<img height="1" width="1" style="display:none" src="https://www.facebook.com/tr?id=378526515676058&amp;ev=PageView&amp;noscript=1">

Generación — Edición El Cambio
Cerrar
Generación

Revista Generación

Edición
Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • La Plaza Botero lleva cerrada un mes. Foto: Esneyder Gutiérrez
    La Plaza Botero lleva cerrada un mes. Foto: Esneyder Gutiérrez

Medellín: trazando rayas para excluir

Una reflexión a partir del cerramiento de la Plaza Botero, con ejemplos de otras ocasiones en las que se ha hecho segregación espacial en Medellín, así como acciones que han buscado contrarrestarlo.

María Clara Echeverría R | Publicado

(...) Es la ley la que da origen a la anarquía al dibujar la línea que divide el interior del exterior. La anarquía no es una mera ausencia de ley; la anarquía surge con la supresión, la suspensión y el rechazo de la ley. La tentativa de universalidad de la ley sonaría a hueco, de no ser por la inclusión que la ley hace de lo excluido en virtud de su propia supresión. La ley jamás alcanzaría la universalidad sin su derecho de trazar el límite a su aplicación, creando del mismo modo una categoría universal de lo exento/excluido, así como el derecho a delimitar una «zona prohibida», proporcionando así el vertedero para los excluidos, reciclados como residuos humanos. (Zygmunt Bauman, en: Vidas Desperdiciadas. La modernidad y sus parias. p. 47-48).

El Medellín de hoy, que lleva décadas enfrentando la segregación espacial, lleva también casi un mes de estar sometida a la orden de la alcaldía de cerrar con vallas y policías la plaza Botero y los espacios colindantes al Museo de Antioquia; con lo cual se diferencian los ciudadanos “de bien” admitidos cordialmente por los policías, de aquellos otros rechazados, observados con rigor y controlados. Tal hecho nos obliga a reflexionar sobre su significado.

Perder nuestra capacidad de asombro frente a la exclusión social y la segregación urbana, nos ha conducido a naturalizar rejas, mallas, muros, concertinas de guerra, cerramientos de calles y quebradas, portadas vigiladas e incluso con guardas armados, que limitan tanto el acceso físico como el visual en nuestras ciudades; tendencia que también se cierne sobre la ruralidad, incluso robándonos el paisaje. Marcado por las realidades así como por los fantasmas de la inseguridad, y por el imaginario de la exclusividad, aquella ha sido la respuesta desde la que se regulan los sentidos del espacio en nuestro territorio. ¿Qué ha habido tras ello? Entre otros móviles, mencionemos algunos ejemplos.

Lea más: Conversar: redescubrir ese placer tan humano

Controlar masas rebeldes. A principios de los 70, los estudiantes de dos Universidades públicas en Medellín: la U. Nacional de Colombia y la U. de Antioquia, habitábamos nuestros campus universitarios sin mallas y abiertos a cualquier ciudadano. Hacia mediados de dicha década se encierran los campus con altas mallas, originando protestas que nunca fueron atendidas, como lo evidencia la permanencia de sus mallas. Aunque los anales de la historia urbana dirían que el móvil era proteger a las universidades del caos externo, desde mi mirada, la razón no fue propiamente la inseguridad, sino mantener bajo control la presencia desbordada del estudiantado en las calles, cuya fuerza ocupaba los espacios urbanos. En momentos cruciales, se congregaban en los campus o salían marchas universitarias, y cuando la policía o el ejército los perseguía, ellos se desparramaban hacia el río, el centro o el cerro Volador. Aquellas mallas impuestas, clara y tajantemente dividían el mundo en dos categorías: los ciudadanos y los estudiantes, manteniendo a éstos últimos acorralados y bajo control. Desde tal imaginario, los estudiantes de las universidades públicas se catalogaron como amenaza para la ciudad y para el establecimiento; correspondiendo con el macartismo de la época, lo cual sigue vigente, aún con más fuerza, ante la polarización política que nos embarga.

