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  • Selva Almada es una escritora argentina. Entre sus libros están No es un río, Chicas muertas y El desapego es una manera de querernos.
    Selva Almada es una escritora argentina. Entre sus libros están No es un río, Chicas muertas y El desapego es una manera de querernos.
  • “Un montón de literatura femenina quedó sepultada bajo el peso masculino”: Selva Almada

“Un montón de literatura femenina quedó sepultada bajo el peso masculino”: Selva Almada

La escritora argentina está de visita en el Festival de Lectores y Escritores de Envigado. Una conversación sobre sus libros.

Publicado el 19 de agosto de 2022

Por mónica quintero restrepo

En el primer párrafo del libro Chicas Muertas, la escritora argentina Selva Almada narra lo que pasó el 16 de noviembre de 1986 en el pueblo en el que nació, Villa Elisa, en Argentina. Cuenta los detalles: era domingo, su padre hacía un asado, el fútbol se había adelantado por el calor y esa madrugada ella se había despertado por un ventarrón. La había asustado la gata, recién parida. Nada raro para ella, pero sí para Andrea Danne, 19 años, rubia, ojos claros, de San José, un pueblo a 20 kilómetros: la mataron esa mañana mientras dormía.

Chicas Muertas es uno de los libros más conocidos de Selva, y más distintos, en comparación con los otros publicados: es de no ficción. Aunque está escrito como si fuera una novela, con detalles autobiográficos y paralelos a la muerte de tres mujeres en los años 80, cuando todavía ni siquiera se hablaba de feminicidios.

—Las historias de ese libro pasaron hace muchos años, incluso las escribió mucho tiempo después, y pese a leerla en 2022 tiene mucha actualidad: el mundo sigue siendo peligroso para las mujeres, aunque haya avances...

—En los últimos, ni siquiera diez años, hemos ido tomando consciencia de la urgencia de hablar de estos temas, de pensarlos y de buscar como comunidades una solución. En Argentina el feminismo o los feminismos por suerte han actuado con mucha fuerza desde un tiempo hasta esta parte y eso también nos hace, por lo menos, aunque no tengamos todavía la solución al problema, ponerlo sobre la mesa, en las agendas del periodismo, del Estado y en la calle. En toda Latinoamérica hay muchas marchas y manifestaciones , y las mujeres y las disidencias sexuales salimos a la calle para que justamente se hable de feminicidios, de la violencia de género, de las desigualdades. Eso es un gran avance porque por lo menos deja de estar en un lugar naturalizado como estaba hace un tiempo. Hoy, por lo menos en Argentina, incluso alguien que no esté interesado en el tema o que no esté involucrado, sabe que cuando en la televisión dicen que hubo un feminicidio, se está hablando de un crimen particular, y eso lo hizo posible el lenguaje, esto se llama así, y ya ponerle nombre a las cosas es un paso muy importante, nombrarlo para pensarlo con claridad.

—Esos pequeños cambios incluso se notan en que ya hay más visibilidad de mujeres escribiendo...

—Sí, una cosa no está separada de la otra. El hecho de que estemos la gran mayoría de las mujeres, por lo menos en Argentina, abrazando la causa feminista hace también, por ejemplo, que nos hayamos dado cuenta de que hasta el momento solo habíamos leído autores varones, porque también son los que están en las vidrieras de las librerías, los que ganan los premios, los que están en los programas de la academia, y que había un montón de literatura escrita por mujeres que había quedado sepultada bajo el peso de los nombres masculinos. Ahora, no solamente en Argentina sino en otros países de Latinoamérica, estamos buscando y hurgando y sacando a la luz textos de escritoras maravillosas que habían quedado relegadas o cuyos nombres se habían olvidado por falta de reediciones. Así ha dejado de pasar por suerte, por ejemplo con una escritora maravillosa que es Sara Gallardo, de la cual últimamente han salido muchas reediciones de sus obras, tiene lectoras nuevas, estudios críticos, también la academia está leyendo y escribiendo sobre ella. Digo, hay una constante celebración de escritoras de otras generaciones y que ahora el trabajo que hacemos las lectoras es devolverlas a los estantes de las bibliotecas y seguir difundiendo sus obras.

***

En la literatura de Selva hay temas que son constantes: la muerte, las relaciones familiares, el amor, el desapego. En El desapego es una manera de querernos, un libro de cuentos que reúne varios de sus relatos publicados en otras ediciones, un personaje dice: “Vos sabés, nosotros somos desapegados, pero en el fondo nos queremos”.

—Las relaciones afectivas, las familiares, la violencia son temas que la mueven... Es la vida real atravesando la literatura, sin tapar nada.

