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  • La tilde del “sólo” no cumple con el principio de la tilde diacrítica ni la tilde en general. Esto ha producido una gran confusión en los hablantes. FOTO Esneyder Gutiérrez
    La tilde del “sólo” no cumple con el principio de la tilde diacrítica ni la tilde en general. Esto ha producido una gran confusión en los hablantes. FOTO Esneyder Gutiérrez

La tilde del “sólo” lleva 150 años de debate, y recuerda otro: ¿simplificar la ortografía?

El terror ortográfico del que habló García Márquez en un discurso se reavivó con la confusión por la tilde diacrítica del “sólo”.

Kirvin Larios | Publicado

Todo empezó con una tilde puesta en un lugar en el que casi siempre se supo y se dijo que iba, pero que ahora podía, y se debía según las academias del español, quitarse sin incurrir en un error, o dejarla siempre y cuando se justificara su uso.

La Real Academia Española lleva diciéndolo —al menos concretamente— desde 2010: cuando la palabra “solo” funciona como adjetivo (relativo a estar en soledad o sin compañía) no se tilda, pero si se trata del adverbio reemplazable por “únicamente” o “solamente” puede tildarse solo si existe riesgo de ambigüedad.

Sin embargo, la recomendación es “no tildarlo ni siquiera en esos casos y resolver la ambigüedad de otra manera”, por ejemplo usando el “solamente”.

Más que introducir una obligatoriedad, la RAE dejó abierta la alternativa a que cada quien determinara su uso. En consecuencia —y ello tal vez muestra el problema de tratar de establecer una norma incomprendida— han surgido las divisiones: los que se oponen a la tilde, ya que simplifica las cosas, o los que dicen que debe usarse, pues se trata de palabras diferentes.

El profesor y columnista Fernando Ávila, autor de múltiples libros sobre el uso del español, traza una cronología de la tilde más debatida del idioma. En 1952 las normas de la ortografía establecieron —sin polémicas— que la tilde del “sólo” era innecesaria salvo cuando se prestara a confusión. “La gente siguió marcando la tilde de sólo cuando es adverbio (‘sólo’, equivalente a solamente) y no en el adjetivo (‘solo’, equivalente a estar en soledad o no acompañado)”. Pero también siguió “pecando por exceso” al ponerla cuando era adjetivo, sin hacer la distinción.

En 1999, la academia volvió a decir lo mismo, otra vez sin escándalo, pero “de manera contundente”: en el remoto caso de que se preste a confusión, se puede marcar la tilde en el adverbio.

En 2010 se concluyó que incluso en caso de confusión se podía prescindir de la tilde, dejándolo a consideración individual. La interpretación que se le dio en su momento fue que cada quien podía hacer prácticamente lo que quisiera; por lo que el pasado jueves, 13 años después, hubo una rectificación: marcar la tilde es un error, pero se exime del error si el caso se presta a confusión y se justifica.

Podría decirse que esa puerta abierta, la posibilidad de poner la tilde o no (de decir que hacerlo es un error pero que no lo es si se presta a confusión o ambigüedad) fue lo que hizo que se desatara, ahora sí, el escándalo. Y una pregunta urgente: ¿en qué caso hay confusión?

La ambigüedad se da exactamente en el masculino singular, explica Ávila. Por ejemplo: la frase “Pedro trabaja solo los martes” puede significar que Pedro no tiene compañía en el trabajo los martes o que únicamente trabaja ese día. Tal confusión puede sortearse reemplazando la palabra por “solamente” o incluyendo la tilde. En el femenino singular la confusión no sería posible: “Marta trabaja solo los martes” o “Marta trabaja sola los martes”: no habría que marcarla para hacer la distinción. Lo mismo en el plural, del mismo ejemplo: “Ellos trabajan solos los martes” o “ellos trabajan solo los martes”.

La academia, entonces, permite la tilde, pero con “un sentido restrictivo”. En otras palabras, sugiere alejarse todo lo posible del error. ¿Cómo? Lo dicho: reemplazando la palabra.

¿Y entonces? ¿Si no hay ambigüedad y uso la tilde estoy incurriendo en un error? “A la luz de la norma de las academias, sí”, responde Juan David Villa, quien firma una columna sobre ortografía y gramática en EL COLOMBIANO.

Villa llama “la manzana de la discordia” a esta tilde del “sólo” conocida como diacrítica, pero que en ninguno de los demás casos se presenta de igual forma: en el mismo barrio de la tilde diacrítica conviven los pronombres demostrativos este, ese y aquel, con sus femeninos y plurales, en cuyos casos se usa la tilde también si se presenta confusión. Pero el “solo” arrastra una historia diferente, y que se remonta, según Villa, a 150 años atrás, al nacimiento mismo de esta tilde, desde el cual la RAE ha ido cambiando muchas veces la doctrina.

