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  • Imagen ilustrativa de Barcelona en los años 50. Foto: GettyImages.
    Imagen ilustrativa de Barcelona en los años 50. Foto: GettyImages.
  • La colometa entre palomares y cavernas

La colometa entre palomares y cavernas

Una reseña sobre La plaza del Diamante, novela de Mercè Rodoreda.

Juan Manuel Zuluaga Robledo | Publicado el 05 de noviembre de 2022

La plaza del Diamante se catapulta como un puño de hierro novelesco que colisiona contra la férrea dictadura franquista cuando es presentada a los lectores catalanes en 1962, mientras su autora Mercè Rodoreda se encuentra exiliada en Ginebra, Suiza, en tiempos en los que la lengua catalana es prohibida. Sin duda, es una novela que posee una evidente conexión intertextual con el Mito de la caverna de Platón en el Libro VII de La República, una de las alegorías filosóficas y metafísicas más estudiadas y comentadas del filósofo ateniense y de toda la historia del pensamiento occidental. En unos de su más conocidos pasajes, Platón por medio de Sócrates, en su conversación con Glaucón, reflexiona: “Imagina unos hombres en una habitación subterránea en forma de caverna con una gran abertura del lado de la luz. Se encuentran en ella desde su niñez, sujetos por cadenas que les inmovilizan las piernas y el cuello” (Platón 206). No es inconexo con todo el nivel de significación alegórico que encierra el palomar en la novela, el vocablo colometa en medio de la caverna platónica en la que Natalia, la protagonista de la novela, se encuentra prisionera: Colometa, vocablo catalán, significa paloma en castellano.

Este guiño intertextual entre esta novela de Rodoreda y el texto platónico se condensa en dos espacios urbanos barceloneses definidos que tienen como telón de fondo los últimos años de la Segunda República (1931-1936), el fragor de la Guerra Civil (1936-1939) y los primeros años de la postguerra conocidos como los años del hambre. En la obra subyacen estos lugares que funcionan precisamemente como alegorías en la obra: La plaza del Diamante y el palomar. De esa manera, inclusive el Quimet, esposo de Natalia, la protagonista, llega a afirmar que el palomar es el motor de la casa, es el pilar que sostiene el hogar. Asegura en un pasaje que “el palomar era el corazón, de dónde sale la sangre que da vueltas por el cuerpo y vuelve al corazón, y que las palomas salían del palomar que era el corazón...” (Rodoreda 116). De ahí que tanto la plaza como el palomar, son alegorías físicas, reales, mentales y oníricas del trauma que padece Natalia, la protagonista de la obra.

La colometa entre palomares y cavernas

Por tanto, la sumisión de la mujer en medio de la sociedad patriarcal de ese entonces, es la denuncia que Rodoreda pone de manifiesto. De ahí que gracias a estas ideas, se puede comprender la liberación posterior que experimenta Natalia en La plaza de diamante (entendida como referente urbano que refleja sus cambios de ánimo), cuando ya es esposa del tendero Antoni. Más aún, Natalia sufre agorafobia. Se puede desentrañar en su psicología, este curioso trastorno de ansiedad debido a su penosa condición como víctima de la opresión de su esposo.

Ahora bien, La plaza del diamante es una narración en primera persona, en la que una muchacha catalana de clase trabajadora, relata sus vicisitudes personales, es decir, la historia de opresión a la que es sometida por su marido, el Quimet. Su estoicismo y desazón a la hora de sobrevivir sin el marido —en su calidad de miliciano durante la confrontación entre republicanos y franquistas— a los rigores de la guerra, procurando la manutención de sus dos hijos, sin ayuda del esposo ausente. Y por último, su vida con el tendero Antoni, que le permite redescubrirse a sí misma, empoderarse, superar sus traumas y salir adelante.

Natalia escribe un diario o una libreta de apuntes, una suerte de escritura en primera persona, catártica, mientras rememora los acontecimientos de su vida. De este modo, Rodoreda utiliza una narrativa atropellada, repetitiva, con el claro objetivo de denotar la angustia que se cierne en el drama vivido por su protagonista. Es un efecto deliberado que procura la autora catalana por medio de la narración en primera persona, mientras las palabras se repiten en esos pensamientos internos desenfrenados y que dan cuenta del sentimiento de anulación, esclavitud, alienación y los cambios de humor que experimenta Natalia: “El mar no parecía de agua. Era gris y triste, porque estaba nublado. Y la hinchazón que le venía de adentro era la respiración de los peces y la rabia de los peces era la respiración del mar cuando el mar subía más alto lleno de crestas y burbujas” (Rodoreda 47).