Negar y protegerse del otro desde una doble moral. El Bosque de la Independencia, cerca de la U de A, cerrado desde principios del siglo pasado, se constituyó en una gran barrera urbana que limitaba tanto el acceso como las miradas, siendo imperceptible su riqueza natural. El móvil de entonces era proteger el Bosque de la degradada vida vecina de Lovaina, de los alrededores del cementerio de San Pedro y de otros usos más caóticos y populares. Su muro configuraba un extenso borde circular en medio de la ciudad y a su exterior se asentaban habitantes y actividades vecinales marginadas y rechazadas (no obstante el barrio Lovaina era apetecido por hombres denominados de alta sociedad que desde una doble moral, mientras desde lo institucional lo rechazaban desde sus cuerpos lo frecuentaban). Sólo en el 2005 que abrió con acceso libre al hoy Jardín Botánico de Medellín Joaquín Antonio Uribe, resignificando su importancia y sentido como espacio público, vinculado al proyecto cultural del norte con el Parque Explora, el Planetario y el Parque de los Deseos.

Tensiones entre lo abierto, el protegerse y el diferenciarse. Para las décadas del 70 y 80 incursionaba un nuevo modelo de urbanización, con conjuntos de mayor densidad y altura, con ejemplos abiertos como Carlos E. Restrepo (patrimonio de la ciudad), Suramericana y la Nueva Villa de Aburrá. Sus urbanistas, entre ellos nuestro profesor Guillermo García, planteaban configuraciones urbanas que en nada contradecían el sentido propio de una ciudad permeable y pública para sus ciudadanos. Por allá entre mediados de los 80 y 90, abordamos la defensa del carácter público del Carlos E. evitando que se encerrara, como pretendían algunos: dividir el mundo en dos categorías de ciudadanos: Nosotros y los otros. Donde los otros se figuraba desde aquel fantasma amenazante ante el cual ese nosotros debería defenderse. No obstante, a pesar de estos exitosos proyectos de urbanizaciones densas y abiertas, también se inicia la construcción de urbanizaciones cerradas, como los Pinos, y se establecieron normas que permitieron privatizar los espacios que deberían cederse al municipio como espacio público.

Privatizar, diferenciar socialmente y dividir desde el mercado. Aquella mirada divisoria, siempre existente desde los esquemas segregacionistas y excluyentes que han caracterizado a nuestras sociedades, se fue afincando en las propuestas inmobiliarias desde la lógica del mercado: si los consumidores piden encerrarse, la propuesta urbanística debería ofrecer espacios encerrados. A aquel supuesto móvil de la seguridad se sumaba el móvil de la ganancia, reforzando la separación de territorialidades, estableciendo la tajante división entre ese nosotros y los otros, no sólo como asociado a la búsqueda de la seguridad sino a la del estatus y la exclusividad (por ende excluyente), y a la precisión -definida por las líneas divisorias- de la pertenencia de sus habitantes a determinado grupo social. Con ello, se ratificaba y profundizaba la diferencia entre ese nosotros y aquellos... los otros. En la diferenciación que hacen los mismos grupos sociales, según los espacios que habitan, contribuiría también la estructura de estratificación económica de los suelos de la ciudad, que de forma particular rige en nuestras ciudades.

Permítanme ejemplificar en un caso prácticamente doméstico referido a la fuerza de la separación entre nosotros y los otros. Por los 80, La Alborada fue una urbanización construida en varias etapas: Dos de dichas etapas colindaban configurando un mismo espacio geográfico integrado; éstas eran conexas y su sendero atravesaba por debajo una malla que las dividía (pasando el camino en cemento de un lado al otro). Se propuso quitar la malla para unir ambas etapas que constituían una misma espacialidad y la reacción de algunos vecinos fue oponerse diciendo: “Quién sabe quiénes serán los otros”. Les hicimos notar: “Los otros son como nosotros. Nosotros somos los otros de esos otros”, y aun así no fue posible quitar la cerca, manteniendo vivo el fantasma del otro amenazante y frente al cual era preciso diferenciarse y protegerse.

Hoy gran parte de las comunas de Belén, de El Poblado, e incluso algunos sectores más populares, están plagados de islas, auto-segregadas y excluyentes, que marcan como pauta de comportamiento la exclusividad, el auto-gueto, y la negación de la posibilidad de intercambio con los otros y del reconocimiento a su dignidad.

Estatus y apropiación exclusiva. Queda una ciudad, como muchas otras, enfrentada a la privatización del espacio público, de quebradas y de áreas verdes, que se los apropia para uso exclusivo de quienes residen dentro de sus muros o mallas. No es este un cuestionamiento a quienes allí habitan; de lo que se trata es de reflexionar sobre los significados de esta dinámica y sobre los sentidos socio-espaciales que estamos construyendo con dicho modelo para la ciudad y, sobre todo, de profundizar en el conocimiento de sus impactos sobre la convivencia, el relacionamiento social y las construcción del hecho público, ampliamente comprendido, en sociedades tan excluyentes como las nuestras.

