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  • Foto: Haroldo Varela
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“El arte es inútil para la gente práctica”

Mónica Quintero Restrepo | Publicado el 06 de marzo de 2022

Álvaro Barrios define su obra como una máquina del tiempo: Esa ilusión de la humanidad de viajar hacia el pasado y el futuro. Supo de ellas por Trucutú, una tira cómica que descubrió antes de aprender a leer y que contaba la historia de un científico que teletransportó a un hombre desde la edad de piedra hasta los años 50. Recuerda a Ray Bradbury, que tiene en sus cuentos fantasías muy inquietantes, como esa de que alguien viaja al pasado y pisa accidentalmente una mariposa y eso repercute muchos años después: puede que el deshielo de los polos tenga que ver con esa mariposa pisada 5.000 años antes.

—En el caso mío, el paralelo que hago es que retorno a mi infancia no solo como una zona de protección, también como una caja mágica de la que extraigo gran parte de mis fantasías y me tomo las licencias que un adulto ya no se atreve a tomar. Todos sabemos que los niños aparentemente nacen con la facultad de crear, y pintan o dibujan, lo hacen muy libremente, pero los adultos los limitan haciéndoles creer que están realizando unas obras imperfectas, equivocadas, y lo que hacen es limitar la creatividad que más tarde el adulto trata de recuperar y no puede, a menos que tenga una absoluta libertad de la imaginación y del sentido creativo para plasmarlo en sus en sus obras de arte, en el caso de los adultos que somos artistas.

—¿Es una reivindicación de ser niño?

—Más que el niño, ese período que es la infancia, pero no tanto a infantilizar al ser humano, sino hacerlo recuperar la libertad creativa.

—¿Y cómo era usted de niño?

—¡Era un viejo! Yo antes de saber leer y escribir, ya dibujaba y le pedía a mis padres que me leyeran las tiras cómicas, y me fascinaban las mudas, en esas que solamente hay que leer las imágenes. Digo que era viejo, obviamente con ironía, porque a mí no me gustaban los juegos colectivos, esos en donde se necesita un grupo de niños. Mis juegos eran solitarios, tenía ese gran interés por la lectura desde los 5 años, bueno, desde antes porque las tiras cómicas son otra forma de lectura. Mis padres me inculcaron que las siguiera leyendo, no les pareció inadecuado porque tenían la teoría de que en un niño que fuera un buen lector de cómics sería un buen lector de obras maestras de la literatura.

Y así fue, concluye Álvaro. Sus padres se preocuparon por darle lecturas acordes a su edad, y eso le parece preciso: las ideas deben llegar en su momento, y él se ha hecho lector como subiendo una escalera. Es uno lento, que le interesa que lo escrito penetre en el alma.

—¿Cómo ha sido esa relación con la lectura?

—He tenido un par de obras muy complejas que no logré disfrutar, a pesar de que entiendo las razones por las cuales los escritores hicieron esos experimentos. Para mí fue imposible disfrutar el Ulises de Joyce. Mucha gente dice que es una obra maestra, pero yo si no siento que disfruto una obra de arte, la dejo a un lado y no me martirizó, porque me parece que la vida es muy corta. Y creo que la vida es muy corta para leer el Ulises de Joyce, con todo el respeto y admiración por un escritor profundo. Hay otros escritores complejos que me atraen más, me atrae la complejidad de Borges, por ejemplo. Hay un poquito de él en mi obra, en el sentido de que Borges inventa una serie de cosas, pero las escribe y las describe, y nos transmite ese invento de una manera que nos hace creer que es real lo que dice, o que está diciendo algo en serio y algo que fue verdad, y resulta que todo es inventado. Ese cinismo de Borges tiene a su vez un encanto, es una fantasía elaborada que es más o menos lo que yo intento hacer con mis obras, que aluden con frecuencia a la historia del arte, y los textos que yo utilizo en mis pinturas o en los dibujos y grabados hablan muy seriamente de ciertos hechos y aspectos de la cultura y de la vida que parecen reales y son inventados por mí.

—¿Usted es un poeta del arte?

—Yo entiendo la poesía no necesariamente como algo escrito. Es un hecho de la existencia, que puede estar en las situaciones diarias, en la naturaleza, pero tiene que haber una comunicación entre lo que ocurre, lo que acontece y el llamado poeta. El poeta es el que logra ver más allá de lo que se ve en la apariencia y captar unos hechos muy especiales que comunican la belleza en forma particular y que provoca en los otros un cierto tipo de emoción. Eso me interesa en mi arte. Por eso los poetas no tienen que ser escritores ni los escritores poetas tienen que escribir en verso. Una novela como Cien años de soledad es poética. A mí me gusta mucho que La Ilíada se le considere un poema, más que por la forma, por el contenido. Eso se puede trasladar a las artes plásticas. Es más fácil de entender si se tiene en cuenta que mis obras tienen literatura, porque los textos pertenecen al género de la literatura. No quiero que se me llame escritor porque si tengo algún error literario, pues me excusó y digo, yo no soy un escritor. Nunca me he considerado formalmente un poeta, me daría miedo que me llamen así, en cambio, no me da miedo decir que soy un artista visual o plástico o conceptual, que es un artista que se permite la unión de muchas clases de arte en una sola cosa.