En ese relato personal cargado de angustia y desazón confeccionado por Natalia, es posible estudiar al palomar que construye el Quimet, como un espacio alegórico, conectado con la creación platónica del mito de la caverna. La construcción del palomar por parte del esposo de Natalia, en la azotea del apartamento, replica perfectamente lo expuesto en el Libro VII de La república. De hecho, las palomas hacinadas en este espacio, son una sutil alegoría de los seres informes, confinados a la oscuridad, en el mito confeccionado por Platón, que están acostumbrados y condicionados a vivir en la más penosa esclavitud. El Quimet le confiere a este espacio una importancia inusitada. Es el corazón del hogar, el centro del núcleo familiar, tal como afirma el personaje. En momentos en los que su negocio de ebanistería va mal debido a su desidia, Este ebanista, al pontificar sobre el palomar como lugar de vital importancia, aduce que sin imprimir el menor esfuerzo en su mantenimiento, este se podría convertir en el sustento económico de la familia. De hecho llega un momento en el que el apartamento y el palomar se yuxtaponen, erigiéndose en uno solo, cuando las palomas transitan por el piso como si se tratase de un palomar a gran escala. Por eso, no se hace esperar la orden perentoria del Quimet a Natalia: “y dijo que teníamos que procurar tener más palomas, que vivían a la buena de Dios y sin dar trabajo” (116). Desde ese momento, el Quimet se obsesiona con la empresa de las palomas, confinándolas al cautiverio y a la reproducción, tal como coarta la libertad de Natalia, su “colometa” en el apartamento. Asegura que con el palomar, regulado y controlado por él, tal cual dictador, tal como si se tratase de un Estado totalitario, se convertiría en un hombre rico, y así no tendría que volver a su taller de ebanistería (119).

La visión limitada y sesgada que posee el Quimet sobre su ambiente circundante está sujeta al discurso de dominación machista y patriarcal que utiliza de manera constante. Está supeditada a la brutalidad, a la fuerza, a la dominación del hombre hacia la mujer. Cosmovisión que de entrada anula a Natalia. En el comienzo de la novela de Rodoreda en medio del ambiente festivo que tiene lugar en la Plaza del diamante, el Quimet persigue con frenesí a la protagonista a lo largo de este espacio público, emblemático de Barcelona. En medio de la persecución, el ebanista condena a la muchacha a una suerte de determinismo del que en el futuro ella no podrá escapar: “Y dijo que me había dicho que dentro de un año seria su señora y que yo ni le había mirado...” (Rodoreda 12). Acto seguido, el futuro miliciano republicano le asegura que dentro de poco él y la colometa estarán bailando los valses de Strauss en plena Plaza del Diamante (12). Es decir, en medio de su imposición de dominio, cosificación y animalización, ella será la esposa sometida a la vista de todos. Ella lo corrige y le asegura que su nombre es Natalia, y no colometa, pero el Quimet le borra su nombre por completo y la anula, confinándola a la oscuridad de la cueva platónica de la que en mucho tiempo no retorna a otear la luz exterior: “Lo miré muy incómoda y le dije que me llamaba Natalia y cuando le dije que me llamaba Natalia volvió a reírse y dijo que yo sólo podía tener un nombre: Colometa” (13).

La plaza del Diamante es la primera alegoría personal, psicológica de Natalia, ya que en su testimonio en primera persona, figura como el sitio en que ella comienza a perder su identidad, a animalizase como una colometa, a ser propiedad del Quimet. Este lugar cargado de simbología se puede conectar con un detalle simple que más adelante conlleva a la aparición de la segunda alegoría: el palomar equiparado al mito platónico. Este detalle sencillo radica en comprender la aparición de la paloma que llega herida al apartamento y deja una estela de sangre por el suelo (Rodoreda 72). Natalia la cura. El Quimet asegura que es una buena idea conservarla para que Antoni, su hijo, juegue con ella. La retienen unos días y piensan que de pronto es de un vecino propietario de un palomar. Sin embargo, al no advertir ningún tipo de criadero en el barrio, el Quimet decide construir un palomar en la azotea del edificio (73). Posteriormente, el ebanista ubica palomas de todos los tipos en la estructura, disputándose entre ellas el territorio, erigiéndose unas en amas y otras en súbditas, y reproduciéndose a pasos agigantados, gracias a los ponedores instalados por el ebanista.

En medio del confinamiento al que somete a Natalia, para ella la noche de bodas con el Quimet resulta ser un verdadero trauma. Tiene un pavor muy grande a que llegue el momento en que sostenga relaciones íntimas con su marido. El miedo a “ser partida” es inminente y cuando en lágrimas, le comunica a su marido sus temores, este, en medio del cinismo más exacerbado, se ríe de ella: “Y dijo que sí, que había habido un caso, el caso de la reina de Bustamante, que su marido, para no tener que molestarse, la hizo abrir por un caballo y de resultas se murió“ (54). La pérdida de su virginidad, de su himen, es tan traumática que siempre le evade el tema de la luna de miel, a la señora Enriqueta (54). Ella es una colometa, moviéndose al garete, según los apetitos sexuales de su esposo. Natalia, paloma prisionera en el palomar de su marido, no decide cuándo tener coitos. El carpintero es quien decide cuándo va a tener orgasmos y cuando van a hacer a un niño. El sexo es platónico: ella no sabrá lo que es tener un contacto sexual por placer y en plena comunicación con su cónyuge. Los actos sexuales se hacen en medio de la oscuridad de esa caverna platónica que es el apartamento, como un simple acto mecánico de reproducción, sin el placer que puede llegar a experimentar una mujer, mientras padece toda suerte de horrores. El placer es la realidad escondida y objetiva que ella no puede asir en medio de su mortificación (54).