Desplazar entornos populares y fracturar territorios y poblaciones. A propósito de las poblaciones que hoy habitan el centro popular de la ciudad no podemos olvidar que aquel centro viejo más popular de la Ciudad: Guayaquil, Parque de Berrío, Parque de Bolívar –tejido éste a los barrios Boston y Prado y por ende a Lovaina, Sucre y Enciso-, fue afectado en su configuración territorial por proyectos viales y urbanos que terminaron expulsando a los habitantes; tanto a los residentes como a quienes confluían cotidianamente habitando sus espacios. La ampliación de la Avenida San Juan, la liquidación del ferrocarril y, por ende, de su estación, la destrucción de la Plaza de Cisneros y del mercado popular, la construcción de la Avenida del Ferrocarril y de la Avenida Oriental, estrangularon la dinámica popular de Guayaquil, cercenándola y acorralándola. Su agitada vida social se vio obligada a desplazarse, ocasionando un movimiento de territorialización de los grupos más populares hacia el parque de Berrio y, más al norte y noroeste, hacia el parque de Bolívar y San Benito (cerca del cual se ubicaría la nueva plaza de mercado minorista). Dicha Avenida Oriental, además del desastre patrimonial, cercenó la continuidad de este centro con el barrio Prado, donde habitaron grupos de muy altos ingresos, y la continuidad con el barrio Boston, separándolos del Parque de Bolívar; siendo éstos barrios en buena medida abandonados por los grupos que tradicionalmente los habitaban. A su vez (o, tal vez, precisamente), el centro vivió cierto abandono y falta de interés de parte de las dirigencias. Como ejemplos, se cerraron las salas de cine que tanta vida le daban a ese centro (El Lido –recuperado y restaurado en 2007 por la Alcaldía-, El Cid, el Ópera, el Metro Avenida, el Odeón, el Libia, entre otros), y fueron encerradas en centros comerciales, a modo de bunkers; se trasladó en Club Unión hacia un edificio sin conexión al espacio público en El Poblado. Así, quienes desde distintas zonas de la ciudad “bajaban al centro” y quienes allí vivían, ya no lo frecuentarían tanto, despojando su territorio de cierto sentido de mixtura social.

Observemos ahora algunas posiciones y acciones desde las que se ha buscado enfrentar o contrarrestar, consciente o inconscientemente, algunas de las dinámicas vistas.

Resistir desde la cultura. Las reflexiones anteriores nos permiten deducir que la vitalidad cultural que aún conserva ese centro se la debemos a las resistencias activas de muchos habitantes y grupos que han vivido para mantener y otorgar los sentidos de la vida humana del centro y no sólo su sentido mercantil. Como ejemplos, vale mencionar la resistencia consciente de proyectos culturales alrededor del teatro, como los del Pequeño Teatro, Matacandelas, Águila Descalza y toda la red de teatreros; la resistencia del mismo Teatro Pablo Tobón (y su lucha por preservar como espacio público su alrededor); la resistencia de los grupos culturales y educativos que lo habitan, cafés, tertuliaderos y rumbiaderos; la resistencia desde los lugares musicales como los de salsa y tango; así como de la resistencia del proyecto cultural del Paraninfo y de Comfama, entre muchos otros.... También, obviamente, es preciso observar las resistencias de sus habitantes más populares, provenientes por memoria, historia y dramas actuales, no sólo de quienes viven el centro por su pasión cultural sino también de quienes lo habitan desde la venta ambulante, la sobrevivencia de la calle, el trabajo sexual, el habitar en la calle, la mendicidad y la adicción. Esa es, queramos o no (sí o sí, como dicen), gústenos o no, parte de nuestra herencia social y urbana, sobre la cual deberíamos construir las políticas y acciones en el espacio, para todos, desde su reconocimiento y dignificación, orientados hacia la superación de todo marginamiento y exclusión.

