en Holanda sobre la firma de la paz de una guerra que no fue, entre el Estado Soberano de Boyacá y Bélgica.

—Me dijo que en este juego de naipes (que es el libro), el destino se inventa...

—Creo que hay un buen comienzo y es, como siempre, la etimología, porque pensamos en la invención como lo que uno crea, pero el verbo latino invenire, que es la raíz de la palabra inventar igual quiere decir descubrimiento. Cuando uno inventa no solo crea, también descubre algo que ya existe, y ese es el sentido fascinante de la creación como algo nuevo y de la invención que uno saca de lo que ya estaba allí dado. En esta novela tiene que ver con esa posibilidad de que la vida sea un acto de fe y una ficción, y el protagonista se dedica básicamente a explotar las posibilidades que le regala el mundo como un acto de fe y como una ficción, que en su caso está presente en las cartas entendidas en los dos sentidos de la expresión, las de papel que se mandaba la gente, y los naipes que son el símbolo de la representación máxima del azar y del destino, porque el azar y el destino suelen ser la misma cosa, por lo menos dos caras de la misma moneda que uno tira al aire.

—¿Le gustan mucho las cartas?

—No soy jugador pero mi nona, mi abuela italiana, era una tahúr, le fascinaban los naipes y trató de iniciarme en ese ritual, pero no aprendí nunca. Sí me parece un vicio muy elegante y muy poético eso de confiar la suerte en unas cartas que además por su nombre en español sí me permitían jugar con la ambigüedad de las cartas que abre Marcelino y los naipes que le han dado su fortuna. Cuando ya supe que la novela iba a ser sobre ese mundo de las cartas de papel y la civilización epistolar, necesitaba que el protagonista fuera un tahúr avezado y exitoso y que su fortuna surgiera de ese talento para manipular el azar con los juegos de azar.

—También las cartas escritas le gustan

—Son un mundo que me fascina en todos sus niveles. Uno de los géneros literarios más aleccionadores y fértiles e interesantes es el de los epistolarios de los escritores. Soy un lector casi obsesivo de epistolarios en general y de epistolarios de escritores, y mandé cartas cuando había la posibilidad. Es un mundo que me ha seducido por eso, porque es una civilización que se acabó, pero la historia de la humanidad transcurrió casi toda a través de cartas. Uno diría que desde Esumer y desde Asiria, y son una de las fuentes principales para entender la sensibilidad y la historia de la humanidad. A mí me tocó el último fulgor de esa civilización epistolar y siempre que abro una carta ajena encuentro pedazos de una vida que da para una novela, que eso es lo otro que me interesa mucho de las cartas, que la gente antes para escribirlas necesitaba unas condiciones que ya no se dan. La gente como que no tenía afán y sí todo el tiempo del mundo para plasmar en una carta su universo, sus olores, y ese universo viajaba de un lugar a otro de la tierra y el destinatario abría esa carta y era conectarse con el remitente de una manera que ya no lo permite lo digital, pues ni los emoticones ni los emails, cosas contra los que yo no tengo nada, pues ya todos somos beneficiarios de ese mundo distinto que acabó con las cartas de papel. No es que haya acabado con eso, lo transformó, porque igual la gente sigue escribiéndose y hay más facilidades. Yo, por ejemplo, tengo dos hijas que viven en Berlín y me comunico todo el día con ellas, eso antes habría sido imposible. Antes me habría tocado una carta a la semana, y siempre pienso cómo hubiera sido mi comunicación con ellas a través de las cartas. Había más profundidad, más intimidad y más reflexión, y el tráfago de lo digital ya no lo permite, pero lo digital sí nos regala unas facilidades que no había antes.

***

La historia de esta novela justo empieza por leer el correo ajeno. La idea llegó en ese email o WhatsApp del amigo, y también de otros relatos que se encontró en los periódicos. No hay nada más viejo, dice Juan, que los periódicos: con la cantidad de noticias que se van devorando una tras otras, se envejecen rápidamente y, sin embargo, además de madurar aguacates, dice él, tienen otro uso primordial: regalar sin cesar novelas posibles en las noticias grandes, las pequeñas, en las páginas sociales y en los obituarios. A él le encantan y le divierten esos archivos, quizá por ser historiador, pero sobre todo por las noticias absurdas, muy reales.