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En efecto, por idea del Cintet, gran amigo del ebanista, las palomas son liberadas en el apartamento para salir airosas de la caverna en la que viven (Rodoreda 82). El Cintet convence al Quimet de que la naturaleza de las aves no va acorde con el hecho de vivir entre rejas y que merecen la libertad de vivir en el apartamento. Este espacio entonces se convierte en un palomar a gran escala, yuxtaponiéndose y mezclándose la vida familiar con los movimientos fisiológicos, rutinarios, cotidianos y reproductivos de los animales...en fin, con las heces de las palomas. Estas aves se encuentran subyugadas, al igual que una Natalia, maniatada y manipulada por su marido, sin capacidad de cuestionarlo, como un simple objeto para lograr sus caprichos. De tal suerte que la protagonista ya es una más de las colometas de su palomar. Más aún, tanto las palomas como Natalia no están acostumbradas a vivir en esa libertad. Ambas están condicionadas a vivir por el Quimet, bajo el cautiverio y son similares a los seres informes del mito platónico, acostumbrados a la oscuridad. En principio las aves dan tumbos a través del nuevo espacio que comienzan a habitar y dudan de los vestigios de realidad en dicho espacio. Es curiosa la manera cómo Natalia narra su traslado de la luz a las tinieblas, cuando describe que las palomas están muy recelosas al salir del palomar en fila, una detrás de la otra, temerosas de que se trate de una trampa.

Inclusive algunas de ellas vuelan hasta la barandilla y estudian su nueva situación. “Les pasaba que no estaban acostumbradas a la libertad y tardaban en meterse a ella...[ ]...las palomas, cuando estuvieron cansadas de volar, fueron bajando ahora una y luego otra, y se metieron en el palomar como viejas en misa...”(Rodoreda 83). En el libro VII, Sócrates describe la oprobiosa condición en la que viven estos hombres, al igual que las palomas del Quimet, atados con cadenas desde la niñez, en el fondo de la caverna, mientras arriba de ellos los baña la luz. “La luz les viene de un fuego encendido a una cierta distancia detrás de ellos sobre una eminencia del terreno. Entre ese fuego y los prisioneros, hay un camino elevado”, le explica Sócrates a Glaucón (Platón 206). Acto seguido, Socrates le comenta a su interlocutor que a lo largo de ese sendero, se debe imaginar un obstáculo, un muro infranqueable, que los ilusionistas edifican entre los prisioneros y los espectadores de su castigo (206). Están condicionados a mantener la cabeza inmóvil, sin advertir el objeto de la luz que los alumbra, ni el objeto que tienen detrás de sus espaldas. Es decir, no conocen el muro que está detrás de ellos, ni sus cadenas. Su cosmovisión solo se reduce a las tinieblas. Su única realidad son las sombras (206). Sócrates propone hipotéticamente hablando que si se liberase a uno de los prisioneros, tal como propone el Cintet con las palomas, es obligado a caminar hacia la luz, transita hacia su meta, sufre debido al encandilamiento que le produce la luminosidad, mientras no distingue los objetos de las sombras que observa en su cautiverio.

En suma, en La plaza del Diamante es posible apreciar su conexión con el mito de la caverna platónica, presente en La república, con dos alegorías que son fundamentales en la obra de Rodoreda: el palomar, que a su vez se convierte en el palomar-apartamento y también la alegoría de la plaza, vista como sitio de anulación y posteriormente, como espacio público en el que la Colometa encuentra el dominio de sus emociones, para comenzar a llamarse la señora Natalia. En medio de la dictadura del Quimet, es víctima de un trauma, con sus consabidos cambios de ánimo, ansiedad, agorafobia, mareos y desorientación.

La plaza del Diamante es un documento literario invaluable que ofrece aristas y perspectivas para estudiar la compleja situación de opresión que viven las mujeres barcelonesas durante los últimos años de La República, la Guerra Civil y la postguerra dictatorial, asimismo para comprender su aulación bajo el yugo masculino, como también su posterior liberación. La plaza del diamante, como espacio público y referente urbano, simboliza en principio, opresión y manipulación, pero en el desenlace de la trama compuesta por Rodoreda, connota liberación, autodominio, autodeterminación, empoderamiento femenino, cuestiones subversivas en la pacata sociedad franquista de ese tiempo, represora de lo catalán, en esos años 60 del siglo XX en los que se publica esta obra maestra de la literatura catalana.

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*Juan Manuel Zuluaga Robledo es comunicador social y periodista colombiano de la Universidad Pontificia Bolivariana, y magíster en ciencias políticas de la misma universidad. Obtuvo una maestría en arte y literatura por Illinois State University y un doctorado en literatura latinoamericana por University of Missouri. Trabajó como periodista en Vivir en El Poblado en la ciudad de Medellín y dirige la publicación literaria www.revistacronopio.com

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