—Prácticamente en todo lo que he escrito hasta el momento esos tópicos tienen una continuidad a lo largo del tiempo y de los relatos. Un poco la familia como núcleo, quizá porque cuando llegué a la escuela primaria, las maestras repetían que la familia es el núcleo de la sociedad. Ya no se debe tener esa idea, la concepción de familia ha ido mutando, esta cosa más cuadrada de papá, mamás y hermanos, las familias se conforman de otro modo. En la década del 80 estaba esa idea, y un poco lo que tomo es de ese concepto, que para mí resulta muy atractivo a la hora de pensar historias y tramas o universos: la familia reproduce, es como una maqueta de la sociedad, así como vivimos en sociedades violentas, prejuiciosas, autoritarias, es en la familia donde desde pequeños empezamos un poco a padecer este tipo de violencia o de arbitrariedades, y a veces a superarlas o no, y cuando crecemos nos vamos a seguir enfrentando a ellas. Todo eso, para la vida real no me parece que está bueno, pero para la literatura da un montón de posibilidades para pensar alrededor de esos autoritarismos violentos, de esas violencias domésticas que después las tenemos que atravesar en nuestras vidas adultas viviendo en sociedad.

—Y aunque estén bien para la literatura y no para la vida, real, están en la vida real...

—A veces los libros o las lecturas nos hacen pensar sobre determinadas situaciones que nos rodean. Ser didáctica no es para mí la función de la literatura, ni siquiera tratar de entender el mundo en el que vivimos, pero sí es cierto que como lectora me ha pasado que no encuentro la respuesta a algo que me está ocurriendo, pero sí una especie de diálogo o una interpelación de mi propia vida o de la época en la que estoy. Cuando escribimos, aunque escribamos ficción, no es que nos saquemos un traje y escribamos desentendidas de las preocupaciones de nuestro tiempo y nuestra época, sino que vamos a la escritura con todo un bagaje de experiencia de vida, que necesariamente a veces aparece o sube un poco a la superficie en los relatos.

—¿Qué tenía su familia de especial?

—El libro de El desapego es una manera de querernos tiene tres partes que se llaman Niños, Chicas Lindas y en Familia, son tres series de relatos autobiográficos, que obviamente están ficcionalizados, y algunas situaciones exageradas o trabajadas desde la literatura, pero sí tienen que ver con episodios concretos de mi historia. Mi familia en realidad ha sido una familia disfuncional en el sentido de que tengo madre padre y hermanos, eso bastante convencional, pero siempre la manera de relacionarnos o de interactuar no respondía necesariamente a los patrones que yo veía en los hogares de mis compañeras, donde también había una cuestión machista muy fuerte, donde las madres no tomaban decisiones por sí mismas, sino que siempre había que consultarle al padre. Vengo de una familia donde en realidad había un matriarcado muy fuerte, las mujeres eran muy independientes, todas trabajaban desde chicas, fuera de la casa. En ese sentido, en la década del 80, cuando yo era chica, era una familia disfuncional con respecto a otras, donde todavía la figura de la ama de casa, la mamá que se quedaba a cuidar los hijos era muy fuerte. Además mi abuela se quedó viuda bastante joven, a los 50, pero en esa época ya eras una abuela, una viejita, y sin embargo, ella a los 50 decidió irse del pueblo y mudarse a Buenos Aires y trabajar de mucama; eran cosas que a mujeres de su edad no se les hubiese ocurrido, con una vida ya hecha, cambiar radicalmente de vida, mudarse sola, lejos de su familia, para hacer un trabajo muy sacrificado como es el trabajar en casas de familia como empleada doméstica. Después una de mis tías también era madre soltera, que tampoco estaba bien visto en esa época... Entonces todos tenían alguna cosa que se salía un poquito del molde y en ese sentido dio que era una familia bastante distinta a las demás.

—Menos mal para una escritora

—Sí, me dieron mucho material para escribir.

—Es de un pueblo, le dicen que hace literatura de provincia. ¿Qué ha significado ser de allá?

—La vida que llevábamos o que llevan todavía las personas que viven en pueblos pequeños o muy alejados de Buenos Aires, que es la gran metrópoli de Argentina, son experiencias particulares. Recuerdo que en mi casa criaban gallinas y tengo escenas muy vívidas aún, de estar jugando en el patio y mi abuela matando la gallina que después iba a estar en el plato, y para nosotros era natural. Me acuerdo de esa época en la ciudad, de chicos viendo un pollo caminando, y no asociaban que era lo mismo que compraban en una bandeja en el supermercado... El contacto con la naturaleza, con la muerte como un estadio natural de la vida estaba desde ver cómo mataban un animal para comer, o porque teníamos muchas mascotas, perros, gatos, que morían atropellados por autos o por enfermedades. Había un contacto temprano con la muerte. Yo lo cuento en los relatos del libro, accidentes que terminaban con la vida de personas muy jóvenes. Todas esas experiencias resultan muy ricas a la hora de escribir, que no sé si las hubiese tenido en una gran ciudad. Incluso la violencia es muy distinta en una ciudad grande que en un pueblo donde quizá está más solapada y de repente emerge con mucha fuerza y con mucha crueldad, pero si una le pregunta a los habitantes si hay violencia acá, seguramente dirían no, para nada, aquí todo es muy tranquilo, dormimos con la puerta sin llave, pero hay otro tipo de violencias que de repente no se reconocen como tales o que están muy naturalizadas y son tremendas.