—Este libro sí es una invocación de esa puerta giratoria entre la realidad y la ficción en la que estamos todos, pero cuando uno lo lee, lo que parece más surreal y delirante es lo que tiene un sustento mayor en la realidad, y por eso lo quise ilustrar con esos pedazos de la vida real, que ocurrieron y están ahí en los periódicos para reforzar en el lector la sensación de indefinición entre la vida y la fantasía. Casi todo lo que cuento ahí es verdad. Por ejemplo, la anécdota de la guerra entre Bélgica y Boyacá, que es muy importante dentro de la trama, es una historia que me contó un amigo hace años, y sobre la que no hay ningún documento, o sea, existió el mito de que había habido una declaración de guerra en 1867 por un amor fallido. Es una declaración de guerra del presidente del Estado Soberano de Boyacá al Reino de Bélgica, y se volvió una leyenda en la historia colombiana. A mí me fascinó, pero nunca encontré nada, hasta que haciendo la investigación para el libro de Álvaro Gómez y buscando en los periódicos, me encontré con una noticia de mayo y junio de 1988, que es la época por la que secuestraron a Álvaro Gómez el M19, en la que este embajador belga en Colombia en 1987 y 1988 también se había enterado de la leyenda de la guerra entre Bélgica y Boyacá y dijo, bueno, pues mi misión acá es firmar la paz .

—¡¿Eso sí ocurrió?!

—Eso sí ocurrió, y es todo lo que está en los periódicos.

—¿No se inventó las noticias de los periódicos?

—No, es una noticia de El Tiempo, y esta que aparece acá (otra parte del libro con reproducciones de los periódicos) es de periódicos de Bélgica y Holanda que dieron la noticia y están escritos en flamenco. Yo no es que sepa mucho flamenco, pero con el alemán uno sí puede entender bastante, y por internet me puse a buscar cosas y encontré como diez periódicos en Holanda y en Bélgica que dieron la noticia. Sabía que esto tenía que ponerlo, entonces las ilustraciones, claro, parecen una treta del autor para reforzar la ficción, pero en últimas son más bien una presencia de la historia y de la realidad que se va entremezclando con la invención.

—Lo bonito es lo absurdo que puede ser la vida real, que uno realmente piensa que se inventó lo que sí sucedió.

—Claro, es más absurda la realidad. A veces es más coherente y consistente la ficción, por eso lo que es un acto de fe es la vida, porque todo es tan absurdo y surreal que si lo cuentas desde una novela es inverosímil. Esta novela está toda inventada, y en ella todo es cierto, mejor dicho, en esta novela todo es mentira y todo es verdad. Sobre eso también es la novela y es la ideología del protagonista.

***

“En esta novela todo es mentira y todo es verdad”: Juan Esteban Constaín sobre Cartas Abiertas

El personaje protagonista sí es inventado, aunque su nombre es un guiño al cartero argentino que se llamaba Marcelino, y tiene el apellido Quijano, como homenaje a Alonso Quijano. El segundo apellido, Cuadra, es el segundo apellido de un navegante de origen vasco que estuvo en el Perú y llegó hasta Australia en el siglo XVIII. Bodega y Cuadra era ese navegante, si bien es Quadra, con Q, pero eso mejor descubrirlo en Cartas Abiertas. Estos son esos elementos en los que es claro que pese a que esta no es una novela histórica, Constaín no deja la historia.

—Es inevitable y me gusta mucho porque la historia me parece que es una buena madraza de ficciones como los periódicos. Al final mucho de lo que encuentra en la historia y sus documentos parece una novela. Eso me encanta y no lo puedo abandonar. Lo que pasa es que yo sí quería abandonar un poco el andamiaje y el andamio que da la historia. No quería recrear la historia y volverla a contar. Cuando me preguntan si mis otras novelas son históricas, no lo sé, porque tienen un sustento histórico mayor, y se inspiran en hechos y personajes de la historia, pero me interesaba era profanar esa verdad histórica y desde la ficción reinventar el pasado en esas otras novelas. En esta sí está muy claro que hay una intención literaria más inspirada en la invención y en la ficción que en la historia, sin abandonar la historia.

—Hay una frase en el libro: “La historia en general es un acto de fe, pensó Santaya”. ¿Quién dice que no hubiera podido ocurrir? Finalmente la historia es ficción, porque no hay cómo ir a corroborar que eso pasó...

