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  • Big Sur, una ruta para recorrer los pasos de Henry Miller. Fotos: Perla Toro
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  • Big Sur, una ruta mítica de aires literarios
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Big Sur, una ruta mítica de aires literarios

El gran sur. El de universos psicodélicos, aguas que rugen, algas que parecen piedras de colores y piedras que parecen estrellas. El de los hippies, los libros y los poemas. El sur del que estamos hechos.

Perla Toro Castaño | Publicado el 04 de septiembre de 2022

Volcánico, explícito, polémico y crudo. Dicen las abuelas que el odio, como el amor, son emociones similares y recíprocas. Henry Miller odiaba a su país tanto como su país lo odiaba. Hablamos de los Estados Unidos, ese destino prometido que por años silenció su obra por considerarla obscena; esa misma tierra que aparece en los sueños tercermundistas a la que uno de sus hijos más importantes en las letras de su amplia historia calificó en uno de sus libros como “Una pesadilla con aire acondicionado”, en especial para referirse a su ciudad natal, Nueva York.

La reconciliación, como las enigmáticas olas del Pacífico, que golpean y arrullan, llegó. Lo hizo en forma de montaña, de diluvio y sol radiante, de acantilados y cañones, de víboras, lo hizo al estilo de Big Sur, esa costa californiana que se recorre por la Highway One y que ha logrado enamorar a varios escritores. Está en los poemas de Robinson Jeffers, como ese “hermoso lugar desfigurado por un brote de casas suburbanas”, en los viajes de Jack London y de George Stirling, en los delirios alcohólicos del aburrido y entonces hastiado Jack Kerouac y las aventuras huidizas de Nora Roberts. Henry Miller se reconcilió con su país en ese gran sur que todavía resguarda una librería en su memoria.

Big Sur, una ruta mítica de aires literarios

Y acá vamos nosotras, buscando la Henry Miller Memorial Library en Big Sur. Somos tres, Laura, Andrea y yo. Emprendimos un viaje desde Los Ángeles, uno de carretera, los famosos roadtrips en los que las mujeres solas terminan descuartizadas por algún psicópata en una carretera norteamericana. “¡No será nuestra suerte!”, nos repetimos. Queremos conocer Big Sur y nos entregamos al horizonte con una maleta llena de ilusiones genuinas: ver caer una cascada sobre el mar, sonreírle a un león marino, cruzar el cinematográfico puente de Bixby Creek, encontrarnos con los hippies, dejar que el viento separe nuestras mentes de nuestros cuerpos y, si corremos con suerte, recibir esa energía especial que hizo que esta costa de California inspirara las alusiones creativas de tantos desamparados que, bajo la voracidad feroz de este pedazo de la Tierra, encontraron un aparente remanso para su locura.

El gran sur está ubicado entre Los Ángeles y San Francisco y es abrazado por esa enorme serpiente acurrucada que en los libros de geografía recibe el nombre de Océano Pacífico. Big Sur no parece los Estados Unidos, al menos el de las luces que nublan la existencia y el entretenimiento desaforado que asesina el pensamiento. Al mismo tiempo, es lo más estadounidense que hay, lo conocemos porque lo hemos visto en las películas, sabemos de su luz por los filtros de Instagram, de su nombre por las actualizaciones de Apple, lo sentimos familiar porque hemos viajado por su historia gracias a esa antigua nave espacial y de los tiempos a la que llamamos libro. Todo depende del cristal con que se mire.

Antes de comenzar el roadtrip, leemos a Henry Miller, viaja con nosotros, va escondido en la cajuela del carro que alquilamos. En este viaje le tocó convivir con su tan odiado capitalismo, recorre el mundo con los varios pares de tenis que compramos en los outlets — no vienes a los Estados Unidos si no pasas por uno de ellos— y nuestros calzones. Somos esa clase de viajeras incómodas a las que les gusta hacerse spoiler con un poco de lectura. Elegimos “Big Sur y las naranjas de El Bosco”, un relato personal, íntimo y filosófico, que bien podría ser un mosaico, una novela, un diario o las memorias de un viaje. Está ubicado entre los años 40 y 50 y cuenta la historia del residente Miller, quien vivió 15 años en Big Sur siendo un espíritu libre al que visitaron, en su casa, la misma donde hoy está la Librería, cientos de personajes entre estrellas, vagabundos, artistas y buscadores de sueños, los mismos que supo poner con maestría en esta colección que lleva el nombre del sur, el olor del cítrico que simboliza las delicias del paraíso y la psicodelia de los cuadros del Bosco; tres formas muy particulares de construir un mundo.

