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  • Chrysocale ignita. Foto: cortesía Indiana Cristo.
    Chrysocale ignita. Foto: cortesía Indiana Cristo.

Una reivindicación de las polillas

La mayoría de las personas odian a las polillas. Las ven como plagas, malos augurios o primas poco agraciadas de las mariposas. Esta historia invita a darles una segunda oportunidad a esas eternas segundonas.

Santiago Wills | Publicado el 04 de septiembre de 2022

Entre el otoño de 2018 y el otoño de 2019, un grupo de científicos del Instituto Max Planck, en Alemania, acomodó unos pequeños radiotransmisores en los cuerpos de 14 esfinges de la muerte africanas (Acherontia atropos), una célebre especie de polilla en cuyo tórax aparece una marca similar a una calavera. Las liberaron desde un aeropuerto en grupos de dos o tres y siguieron sus vuelos sobre las montañas a bordo de un avión Cessna. Una de ellas voló durante cuatro horas casi 90 kilómetros hasta los Alpes suizos, mientras uno de los investigadores localizaba su señal desde la compuerta del avión. A pesar de los vientos, las polillas volaron prácticamente en línea recta (una persona que conozco que tiene un gran miedo a las mariposas citaba su revoloteo irregular como la principal razón de su fobia). Nunca se había registrado con tanto detalle el vuelo de un insecto, y mucho menos el de una polilla.

Años atrás, otros científicos habían usado instrumentos similares para seguir el trayecto de libélulas verdes (Anax junius) y mariposas monarca (Danaus plexippus). Cada año, miles de millones de insectos cruzan mares, estrechos y cordilleras en busca de alimentos, climas benévolos y espacios propicios para reproducirse. Las migraciones de mariposas como las monarcas suelen atraer la mayor parte de la atención del mundo científico. En general, en el mundo de la entomología —el estudio de los insectos— y de la lepidopterología —el estudio de las mariposas y las polillas—, las primeras se llevan la mayoría de los titulares.

A lo largo de la historia, las polillas han ocupado un lugar secundario en casi todos los ámbitos. Lorca, Emily Dickinson, Wordsworth, Rubén Darío, Frost y Borges celebraron a las mariposas en sus poemas. Flaubert las usó repetidamente como fuentes de metáforas en Madame Bovary, Eduardo Escobar les dedicó varias odas y García Márquez las volvió íconos de Colombia. Churchill, Neruda y Nabokov las coleccionaron. (Este último las persiguió en Rusia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. “El aureliano”, uno de sus cuentos, narra la historia de un coleccionista alemán que sueña con capturar el azul sobrenatural de las Morpho en Sudamérica. El nombre del cuento es un viejo modo de nombrar a los estudiosos de las mariposas y polillas. En Europa, en las sociedades aurelianas —aurelia era el nombre dado a la crisálida; la palabra viene del latín aurum: oro—, aristócratas solían compartir sus capturas y descubrimientos, algo que quizás García Márquez conocía).

Culturas de todo el mundo hicieron de las mariposas símbolos de la transformación, la belleza y el alma. En su Historia de los animales, por ejemplo, Aristóteles usa la palabra psyche —alma— como sinónimo para mariposa. Milenios después, Santiago Ramón y Cajal, uno de los padres de la neurociencia, llamó “mariposas del alma” a las neuronas piramidales de nuestro cerebro. (“[Son] células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental”).

Cuesta encontrar exaltaciones similares en honor de las polillas. En comparación con las mariposas, hay pocos poemas que las mencionen. En el imaginario común, son plagas sombrías que devoran plantas, cultivos y ropa. Las polillas negras anuncian muertes cercanas, correos, cartas y —quizás lo peor— visitas indeseadas. Representan la oscuridad y el horror de la noche. Desde hace siglos, son objeto de burla por su relación con el fuego: “Verdaderamente, temo la estúpida muerte de la polilla”, escribió Esquilo; “Sé la llama, no la polilla”, dice una frase seguramente apócrifa atribuida a Casanova; y preguntó Dickens, en Grandes esperanzas: “Polillas y toda clase de criaturas desagradables revolotean alrededor de una vela encendida. ¿La vela puede evitarlo?”.

Ciertamente, hay excepciones. Virginia Woolf, Scott Fitzgerald, Mary Oliver, Ferlinghetti y Jennifer O’Grady les dedicaron palabras bellas, y Buson uno de sus más perfectos haikus: “En la campana del templo de una tonelada / una polilla de luna, plegada en el sueño, / se queda quieta”. Pero la norma es que las personas vean a las polillas como versiones descoloridas o malvadas de las mariposas.

Es una visión injusta. La variedad y las formas de las polillas supera con creces las de las mariposas. En el mundo, se estima que hay cerca de 160.000 especies de polillas y alrededor de 17.500 especies de mariposas (en Colombia, estimaciones conservadoras calculan 20.000 de las primeras y 3.642 de las segundas, según Indiana Cristóbal Ríos, el entomólogo a cargo de la colección de lepidópteros del Instituto Humboldt, en Villa de Leyva). Entre las polillas, hay satúrnidas con envergaduras de entre 25 y 30 centímetros, la mitad de la altura de un bebé recién nacido; esfíngidos de alas color jade recubiertas por escamas que parecen gamuza (el polvo que dejan las mariposas y las polillas cuando alguien las toca son justamente miles y miles de pequeñas escamas; lepidos en griego significa escama); y geometroideos blancos y grises que podrían pasar por abanicos de papel miniatura. Hay polillas que parecen avispas, pedazos de corteza recubiertos de musgos o moscas comunes. Otras con formas de cometas, antenas como bigotes y torsos invisibles. Muchas tienen alas que semiabiertas imitan el rostro de un búho, ocelos que semejan ojos, rayas de tigres de bengala, patrones similares a los de serpientes, y combinaciones de colores que incluyen azules tornasolados, nácar y el naranja encendido de una brasa.

Algunas polillas desarrollaron tímpanos —pequeños hoyos entre el
tórax y el abdomen— para percibir el sonar de los murciélagos y otros sonidos. Otras son superpolinizadoras, obreras nocturnas cuya labor, junto con el de otros insectos y mamíferos, permite que sobrevivan el agave y centenares de cultivos. Y todas, mariposas incluidas, reciclan la materia orgánica —hojas, madera, corteza, mierda y cadáveres— de los bosques, las selvas y las montañas.

Pero la realidad es que todo es un engaño. Todo nace de una equivocación. Estudios genéticos recientes se toparon con problemas a la hora de separar mariposas (antiguamente Rhopalocera) y polillas (antes Heterocera). Hay polillas que serían mariposas, mariposas que serían polillas y una familia de mariposas-polillas (Hedylidae) que hasta hace poco daba dolores de cabeza a los taxónomos. Las mariposas no existen. Las polillas tampoco. Hay lepidópteros de cuatro subórdenes, pero ninguna palabra común para referirse correctamente a ellos. Todos son artificios, como los que tanto atraían a Nabokov: disfraces de gusanos, orugas o larvas.

*Periodista y escritor. Autor del libro Jaguar.

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