—No hay cómo. Hay un episodio de un personaje de finales del siglo XVI, amante de la reina Isabel Primera de Inglaterra, que es un gran navegante y un tipo muy importante, Walter Raleigh, y justamente por ser amante de la reina y las intrigas políticas y religiosas de la época al tipo lo meten en la cárcel, y como él tenía mucho tiempo de sobra se sentó a escribir la historia de la humanidad y pidió libros y estaba feliz. Eso era desde Asiria hasta su época, y el tipo iba muy bien en esa escritura y un día hubo una algarabía debajo de su celda y no pudo dormir. Al otro día les pregunto a los custodios qué había pasado, cuál era la causa de ese ruido, y cómo te parece que nadie le dio razón del ruido de esa noche. Él empezó a hacer una investigación la verraca, y preguntaba y preguntaba, y nunca supo. Entonces escribió en su diario “abandono mi proyecto de escribir la Historia de la humanidad, porque si no puedo saber qué pasó en la víspera, la noche anterior debajo de mi celda, qué voy a poder saber de verdad cómo eran los asirios y cómo eran los egipcios”. Esa anécdota me ha encantado siempre porque refleja lo que dices, que al final la historia como género narrativo tiene mucho de invención y de ficción, y también es un acto de fe. Claro, la historia como ciencia social tiene unos métodos y unas teorías y unos documentos que la validan, pero al final la escritura de la historia y el pasado que ya ocurrió nunca se va a repetir, pues sí implican una aproximación a ese conocimiento que es casi la misma de la literatura, y uno se deja embrujar por ese relato y cree en él como quien cree en un poema o en una novela.

—En la novela va metiendo críticas de la vida real, de la actualidad. De eso es muy consciente.

—Sí, por ejemplo hay una crítica velada que pongo en la cabeza del embajador Santaya, que es un personaje de la novela y es que a él le parecía inconcebible una institución colombiana que es verdaderamente oprobiosa: los desayunos de trabajo. El tipo dice que “cómo puede progresar un país que tiene desayunos de trabajo. La gente en el mundo desayuna o trabaja, pero eso de que haya desayunos a las 7:00 de la mañana, 10 personas ahí reunidas, bañadas, eso es inmoral, obsceno”. Yo lo pongo ahí. En esa época no me dio para poner otra crítica que tengo y es que el mayor grado de envilecimiento al que nos ha llevado el capitalismo son las pausas activas, el capitalismo envilece a la gente trabajando y además la envilece con eso que llaman las pausas activas y que uno entra a las organizaciones y ve ese panorama tan triste y desolador de todo el personal haciendo ejercicios y coreografías. Eso no nos va a llevar a nada bueno. Eso no lo pude meter ahí como crítica, porque en esa época todavía no habíamos caído en el abismo de las pausas activas.

—El humor está en la historias mismas...

—Sí, hay muchas historias aquí delirantes, y el delirio lleva a la risa. Hablar sobre el humor es algo que a mí me parece de muy mal agüero, porque el humor es de esas cosas que están allí o no están, pero que le ocurren al lector, no lo decide el autor. No hay nada más triste que el humor como un propósito deliberado, por eso el humor colombiano es tan triste, porque es una cantidad de gente que quiere hacer reír a los otros y eso siempre falla. Hago un paréntesis, yo sí escribo desde la placidez y desde la felicidad, o sea, mi aproximación a la literatura sí es festiva...

—No es un escritor triste.

—No. Me parece que hay dos aproximaciones a la literatura, una que es festiva y otra que es atormentada, y creo que no hay una diferencia moral ni estética entre ninguna de las dos escuelas, y ambas han producido resultados magníficos. Hay quienes tienen la idea un poco de que hay más dignidad en el sufrimiento que la alegría, yo pues no estoy tan de acuerdo con eso, pero en mi caso estoy segurísimo de que sí escribo para celebrar a mis maestros, y esa placidez que yo tengo a la hora de escribir aspiro a que se traslade al texto y que vuelva a ocurrir en las manos y los ojos de los lectores. Eso se transmite, y te decía que la veta humorística tiene que ver con unas situaciones y unos personajes que sí pertenecen al delirio, y el delirio da mucha risa. Aquí hay un tren que llega desde la estación de la sabana hasta Tunja para firmar la paz de una guerra que nunca ocurrió, y ahí va todo el cuerpo diplomático. Esa situación sola ya es la comedia del absurdo.

