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Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. Conversar, redescubrir ese placer tan humano es la edición para leer en enero.

  • José Zuleta Ortiz escribió una novela autobiográfica para contarle a su mamá su vida, esa que no conoció porque lo dejó cuando estaba niño. Foto: Cortesía autor.
    José Zuleta Ortiz escribió una novela autobiográfica para contarle a su mamá su vida, esa que no conoció porque lo dejó cuando estaba niño. Foto: Cortesía autor.
  • “Estoy contando a mi madre una versión de mi vida”: José Zuleta
  • “Estoy contando a mi madre una versión de mi vida”: José Zuleta

“Estoy contando a mi madre una versión de mi vida”: José Zuleta

La vida de José Zuleta Ortiz ha sido una aventura. En esta novela se la cuenta a su madre, con quien no creció ni estuvo durante mucho tiempo. No alcanzó a hacerlo mientras estaba viva, pero escribió este libro.

Mónica Quintero Restrepo | Publicado el 26 de noviembre de 2022

Lo que no fue dicho, la novela con la que José Zuleta Ortiz ganó el Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura, empieza con un poema: Atisbo la infancia como un débil fulgor de imágenes remotas. El escritor lo que hará en las siguientes 259 páginas es contarle la vida a su mamá, reescribirla. Él es hijo del pensador Estanislao Zuleta y de María del Rosario Ortiz, a quien no vio por muchísimo tiempo, más de 20.

—En el primer capítulo yo hago una metáfora de eso, dice así: “Miré las calles y vi los fragmentos de piedra que lucen los andenes de Lisboa. Recordé haber leído que luego del terremoto que la devastó en 1755, a falta de otros materiales, decidieron utilizar los escombros para reconstruir con ellos las ruas. Caminan sobre los lustrosos escombros de su destrucción”. Entonces digo: “Recordar mi historia para contarla a mi madre será como armar un sendero con fragmentos, piedras claras, oscuras, mosaico de una vida truculenta y azarosa”. Ahí se complementa un poco eso, la novela está armada con fragmentos, raros y oscuros, y con eso se hace un gran mosaico que es Lo que no fue dicho.

—Además es autobiográfica, que ha dicho es una forma que le funciona

—Creo que todo es autobiografía, todos los escritos. La despensa del escritor es su vida. Hay unos que de algún modo ficcionan más, se ponen en tercera persona, que buscan alter egos o que esos rastros de su vida están dispersos en muchos personajes, pero todos escribimos sobre lo que hemos hecho, lo que hemos vivido, leído, toda escritura es autobiográfica, de alguna manera. En mi caso, tengo cuentos muy autobiográficos, históricos, que son absolutamente fantasías, pero todos están cargados de autobiografía. Esta novela, por lo que es, tratar de contarle a mi madre lo que fue mi vida, esa que ella no conoció, que es casi toda, desde luego es autobiográfica, pero también está muy ficcionada, porque le estoy contando una versión de mi vida y de mi infancia y de mi juventud. Esta novela está construida para ella. Es una versión para ella.

—No alcanzó a contarle su vida porque murió antes, ¿pero esta novela ya lo libera? Uno no sabe dónde están los muertos, pero de pronto...

—Sí, ese era el propósito, y por eso se llama Lo que no fue dicho. Ella donde quiera que esté, como se dice habitualmente, ahí la tiene.

—Este libro, al final, es para contar las aventuras de José, que han sido muchas

—Sí, es verdad, primero porque inclusive desde la infancia, mi padre era muy nómada, nosotros vivíamos un año en una casa, otro año en otra, vivimos en varias ciudades, en esas ciudades vivimos en muchos sitios, y luego yo me fui muy temprano y también tuve una especie de deriva, tuve muchos oficios, muchos trabajos. Nunca tuve una estabilidad, tenía trabajos que además eran muy interesantes, en el campo, en la ciudad, y ahí están contados. Fui ayudante de un camión, trabajé en una droguería como mensajero, hay muchas cosas que además me formaron. Para un escritor ese material, que es su vida, si su vida ha sido intensa y llena de experiencias, mejor.