Una de los principales argumentos para debatir el caso del “solo” es que “una tilde no puede indicar sentidos sino simplemente indicar dónde poner el acento”. Si el sentido depende de la tilde, le estás dando a la tilde “una función que no corresponde”. Otra razón es que la tilde diacrítica opone una palabra con acento y otra sin acento. Por ejemplo: el “tú” con tilde tiene acento y es un pronombre personal, a diferencia del “tu” sin tilde, un pronombre posesivo y sin acento. En cambio, tanto el solo como el sólo siempre llevan acento en la primera “o”. Tal es la razón fundamental de la RAE para quitar la tilde: no cumple el principio de la tilde diacrítica ni la tilde general, ya que siempre lleva acento.

¿Simplificar el idioma?

En un famoso discurso en que propone “simplificar” la gramática y “jubilar” la ortografía, García Márquéz dice que el tercer milenio estaría marcado por el “imperio de las palabras”. Y pareciera que se refiriera a la palabra escrita: el problema de “solo” es sobre todo gráfico: ¿dónde poner la tilde? Lo mismo ocurre con el uso de un pronombre neutro que se le sume a los femeninos y masculinos: la “x” o el “@” en “todxs” o “tod@s” están para leerse y no para pronunciarse. Una alternativa a eso ha sido la “e” de “todes”. Estos cambios que algunas personas han incorporado del todo o parcialmente a su habla o A su escritura le han quitado predominio al masculino, que todavía persiste: decimos “los perros” para referirnos a perros y perras.

Desde luego, estas modificaciones no podrían imponerse y el destino de un idioma recae sobre todo en los hablantes y no en los designios de la RAE, una academia o el activismo más obstinado. “Todo cambio en el idioma es lento”, dice Villa. Recae, entonces, en el uso. Si el todes se vuelve de uso diario entre muchos, entonces en algún momento cambiará el idioma y así se hablará y escribirá: todes estamos en esta casa.

En su discurso, García Márquez propone: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Villa explica que esa propuesta, que en García Márquez es un discurso sin intención de reglamentar nada, se remonta al filólogo venezolano Andrés Bello, quien propuso en el siglo XIX una propuesta para Chile de simplificación ortográfica. La de Bello es radical y proponía que hubiera en el español una sola “B”, por sonar iguales, lo mismo que la “y” o “ll”, la “j” y la “g”. También proponía eliminar la “h” muda. En el sistema educativo chileno llegó a implementarse, cuenta Villa, pero fracasó: el trabajo requeriría cambiar todos los manuales escolares, sin mencionar los libros y textos que seguirían escribiéndose de forma distinta a lo enseñado, y el hecho de que adultos y niños se enredarían con las normas..

También el escritor Fernando Vallejo propone en su novela “Casablanca la bella” una reforma ortográfica aún más radical, en la que, entre otros cambios, se escriba: “‘Casa’ con ka de ‘kilo’: kasa. ‘Queso’ con ka de kilo y sin u: ‘keso’. ‘Aquí’ con k de ‘kilo’ y sin su u ni tilde: ‘aki’. ‘Cielo’ con ese de ‘suelo’: sielo. ‘Zapato’ con ese de suelo: ‘sapato’. ‘General’ con joda de ‘joder’: jeneral. ‘Guerra’ con ge de ‘ganas’ pero sin u: ‘gerra’. ‘Guevon’ con u sin diéresis ni tilde: ‘guevon’. ‘Burro’ con be de burro: ‘burro’. ‘Vaca’ con be de burro: ‘baca’. ‘Hijueputa’ sin hache: ‘ijueputa’”.

¿Pero estos cambios sí simplificarían las cosas? ¿O qué es “simplificar” en gramática? Para Fernando Ávila, quitar las tildes. En 1952 se quitaron las de “dio”, “fe”, “vio”... Más de 70 años después, todavía hay notarias en las que dicen “el notario dió fé...”, ambas tildadas, dice Ávila. Recientemente se quitó la tilde de guión, pero muchos siguen usándola. Otrora también se usaba “trasteo” en vez de “trasteo”, y a “bahareque” le suprimieron una la h y la segunda a. Esto, así como el acortamiento de palabras (como otorrino en otorrinolaringólogo), evitan los “enredos”.

Villa anota que “uno de los principios de la ortografía castellana es que cada fonema tenga un grafema, es decir, que cada sonido tenga una letras que lo representen”. Pero el sonido de la “v” o “b” lo representamos con uve y la b barrigona. Así que ese principio, que es “parte del espíritu del español”, no se cumple. Y probablemente seguirá así hasta que los hablantes decidan.

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Kirvin Larios

Periodista cultural de EL COLOMBIANO. Autor de “Por eso yo me quedo en mi casa”. Es el gemelo zurdo.

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