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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Historia y ficción

Historia y ficción

Por más que tenga elementos de ficción, la novela histórica es un medio eficaz para aproximarse a los hechos del pasado.

John Saldarriaga | Publicado

Berenguela es una novela del español José Ángel Mañas publicada este año. Con el subtítulo “La reina que unió Castilla y León para siempre”, su acción sucede alrededor de la batalla de Las Navas de Tolosa, ocurrida en 1212, la más importante de la Reconquista y preludio de la toma de Córdoba, Jaén y Sevilla. Con esta obra, Mañas completa una trilogía sobre ese período medieval en el que los cristianos consiguieron recuperar territorios peninsulares que estaban en manos de los musulmanes. Las primeras dos novelas del conjunto son ¡Pelayo! y ¡Fernán González!

Por la novedad editorial, que se suma a otras creaciones suyas clasificables en el subgénero histórico, el diario El País, de España, entrevistó al novelista. A partir de las opiniones expresadas en las respuestas, se generó algún revuelo entre lectores del periódico, que terminó en la página de la “Defensora del Lector”. Les incomoda que un escritor diserte sobre historia. Uno de los fastidiados afirma que dicha entrevista carece de rigor. “Cualquier historiador actual (a los que deberían preguntar) podría rebatir con datos las peregrinas ‘opiniones’ de dicho señor”. Y agrega: “la historia sin datos contrastados no es historia; es un cuento”.

Soledad Alcaide, la defensora del lector, después de exponer el asunto, llega a la conclusión de que el error no estuvo en haber entrevistado a Mañas. Su obra es noticia y él tiene derecho a expresar sus ideas. El defecto de la nota y lo que hirió las susceptibilidades fue que el periodista y el editor no enfatizaron de entrada en que el autor es un escritor, no un historiador de oficio —aunque se hubiera graduado en Historia en la universidad—, y Berenguela es una obra de ficción.

“Una novela histórica no es un libro de historia. Esta obviedad pasada por alto en el periódico ha molestado a varios lectores y pone el foco en la responsabilidad de los periodistas al elegir cómo se presenta una información”, dice Alcaide.

Preservar la memoria

La novela histórica es uno de los subgéneros narrativos preferidos por el público en todas partes. En ella, los lectores encuentran un goce singular: al tiempo que se enteran de un hecho de interés, hallan los elementos que excita la experiencia de leer cualquier obra literaria: reflexión, resignificación de la existencia, disfrute espiritual, evasión temporal de la cruda realidad personal, sensibilización estética y social, entre otros. “La ciencia es basta, la vida es sutil, y para corregir esta distancia es que nos interesa la literatura”, afirmaba el semiólogo Roland Barthes *.

Para muchos de nosotros quedan mejor comprendidos algunos acontecimientos históricos abordados por la literatura que por la historia. La Masacre de las Bananeras de 1928, perpetrada por el Gobierno colombiano, que ordenó ajusticiar a obreros huelguistas inconformes con las condiciones impuestas por la United Fruit Company en el Magdalena, y la invasión napoleónica a Rusia, episodio del siglo XIX, resultan más diáfanas y legibles en La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio, y Guerra y paz, de Tolstoi, respectivamente, que en los tratados académicos, a pesar de que estas novelas son ficciones y los documentos especializados dicen estar apegados férreamente a la verdad. De todos es sabido que esta bribona no se deja agarrar de nadie.

Una persona dedicada a la escritura de novelas —no solo históricas— estudia un tema como los profesionales de las ciencias. Se prepara para escribir su obra como quien lo hace para escribir una tesis. La novela histórica —también el cuento histórico— requiere que el autor estudie y se “vaya a vivir” a ese momento histórico hasta comprenderlo de tal manera que no solamente esté en capacidad de contarlo y explicarlo, como el académico, sino de ficcionar en torno a él. En mi concepto, ficcionar no es empobrecer los hechos, ni falsearlos. Los elementos aportados por quien escribe, imaginados a partir de cuanto estudia y analiza, no son acontecimientos falsos sino posibles. Personajes y hechos ficticios se establecen como metáforas o alegorías de situaciones comprensibles, que contribuyen a digerir hechos menos asimilables, porque los humanos, al menos un gran número, entendemos más con los ejemplos y las historias, que con los argumentos.

