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Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. Conversar, redescubrir ese placer tan humano es la edición para leer en enero.

  • J. J. Grandville, Scènes de la vie privée et publique des animaux, 1842, recreación de Ricardo Patiño.

    J. J. Grandville, Scènes de la vie privée et publique des animaux,

    1842, recreación de Ricardo Patiño.

Lo que advierten las palomas

Un cuento del escritor y profesor Efrén Giraldo, del libro El ícaro secreto y otros relatos, publicado por Sílaba Editores.

Efrén Giraldo | Publicado el 05 de noviembre de 2022

Pues, a ver, lo que se diga estar, estar, no es que estuviera. Pero sí se mantenía en el parque, ahí mismito, junto a la pata del caballo de Bolívar, en el bordito del pedestal, que era donde más le gustaba montar sus máquinas. Mamá lo había echado por borracho. Dormía en una pieza de Carabobo, subía a eso de las once de la mañana con el costal de trebejos y se ponía a armar sus aparatos, unas cosas enormes con alambres, perfiles metálicos y juguetes viejos. Decía que eran mundos que le daban vueltas en la cabeza, como fotos que se iban desempolvando. Lo acompañaba una muñequita con la que bailaba. También hacía unas cámaras de desecho. La gente le daba moneditas y a veces conversaba con él.

Lo de las palomas le vino de un día en el que la beba le dejó una resaca más fuerte que de costumbre y se despertó, según él, con un mensaje. Había dormido la rasca en una banca del parque y la llovizna lo había despertado con sus picotazos en la cara. De repente, lo que decían los animalitos —el gorjeo, creo que es como se dice— empezó a ser claro para él. Se sentó en las escalas de la Basílica Metropolitana y empezó a mirar a las aves. Compró un kilo de maíz y por un rato largo estuvo conversándoles. Una lo veía de lejos hablando como en susurros y diciendo que sí con la cabeza cuando alguna se le acercaba.

Decía que era como si al final hubiera encontrado su tarea. Así que esa tarde, con el despertar de la lluvia y todo eso, y luego de darle muchas vueltas al asunto, llegó a la pieza donde llevaba varios meses viviendo, y empezó a montar el puesto. Consiguió unas tablas y unos cartones y armó una especie de cabina pintada con los colores de la bandera nacional. Con una regla hizo después el letrero: “Se traduce de las palomas, las perdices y otros tipos de aves. Interpretación garantizada”.

La gente se le arrimaba como no queriendo la cosa, más bien por chiste. Los domingos, cuando las familias bajaban con los niños a la retreta, los padres le daban monedas. Notaban que era un hombre de buena condición, todavía agradable a la vista, caído por desgracia en las garras del trago. Solo recibía las monedas después de que iban a probar sus “servicios”, que era como él los llamaba. Llevaba a la persona hasta el puesto. Arrimaba las dos sillas a la fuente, se sentaba, se agarraba la cabeza y empezaba después a hablar de corrido, como si hubiera pasado por una cosa muy complicada. Al final, le decía al cliente la recomendación de las palomas. Escribía con mucho cuidado en una hojita amarilla, la doblaba y se la entregaba a la persona en un sobre donde ponía un sello. Parecía que hasta había conseguido personería jurídica.

“Esa de allá se queja del clima y aquella otra, la pintadita, dice que la vida se pondrá más cara. Vecino, arrímese que las aves no mienten. Y no se preocupen si no tienen plata, ahí están las palabras del Evangelio. Si los pájaros pueden conseguir el sustento, ¿por qué nosotros no? Ustedes valen más que los pájaros, lo dijo el mismo Cristo. Aunque, viendo las cosas, dama, caballero, uno no sabe qué pensar. ¿Somos mejores que los animales? No lo creo: vean las guerras, las bombas, el odio, el hambre. Ustedes dirán que exagero, pero es que si no lo digo así no me creen”.

Hablaba de esa manera bonita que hacía viajar a la mente, a pesar del tufo y la torpeza de borracho. Les juro que mi viejo era todo lo que yo quería por esa época. Pero, obvio, no dejaban que me le arrimara. Aunque, vean las ironías de la vida, yo aquí, casi en las mismas que él, a una cuadra del mismo parque. Pero no nos salgamos de la historia, les sigo contando mientras les sirvo el ron que me pidieron.