—Hay varios muertos en sus libros, precisamente

—Sí, sobre todo en esos relatos que están muy relacionados con lo biográfico... Me parece también que la muerte es uno de los grandes temas de la literatura de todos los tiempos, y la verdad es que me encantaría que se me dé más el humor u otro tipo de relatos, pero me gustan las historias donde alguien muere.

—También es parte de su forma de narrar, sin esconder nada

—Sí, un poco la clave es que la muerte es parte de la vida, entonces en general los personajes de todo lo que he escrito hasta ahora en algún momento se ven interpelados por la muerte o lidiando con la muerte de alguien amado, o son el brazo que termina ejecutando la vida de alguien. Me parece que en los relatos eso está muy entreverado con otros actos de la vida como el amor, el sexo, la maternidad o la paternidad, y bueno, la muerte como otro aspecto nada más.

—Leí que era muy desordenada para escribir, pero eso lo dijo hace siete años. ¿Cómo es ahora?

—En realidad no soy muy prolífica, tardo mucho en escribir cada cosa y no tengo, y creo que no lo voy a tener, pero nunca me he podido armar una disciplina de escritura. Cuando escribo, cuando estoy en algo, trato de dedicarle todo el tiempo que puedo. También pasa un largo tiempo sin escribir, de hecho ahora desde que publiqué en 2020 No es un río, no he vuelto a empezar otro proyecto de escritura, aunque siempre estoy pensando en alguna cosa que puede llegar después a convertirse en algo, en un relato, pero sí es verdad que no escribo todos los días, que puedo estar hasta muchos años sin escribir. No tengo una disciplina.

—Me sorprendió que No es un río lo empezó a escribir hace mucho tiempo, lo paró para escribir Chicas muertas y otros libros, y lo retomó. Es capaz de volver a esas ideas que estuvieron hace mucho tiempo

—Sí, por eso he digo por ahí que no estoy escribiendo, pero estoy pensando en alguna escena o situación, no sé, en algo que muchos años después encuentra su lugar en la página, y con No es un río pasó eso, era una novela que había empezado, que retomé, que dejé, que volví a dejar, que en medio escribí otros libros, pero había algo de ese universo y esos personajes que me seguían seduciendo aunque pasaba el tiempo, como siempre volvían algunas unas escenas y personajes hasta que finalmente me senté escribirla.

—¿Y cuándo ya se vuelve libro?

—Depende, con No es un río me había pasado que la había empezado a escribir con mucho entusiasmo y después la fui dejando por otras cosas y ya quería volver después y no me gustó el tono, y sí, mientras tanto iba pensando, porque como tenía siempre presente esos personajes, esa primera escena de la pesca de la mantarraya gigante, iba pensando qué pasa con esto, qué pasa con estos lugareños que aparecen, siempre estaba pensando en el relato y buscándole caminos posibles. Entonces sí me pasó eso que cuando me senté decidida a escribirla, ya mucho de eso estaba en la cabeza, y dando vueltas ahí, y fue más sencillo escribirla de un tirón, la escribí en un verano, pero claro, hacía tantos años que estaba con ese universo que fue más fácil sentarme y sacar todo lo que se había cocinado durante tanto tiempo. Con otras novelas o relatos me ha pasado de sentarme y empezar a escribir por alguna situación o imagen que es lo primero que se me había ocurrido, y después empezar a buscar hacia donde ir. Un poco esa respuesta siempre aparece escribiendo... No todos los libros tienen su mismo molde, una llega a los libros por distintos caminos o se inventa distintos recursos para cada uno.

—En algún momento escribió poesía, ¿volvió a ella?

—Fue muy fugaz. Empecé escribiendo narrativa, luego hice un proyecto poético que fue mi primer libro, aunque con muy pocos poemas, era más un libro objeto que tenía una intervención artística de un amigo, y había empezado un proyecto de escritura de poemas sobre la infancia y fracasó y se reconvirtió en Niños, que es la primera parte de El Desapego es una manera de querernos.

*Selva Almada está invitada al Festival de Lectores y Escritores. Envigado se pinta de letras, que se realiza hasta este sábado 20 de agosto en la Biblioteca Débora Arango. A las 6:00 p.m. conversa con Mónica Quintero Restrepo, editora de Generación. En el salón Monaguillos 1.

$!“Un montón de literatura femenina quedó sepultada bajo el peso masculino”: Selva Almada

Si quiere más información:

Mónica Quintero Restrepo

Es periodista porque le gusta la cultura y escribir. A veces intenta con la ficción, y con los poemas, y es Camila Avril. Editora de la revista Generación. Estudió Hermenéutica Literaria.

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