—¿Y la inspiración?

—Cuando empecé a usar la palabra sin miedo, lo hice un poco en rechazo a esa moda juvenil, que no sé si todos tienen en algún período de la vida, de rechazar la inspiración como si fuera algo romántico que no existiera. La inspiración, dejémosle ese nombre que es bonito, no entiendo por qué vamos a cambiarlo, sí existe, y no es un hecho romántico. Es esa chispa que se prende en el interior de un ser humano, pero que no tiene que ver con la investigación científica ni con los inventos, como cuando se inventó la rueda o los romanos inventaron el arco. Eso no está relacionado con el arte. Cuando uno acepta que es un artista tiene ese impulso, que no sabe en qué momento es el inicio de una idea artística o de un hecho poético. Algunas veces las ideas creativas son más simples, otras son más complejas y abarcan muchos más aspectos de la vida. Tal vez la posteridad es la que va a dar el juicio final respecto a la pequeñez o grandeza de esa idea creativa que surgió.

Las referencias hacen parte de la obra de Álvaro Barrios, y por eso a veces allí aparecen Mendelssohn, Cortázar, Matisse o Supermán. Marcel Duchamp ha sido su gran influencia, a quien le ha dedicado varias piezas, como Sueños con Marcel Duchamp. Lo descubrió leyéndolo, no viéndolo, y eso marcó su relación artística.

—Es un misterio lo que otros han creado, porque como viene de su interior. El arte para que cumpla una función tiene que comunicar. Un arte que no comunique, ¿de qué sirve? A lo mejor sí existe, pero no sirve. Lógicamente que el arte no sirve para cosas útiles, es inútil para la gente práctica, pero sí es útil si se trata de comunicar cosas interiores. No todos reciben esa comunicación, por eso algunas personas quedan impasibles ante la obra de los artistas, en cambio, otros se emocionan mucho, porque reciben esa comunicación adecuadamente, o tienen una afinidad, una empatía en dar y recibir. De aquí viene que yo tome las referencias, porque son con base a creaciones de otros, que yo las elaboró para desarrollar mis creaciones.

—¿Cómo descubrió a Duchamp?

—Yo tomaba referencias desde niño, porque los cómics eran una referencia. Estudiando arquitectura cayó en mis manos un libro de entrevistas que se llama Habla el artista, no recuerdo ni quién es el autor, solo que había una de Duchamp, y este libro no tenía ninguna ilustración, de manera que lo que recibí de él fueron sus ideas, no las imágenes de sus obras, que va muy acorde con el criterio de Duchamp de que hay que trabajar por un arte empapado de poesía y conocimiento, que no vaya a la retina, que no esté dirigido a la vista, sino al interior de cada ser humano. Así fue mi primer encuentro con Duchamp. Me pareció verdaderamente extraordinario y único, y en ese sentido fue y sigue siendo una gran influencia para mí y un modelo a seguir, no a repetir.

—¿Y si lo hubiera visto antes, cree que igual lo hubiera influenciado?

—Tal vez hubiera sido de otra manera, porque para ser sincero, nunca lo he dicho, la pintura de Duchamp no me enloquece, no me quita el sueño. Hay algunas obras maestras suyas como El desnudo bajando a una escalera, que es una obra maestra del cubismo, pero un cubismo diferente del de Picasso y del de Braque, y que cambió el rumbo de la pintura norteamericana. Mucha gente habla de Pollock como el gran pintor americano que cambió propuestas y bueno, tienen razón en cuanto a su importancia, pero no hay que desconocer ni demeritar ni subvalorar, por todo lo contrario, el valor que tuvo la presencia de Duchamp en Norteamérica, el haberse ido a vivir allá. Nadie hizo cubismo después de haber visto El desnudo bajando la escalera en los Estados Unidos, obviamente porque ya los maestros cubistas desarrollaron el clímax de esta corriente artística. Duchamp tampoco se quedó en nada, él siempre iba hacia lo que vendrá, y lo que vendrá es algo que veía dentro de él. A él no le interesaban lo que decían los otros. Sus ideas me parecen mucho más importantes que sus pinturas, pero no quiero decir que sean secundarias.

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