Tejer la ciudad desde el espacio público. Ahora bien, con una lucha que va por más de medio siglo, parecía haberse logrado un reconocimiento al sentido de una espacialidad pública incluyente desde los proyectos líderes de la transformación urbanística. Desde mediados de los 90 se fue concretando la propuesta de estructuración del sistema de espacios públicos del Municipio, evidenciable en el centro en el proyecto en torno al Museo de Antioquia y su nueva sede en el antiguo Palacio Municipal (cuya primera etapa se inauguró en el 2000), a la Iglesia de la Veracruz, al Palacio de la Cultura y el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, extendiéndose en su conexión con el proyecto de Carabobo hasta el Parque de las Luces, en el antiguo Guayaquil. Valga precisar: ello ocurría en el centro popular de la ciudad, cuya significación se lograba reforzar para sus habitantes de larga data y para los habitantes de los barrios y laderas, tanto como su significación para el resto de la ciudad, para el país y a escala internacional.

Reconocer, integrar y responder a lo real. Como protagonista clave, está el Museo de Antioquia, por su alta significación cultural, que se proyecta cultural y socialmente comprometido con el espacio público que le ha dado su sentido urbano. No olvidemos, el Museo asumió conscientemente ser generador de un proceso incluyente con los habitantes del territorio donde estaba inscrito, entre ellos: habitantes populares, venteros ambulantes y trabajadoras sexuales. No se amilanó de existir en medio de... ni de incidir sobre... las pobrezas y dramas de esta ciudad que las albergaba, sino que las incorporó como parte de su proyecto. No se amedrentó de concurrir con una realidad que, en lugar de llamarle a esconderla bajo el tapete, le llamaba a conectarse con ésta.

Claro, el deterioro humano, la iniquidad y las mismas vidas -muchas infrahumanas y en la miseria-, son realidades que producimos y sobre ello, como sociedad, no debemos estar orgullosos. Pero menos orgullosos debemos estar al no asumir estos hechos como reto y compromiso, con el fin de contrarrestar las pesadillas que nuestra misma sociedad produce. Acumulamos grandísimas y profundas situaciones inhumanas y realidades riesgosas, sí..., pero éstas que no pueden abordarse desde la exclusión sino hacia la inclusión, liderando programas y procesos integrales, incluyentes y sustentables para el reconocimiento y la dignificación humana.

No es posible cohonestar con acciones que ahora, tras muros, enrejados, concertinas, barandas, policías y vallas, establecen y legitiman la fractura entre lo incluido y lo excluido; ni es posible ocultar la intención de mirar hacia otro lado. Es preciso girar la vista, para encarar con responsabilidad lo que ello nos reclama como ciudadanos y, ciertamente, reconocer tal obligación por parte del establecimiento y del Estado.

Nos habituamos a tal grado al statu quo, que naturalizamos ejercicios de poder, normas y leyes que trazan “rayas divisorias”, como en los mapas, determinando quién sí y quién no forma parte de nuestros territorios, sociedades y espacios; dejando a estos últimos por fuera. Mientras aquellos que excluimos y rechazamos, aquellos de quienes queremos separarnos y de quienes no queremos contaminarnos, somos nosotros mismos, lo que somos como sociedad, lo que creamos. ¿Acaso, como dice Bauman, aquello exento no es asunto nuestro?

Olvidamos que a quienes excluimos y rechazamos, y de quienes queremos separarnos y no contaminarnos, somos nosotros mismos; somos ese nosotros que como sociedad creamos. ¿Acaso, como dice Bauman, aquello exento no es asunto nuestro?

Contemplada desde el punto de vista de la ley, la exención es el acto de auto suspensión. La autosuspensión significa que la ley confina su preocupación por los exentos/excluidos al mantenimiento de éstos fuera del dominio reglamentado que ha circunscrito. La ley actúa sobre dicha preocupación proclamando que lo exento no es asunto suyo. No hay ley para los excluidos. La condición del ser excluido consiste en la ausencia de ley aplicable a él. (Vidas Desperdiciadas, Zygmunt Bauman, p. 47-48).

**Arquitecta, profesora Emérita Universidad Nacional de Colombia. Miembro del grupo de investigación Escuela del Hábitat, Facultad de Arquitectura Unal, sede Medellín

Si quiere más información:

Revista Generación

Revista cultural con 82 años de historia. Léala el primer domingo de cada mes. Vísitela en www.elcolombiano.com.co/generacion y en el Instagram revista_generacion

x

Revista Generación

© 2022. Revista Generación. Todos los Derechos Reservados.
Diseñado por EL COLOMBIANO