En cualquier definición del subgénero se encuentra: “utilizando un argumento de ficción, como cualquier novela, (la histórica) tiene la característica de que este se sitúa en un momento histórico concreto y los acontecimientos históricos reales suelen tener cierta relevancia en el desarrollo del argumento. La presencia de datos históricos en la narración puede tener mayor o menor profundidad”.

Humanización y cercanía

Los narradores de novela histórica consiguen humanizar a los personajes históricos, bajarlos de una suerte de pedestal en que el imaginario colectivo parece encaramarlos, y acercar los acontecimientos y las circunstancias, equiparándolos con asuntos próximos a nuestra realidad. ¡Y qué decir de la calidez! Los detalles del clima —llovía, hacía calor— que muchas veces no constan en los tratados, aparecen en la literatura, desterrando la frialdad de los hechos escuetamente presentados. Las acciones cotidianas, rutinarias, de los personajes; sus pequeños placeres, angustias y manías. Los elementos del paisaje, natural y cultural, nos pintan jardines, templos, callecitas, casas, tabernas, boticas, y los hacen habitables. En suma, el lenguaje literario proporciona la vida que necesitamos para no ahogarnos en un pasado yerto.

En una columna de prensa escrita en 1959, titulada “Por una novela nueva”, Germán Espinosa, el de La tejedora de coronas, comparte: “A mí, desde niño, me han obsesionado ciertos episodios históricos, que harían espléndidos argumentos de novela. Uno de ellos, la toma de Cartagena por el corsario Drake, en 1586. Los veintitrés navíos de su flota se divisaron desde la ciudad el miércoles de cuaresma. A las diez de la noche, unos seiscientos ingleses desembarcaron en la trinchera de la Caleta. La resistencia de la ciudad fue misérrima. Indios y negros huyeron y, tras ellos, la tropa. Los que permanecieron se trenzaron en lucha con los británicos cerca al convento de Santo Domingo. Allí fue herido, pese a su avanzada edad, el beneficiado de Tunja, don Juan de Castellanos. Al despuntar el sol, Drake era dueño de la ciudad, pero aún resistió un tiempo el fuerte de Boquerón”. Continúa diciendo que tal episodio, contado así, se “deshace en mera historiografía”. Pero incluyendo personajes imaginarios de interés psicológico y reviviendo en “estampas briosas” a los protagonistas históricos, podría conseguirse un drama muy vívido, “que daría por lo menos para unas doscientas cincuenta páginas” **.

Está bien que los periodistas de El País se hayan descuidado al no presentar adecuadamente al autor, enfatizando que es novelista y no historiador, y su obra como una novela histórica y no un libro de historia. Pero no se equivocaron al suponer que el escritor puede opinar sobre un asunto que ha revisado, esculcado e interpretado como cualquier académico de pestañas chamuscadas y ojeras profundas.

En El general en su laberinto, novela sobre los últimos días del libertador Simón Bolívar, Gabriel García Márquez cuenta:

“La pasó en vilo, crucificado por los zancudos, pues se negaba a dormir con mosquitero. A veces daba vueltas y vueltas hablando solo por el cuarto, a veces se mecía con grandes bandazos en la hamaca, a veces se enrollaba en la manta y sucumbía a la calentura, desvariando casi a gritos en un pantano de sudor”.

Todo en su punto. Para calificar una disciplina no es preciso descalificar otra. Habrá siempre quienes queramos seguir acercándonos a la historia desde la literatura para aprender, reflexionar y gozar al mismo tiempo.

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Notas

*Barthes, Roland. Lección inaugural, p. 125, http://es.wilkipedia.org/wiki/Literatura

**Espinosa, Germán (2002). Los oficios y los años. Editorial Eafit, colección Ensayos, pág. 44.

John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros de cuentos: Al filo de la realidad y El alma de las cosas. Periodismo: Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López; Crónicas de humo, El Arca de Noé, y Vida y milagros. Novelas: Gema, la nieve y el batracio, El fiscal Rosado, y El fiscal Rosado y la extraña muerte del actor dramático. Fábulas: Las fábulas de Alí Pato. Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa.

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