***

Justamente mientras va contando, Juan Esteban va recomendando libros, aunque no explícitamente, sino como personajes o como parte del discurso de alguno de los protagonistas. Se cuida de que no sea un acto presuntuoso o pretencioso o arrogante, porque eso arruina, dice, a los maestros. Él los pone naturalmente para compartir eso que le da tanta felicidad: hallar a un autor que se vuelve importante en su vida. En Cartas Abiertas se van deslizando, y es mejor que anote para próximas lecturas.

—Hay una forma de hablar de ciertos autores que cuando yo se la oigo a sus admiradores digo qué delicia conocer a ese autor. Cuando a uno le hablan de alguien, y uno quiere conocer a esa persona... a mí me ha pasado muchas veces con autores. Había un escritor argentino que murió, era maravilloso, que se llamaba Juan Forn, que tenía una columna y hacía una contratapa con unos retratos de escritores, y siempre que él hablaba de uno, uno quería ir a leerlo. Esa forma de provocar curiosidad e interés por los dioses tutelares que uno tiene me parece que es una de las mejores formas de honrarlos y agradecerles.

—Juan, leí por ahí que este libro es el único tratado de paz que ha funcionado en Colombia.

—Y así va a ser por los siglos de los siglos. Es la única guerra que hemos ganado y la ganamos por ‘w’, y es la única paz que hemos firmado y nos salió bien. Aquí hay una lección, porque en el fondo es lo que hacen los personajes de este libro: asumir con seriedad un delirio, desde una guerra que nunca existió, y lanzarse de lleno a hacer la paz. Además, en un momento muy concreto de la historia colombiana, los años 80 del siglo XX, el año 88, cuando zumbaban con todas partes las bombas y este país se estaba acabando. Sí me parece, sin ser trascendental, que sí había una lección muy bonita y conmovedora en el hecho de que un embajador viniera aquí a afirmar un proceso de paz, mientras el país como tantas otras veces en la historia se desangraba.

—También es esa necesidad de hablar de la violencia, como escritor colombiano

—Claro, es algo que resulta inevitable, es como una larga sombra larga que nos persigue a los colombianos, a veces de manera consciente, a veces de manera inconsciente. Hay un texto magnífico de García Márquez antes de su gloria, del año 58 quizá, sobre la novela de la violencia, y él reflexiona con mucha hondura y lucidez sobre lo que significaba para la literatura colombiana el tema y la obsesión y el fantasma de la violencia. Ese tema, ese fantasma y esa obsesión siguen muy vigentes, yo no me había ocupado de eso desde la ficción, en el de Álvaro Gómez sí, y sin embargo en este texto que parece que no se ocupa de eso, al final sí tiene una reflexión sobre la guerra y la paz.

—¿Entonces la novela de los dos escritores de la Guerra Mundial ya murió?

—Pues por ahora sí, ya no creo que vuelva sobre ese tema. Creo que lo exorcicé en tres líneas al principio, pero ya no porque me parece un trabajo monumental, desgastador. Lo otro que me pasó es que uno siempre cree que va a escribir algo que a nadie se le ha ocurrido y estaba hablando una vez en Madrid con un amigo argentino sobre la idea de escribir sobre los escritores en la guerra y me dio como diez novelas que se han hecho en Inglaterra y en inglés sobre lo mismo. Entonces, no tiene mucho sentido. Después quería escribir sobre los colombianos en la Primera Guerra Mundial, pero al final, como te decía, ya que escribo desde la alegría y desde la placidez, necesito que el tema me fascine, que me encante y que no me aburra, y sentí que sí me iba a aburrir un poco escribiendo sobre la Primera Guerra Mundial. Aparece allí como una alusión y un guiño y se disuelve en esta historia que, eso sí, me atrapó desde el principio y me hizo muy feliz escribirla. Uno no debe opinar sobre sus libros y son los lectores quienes dirán, pero lo que sí es cierto es que uno sabe qué tan feliz fue escribiendo lo que escribe, y en Cartas Abiertas fui muy feliz.

Mónica Quintero Restrepo

Es periodista porque le gusta la cultura y escribir. A veces intenta con la ficción, y con los poemas, y es Camila Avril. Editora de la revista Generación. Estudió Hermenéutica Literaria.

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