—De las aventuras más divertidas fue ser ayudante de camión

—Sí, es un oficio en movimiento

—Y ahí hubo una lección importante y bella sobre que todos somos dispensables: la palabra es del dueño del camión, que lo reemplazó fácilmente.

—Nunca había caído en cuenta de la palabra, porque la palabra común que utilizamos corrientemente es indispensable, pero él me dijo que todos somos dispensables, y yo quedé, yo no sé ese señor a quién le oyó esa palabra, por qué la conocía, pero cuando me dijo eso fue como “wow”, esto es una verdad terrible, esto es lo más serio y esto lo tengo que saber y meter dentro de mí para tenerlo presente todo el tiempo.

Esta es la primera novela de José Zuleta Ortiz, porque aunque ha escrito desde que aprendió a escribir, lo hacía no para publicar que, precisa, son cosas muy distintas. Lo suyo, sobre todo, han sido los cuentos y los poemas, y su primer libro apareció en 2002, después de que se ganó la primera edición del Premio Nacional de Poesía Héctor Trejos, que se realizaba en Riosucio, Caldas. Mandó su poemario animado por amigos y se lo ganó, y ese premio fue un llamado, sintió que el mensaje era claro: párese bolas en eso de escribir.

—Escribía más para aprender, sin ánimo de publicar. Primero no le mostraba a nadie, y luego comencé a compartirlos en algunas tertulias con unos pocos amigos y era básicamente un proceso de aprendizaje. Me gusta mucho el cuento, la poesía, y escribí en esos 20 años parte de mi obra cuentística, en la década de los 80 escribí más de 20 cuentos, y en los 90 otros tantos, y por eso luego ya pude publicar, después de pulirlos, de seleccionar, de hacer una criba de todo eso que había escrito. Empecé a organizar, es que yo escribía y dejaba las cosas ahí, y después ya estuve mirando todo lo que había escrito y a reescribirlo, y fue un proceso bonito.

—Se aceptó como escritor

—Sí, un poco entender que sí, que eso tenía valor y ese era mi camino. Lo que pasa es que yo llevaba una vida un poco vertiginosa entre el trabajo, muchas cosas a las que me metía, organizar festivales, trabajar en publicidad que es muy asfixiante, que me exigía mucho tiempo, y estando tan atareado, la vida me llevaba, más que yo llevarla. Lo que escribía estaba ahí en suspenso, yo decía, “un día de estos me dedico”. Hasta que llegó ese premio.

—Hay un episodio en el que Estanislao, el papá, le pide que le muestre algo, y José responde, voy a mirar qué, porque escribo en libretas y con letra de niño. ¿Entonces su papá no leyó nada suyo?

—Él leyó un cuento que publiqué en 1981 en una revista que se llamaba Luciérnagas, leyó ese cuento, se llama Abandono, es muy malo. Incluso no lo tengo, no está en mis carpetas ni siquiera, no lo tengo en word. Seguramente me dijo algo que no recuerdo, algo así como muy bien, pero él sabía que yo escribía. También conocía un par de poemas, que tampoco he publicado ni voy a publicar. Uno de esos le gustó y me lo dijo, pero hasta ahí. Él sí sabía que yo escribía porque teníamos unos amigos comunes, sobre todo un amigo en común al cuál yo sí le mostraba cosas y él le contó.

—En la novela la abuela es muy importante, y le repetía un consejo: “No te repitas”. ¿De qué le sirvió?

—Ella era una mujer muy gozosa, y muy dada a vivir a la alegría, y ella me dijo eso, no sé con qué intención. Es una frase de abuela que puede volverse un lugar común si se repite mucho, pero esa oración es muy poderosa, no te repitas son dos palabras y ahí hay una postura vital. Es hacer consciencia de que hay una sola vida, la repetición es negarse a otras cosas, es decir, cuando uno termina de trabajar 25 años como cajero de un banco, uno dejó de vivir 25 años, con que hubiera sido cajero de un banco un mes, usted ya sabe qué es eso. Detrás de esas dos palabras hay una consciencia del tiempo profunda. No te repitas es que el tiempo vale y solo tienes uno, y debes tratar de aprovecharlo. Comprendí temprano esas dos palabras, pensé mucho en lo que implicaban, todo lo que querían decir.