La idea del encierro sí creo que le vino de un viejito de otra época que andaba la calle con una cajita en la que había dos periquitos australianos, a los que les daba granos de alpiste para que sacaran un número de unas cajitas. Y ese número correspondía a un mensaje medio misterioso por el que la gente pagaba unas monedas. Era como un horóscopo, pero con pajaritos. O como las galletas de la suerte de los gringos, o los chinos, no sé. Cuando éramos chiquitos y papá nos llevaba a cine, veíamos al señor caminando hacia el parque del pueblo, para esperar a la gente que salía de misa. Una cosa rara, si uno piensa en que los curas han condenado la adivinación y las supersticiones. Como si una misa y comerse el cuerpo de Cristo no fueran eso, exactamente.

En fin, el caso, y para no alargarles el cuento, es que el viejo se puso a ver cómo agarraba a las palomas, pero no fue capaz. Por más bobos que se vean los avechuchos esos, no son fáciles de coger. Una los ve moverse con su andar torpe, pero qué va. No es sino que vean a alguien acercándose y de una emprenden el vuelo. Al final, resultó en la Minorista y allá se consiguió unos pichones, a los que le dio por alimentar con concentrado en el balcón de la pensión. A ratos, mi hermanito y yo nos volábamos para verlo a escondidas de mamá, y allá lo veíamos sin camisa, con un sombrero de plumas todo estrafalario que se había conseguido. Él insistía y juraba que podía anotar lo que los pájaros estaban diciéndole.

La cajita tenía unas ventanitas con un angeo y estaban aseguradas por unas bisagras doradas y un pasador con un muñequito. Mi papá se arrimaba y les susurraba algo, mientras los animalitos, con cara de no entender, a veces currucuteaban, o se quedaban callados. La gente le hacía corrillo y hasta terminaban preguntándole cosas. “O sea que qué es lo que hace usted”, le preguntaban. Y él: “Traductor de palomas, mi señora, interpreto lo que los pájaros tienen para anunciarle al mundo de los hombres. También puedo con las tórtolas y con algunas otras especies, a las que les he venido decodificando el idioma”. “¿Y puede con las loras?”, le preguntaba a veces algún chistoso. “Ese caso no lo trabajo, porque no hay que ayudarles para que hablen”, respondía. Y terminaba con una carcajada.

“Papá, ¿y cómo se llama el idioma?”, le preguntaba yo. “Pues, obvio, hija. Se llama arrullo o gorjeo: está en el diccionario. En otros países se llama zureo, creo que en Centroamérica, pero eso no lo he averiguado. Lo de currucuteo es una cosa más bien popular, que no sé de dónde viene”. Y seguía escribiendo en el cuaderno, mientras de esos trazos ilegibles, de esos mamarrachos que escribía hasta donde lo dejaba el temblor, iba saliendo el único sentido que por esos días podía encontrarle a la vida. Todavía tenía la foto de mamá pegada al lado del catre. Yo me dormía a su lado y empezaba a pensar que yo era uno de esos pajaritos que, aunque caídos del nido, o del zarzo, se resguardan bajo el ala pensando que nada malo les va a pasar.

Cuando el viejo se me murió, la cajita montada sobre el trípode quedó conmigo. Mi hermano, que ya se fue también de este mundo, dejó que me la quedara. De eso hace siglos. Todavía pueden verla aquí, adornando la barra de este negocio. Y vean qué buen juego hace con el retrato. Qué buena pinta tenía y qué simpático se veía con ese sombrero. Las plumas de pavo real y faisán, el penacho y la cinta morada. Todo un personaje del Parque Bolívar, mi viejo. Mucha gente, como ustedes, me pregunta quién es el hombre del poncherazo y qué hacen las palomas disecadas sobre la caja registradora. Y entonces les toca escuchar el cuento que acaban de oír. Un recuerdo de otra época, les contesto, aunque me callo lo más importante que tengo para decirles: que él fue y será siempre el hombre de mi vida.

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