Imaginar, como creer en un dios, es un acto individual, al menos en el seno de sus más profundas alucinaciones. Mientras el sol, por un lado, se cuela por los árboles enormes del Parque Nacional Los Padres y, por el otro, pelea con el agua del océano en busca de la luz perfecta que ratifique su esplendor, con esa fuerza que solo sabe hacerlo un sol de verano, nosotras corroboramos o debatimos los paisajes que con bondad nos entrega la carretera. “Yo me imaginaba el recorrido tal cual lo estoy viendo”. “Yo en cambio creía que la carretera sería más amplia”. “Los colores de Big Sur se parecen a los más de doscientos cuadros en acuarela que dice Miller que pintó mientras vivió por estas tierras”. “Es lo más hermoso que he visto”. En los miradores, que cada tanto esperan viajeros con la única idea de dejarse sorprender por los acantilados, también conversamos con una que otra persona, pedimos que nos tomen una foto y guardamos silencio para realizar cortas meditaciones, las mías, que son los únicos silencios por los que puedo responder, evocan la gratitud y le dicen a mi padre, fallecido el 14 de julio, que feliz cumpleaños, que cuando veo que el sol se junta con el mar, siento que estamos juntos por un instante.

Avanzamos en la carretera. El internet desaparece, esto es Estados Unidos y al mismo tiempo no lo es, me repito. Mientras Andrea duerme, Laura y yo gritamos: “Allá está” y vemos como, atrapado por los árboles y escrito en letras amarillas y mayúsculas, se erige un letrero que dice: “Henry Miller Memorial Library”. En las puertas de madera hay fotos que al mismo tiempo parecen ofrendas. Imaginamos quiénes son, qué tanto amarían a Henry Miller y nos disponemos a entrar a este templo de peregrinaje. “Con razón Miller se enamoró de este lugar”, comentamos. Es fresco, tiene un enorme bosque en la parte trasera y, al mismo tiempo es cálido y abraza. Es una de esas trampas que la Tierra nos puso para creer que, con ilusión, en ese espacio podríamos escribir un libro, componer una canción, darle forma a una escultura y crear cualquier cosa que imaginamos imposible.

La entrada está llena de cachivaches que podrían ser mucho mejor descritos en su museografía, porque si esta casa no es museo, ¿entonces qué es? Un piano, una cruz hecha con monitores de computadores viejos, máquinas de escribir, velas y un maniquí terrorífico le dan la bienvenida al espacio de librería. Huele a café, pero no hay café y están los libros exhibidos, abiertos, colgados, guardados en cajas, escondidos, esperando que alguien quiera comprarlos. También están las pinturas y un letrero escrito con tiza que llama profundamente mi atención; dice: “Cuando escribo, trabajo. Cuando pinto, juego”.

Big Sur, una ruta mítica de aires literarios

Big Sur es más de lo que imaginaba, muy parecido a lo que escribió Henry Miller. Big Sur es un viaje por la literatura, el cine y lo que cada uno quiera imaginar. Es una caja de colores. Es una botella de vino zinfandel, el fuego, una canción de The Thrills. Es Norteamérica sin la intrusión de los gringos. Es, como escribió Robinson Jeffers, la luz púrpura, pesada con secuoyas y pendientes que caen hacia el mar”, escribo en mi diario de viaje desde el hotel de Monterrey donde estamos hospedadas. Pese a que la librería tenía menos libros de los que esperaba encontrar, aunque tampoco sé con precisión cuáles eran, la casa de Miller me gustó; no obstante, como bien lo supo plasmar Kavafis en su poema Ítaca, lo que más celebro es el camino, que fue largo, lleno de aventuras y de experiencias.

Viajar con un libro es recorrer paisajes con espíritus, sombras crepusculares, corazones desgarrados de belleza. Es encontrarse con los destellos de la realidad que otros plasmaron y que, en mi caso, también me hicieron odiar un poco menos a ese país que es oscuridad y brillo y con el cual todos tenemos que ver, ese cliché al que le decimos el país del Norte.

* Periodista - Magíster en Estudios Socioespaciales. Aprendiz de la lectura, la escritura, la cocina y el baile. Hoy en Comfama, contando las historias de la posibilidad.

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