—Tener esos padres, llamémoslos “extraños”, lo llevó a una búsqueda de la libertad

—En la novela hay una reflexión sobre la familia, que tiene que ver con que la familia es importantísima y es el núcleo y es la célula de la sociedad y todas esas cosas que se dicen, y también el lugar de los afectos y de alguna manera es una seguridad, pero la familia también construye sobre los individuos unas expectativas que son las de los padres sobre los hijos, y se vuelven una carga para quien es expectado, para aquella persona de la cual se espera qué. Son una carga difícil de llevar y cuando uno de pronto rompe y sale, independientemente del momento en que lo haga, se libera de esas expectativas y entiende que uno puede gobernar su vida solo, sin que nadie espere nada de ella. De pronto es una manera de decir ya no esperen de mí nada, yo voy a ver. Eso es muy liberador. Irse de la casa es liberador, creo yo, para todos. Yo hago una reflexión ahí, a veces las parejas, en algunas ocasiones cuando se separan, esto casi nadie se atreve a decirlo, se sienten libres, casi que salen ganando ambos, y eso nadie lo dice porque existe el estereotipo de que vivir en pareja es lo que hay que hacer, de que eso está bien sin saber qué se está viviendo en la pareja, porque si están juntos están bien, pero hay muchísimas parejas que están juntas y no están bien. O está bien uno, o están a medias los dos, y no son capaces de separarse por los hijos o por las expectativas que generamos o porque es decir fracasamos. Esas cosas hay que pensarlas y asumirlas.

“Estoy contando a mi madre una versión de mi vida”: José Zuleta

—¿Lo que no fue dicho es una novela de amor, a los padres, a la abuela, a los amigos, a las parejas que se dejan ir?

—Es una novela de amor, eso es, a las personas a las cuales mencionaste y a los hermanos, a los amigos, a las personas que me topé. Es una acción de gracias y de amor.

—Incluso el personaje dice que tuvo una madrastra que fue una mamá y una mamá que fue una madrastra, y ahí hay amor

—Ella de alguna manera cubrió esa soledad, la ruptura con la madre biológica, ella es una especie de armonía, de amor, de poesía.

—Tras escribir la novela, ¿qué mamá quedó?

—La novela es la construcción de una madre, es la construcción de alguien que no estuvo, y para mí era muy importante hacer eso. Mi padre sí estuvo, y con él si tuve una relación, es ambivalente como todas las relaciones, pero hay un capítulo en el que le hago un retrato y un poema, cuando él muere, en el que le digo lo que él significa.

—En esa ambivalencia uno siente que José, el personaje, le responde al padre con reflexiones “filosóficas”, que lo dejaban entre feliz y desconcertado. Tal vez se parecía a él...

—Pues no sé, no creo que fuera por eso. Hay una cosa que ocurre entre los adolescentes y los padres, y es una especie de búsqueda, el adolescente se para frente al padre y frente a la madre para confrontarse con ellos mismos, para preguntarse yo quién soy, otra vez lo de las expectativas, ustedes quieren que yo sea, pero yo qué soy, y ahí se produce el conflicto que todos tenemos con nuestros padres. Con él tuvimos unas conversaciones fuertes y duras y productivas para los dos.

—Y muchos aprendizajes, por ejemplo no iban al colegio, pero leían mucho. A usted lo formaron los libros

—Esa es una gratitud inmensa con Yolanda González (su madrastra) y Estanislao Zuleta, eso sí nos brindaron, la literatura en todas sus formas, además de una manera muy bella. Ellos eran muy buenos lectores, tenían muy buen gusto literario y nos leían en voz alta, y cuando uno escucha leer bien buena literatura, nada lo forma a uno más. Eso lo tengo claro, es una gratitud que no tengo con qué pagar.

—En Lo que no fue dicho construye a los personajes en su humanidad, no se guarda las contradicciones ni las tristezas, ni lo malo ni lo bueno. Su papá es el gran filósofo para muchos, pero en la novela es el ser humano, el papá. Igual pasa con su madre

—La literatura tiene ese propósito, de indagar, no juzgar, no mirar desde ningún prejuicio a nadie y tampoco ahorrarse nada. Muchos de los prejuicios son pereza. Una de las cosas que hace la literatura es tratar de mirar de una manera intensa, compleja y profunda y no ahorrarse los matices de los seres, tratar de comprenderlos íntegramente, no tomar ningún tipo de partido ni mirar a nadie a partir de ningún prejuicio, sino tratar de saber, de preguntarse por esa diversidad y por esa maraña de cosas que es cada ser, y trata de ver ahí lo que sea luminoso y también lo oscuro y no ahorrarse la angustia de pensarlo o la intensidad de esa aproximación a ellos, que puede ser angustiosa o placentera. Nosotros siempre tendemos a hacer juicios muy rápidos sobre los seres humanos, y eso termina haciéndonos muy superficiales en nuestras relaciones y en lo que tenemos adentro sobre los seres humanos. Yo por eso me metí a trabajar en las cárceles, porque esa gente está proscrita, señalada, condenada, y hay ahí una gente talentosísima, amorosísima, hay gente de una solidaridad inmensa, pero no, hay una mirada unilateral impuesta sobre ellos. El periodismo, si lo miras bien, casi que hace un juicio moral sobre todo el mundo, todo el tiempo estamos calificando, diciendo bueno o malo o una persona que ha construido toda una vida, por ejemplo, y lo voy a decir de una forma muy trivial: Gerard Piqué le es infiel a Shakira y ese señor ya no importa que haya sido campeón del mundo, no importa que haya ganado todas las copas, no importa que haya estado 20 años corriendo como un loco y entregado a ese equipo, no importa nada... No importa que sea un buen padre, un buen hermano, un buen hijo, sino que ese señor se acabó. Lo acaba un periodista en una frase. Toda esa vida, todo lo que ese señor es, un periodista lo acaba en cinco palabras. Pero no solo un periodista, sino millones de personas lo acaban, lo sacan de su corazón, contra eso es que lucha la literatura, contra ese tipo de facilismos. Me refiero a él porque estamos en el mundial, pero podría coger un tema como Polanski o como tantas personas que hemos enterrado y condenado y pisoteado porque ya no son nada por prejuicios morales. Hay una frase de Nietzsche que me impresiona muchísimo y que tiene que ver con la esencia de lo que es el ser humano desde el punto de vista de la moral: él dice que un ser humano que mata a una cucaracha es un héroe y un ser humano que mata a una mariposa es un criminal.

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Lo que no fue dicho se terminó en 2021 y ganó el premio este año. Fue finalista con otros cuatro libros, Asedio animal, de Vanessa Londoño; Absolutamente todo, de Rubén Orozco; Camas gemelas, de Paola Caballero Daza, y Río Muerto, de Ricardo Silva Romero. Aunque el cuento le gusta mucho y la poesía también, José está terminando una nueva novela que publicará cuando esté lista, posiblemente el próximo año. La tenía abandonada, es más vieja que Lo que no fue dicho, pero que no creía en ella. Esta novela sobre su vida le ha ayudado a creer y ahí está, ya casi.

P. 159. Final del capítulo. Solo su corazón conoce las diminutas sílabas de lo que no dice, los duros enigmas con que teje su silencio. Sobre la banca, en la tarde, cuéntame, cuéntanos, así solo quieras hablar del vuelo de los pájaros, háblanos de ese que fuiste hace años. Ese que permite a tu soledad ser lo que temes, háblanos de lo que amaste, de lo que perdiste. Tú, el caminante de las últimas cumbres, cuenta conmigo, aunque no me cuentes nada.

$!“Estoy contando a mi madre una versión de mi vida”: José Zuleta

Si quiere más información:

Mónica Quintero Restrepo

Es periodista porque le gusta la cultura y escribir. A veces intenta con la ficción, y con los poemas, y es Camila Avril. Editora de la revista Generación. Estudió Hermenéutica Literaria.

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