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Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. Conversar, redescubrir ese placer tan humano es la edición para leer en enero.

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Mientras el cielo esté vacío

Así se llama el libro de Marta Cecilia Vélez Saldarriaga, que se publicó en la colección Letra x Letra (Novela) de la Editorial Eafit. Un recorrido por su historia.

Publicado el 19 de agosto de 2022

Por Nicolás Naranjo Boza

Quien aspira a crear una novela debe guiarse por un principio: ¿cómo hacer algo nuevo y a la vez comprensible, que llegue a quien pasa por la obra y le haga fácil captarla para conmoverlo? Pero sobre todo, lograr hacerle experimentar aquello que tiene ante sus ojos y se rehúsa a ver. O sea, no volver a hacer lo mismo, traer mediante la obra aspectos de la vida para dejarlos ahí en toda su crudeza y en toda su verdad. Gústennos o no. Es el caso de esta novela.

La novela revela, poco a poco, cómo las protagonistas, Elena y Noemi, llevadas por la adversidad más desamparada y acuciante, refrenan sentimientos e ideas hasta poderles dar cabida como se debe. Uno sigue la larga espera para desembocar de manera sorprendente en la ansiada revelación, inclusive si no se está preparado para ella. Porque se plasma cómo todo se ha trastocado: la niñez hecha para gozar y prepararse para la madurez ya no tiene cabida y, con apenas los elementos prematuros del desarrollo truncado, debe enfrentar la demencia de adultos llevada a extremos insoportables para cualquiera.

La autora, conocedora del arquetipo jungiano (un pilar de la cultura del siglo XX), trata el derrumbamiento del respeto por la vida y la dignidad humana. Nos brinda escenas de la psique desgarradoras hasta la médula. En la obra de Jung los instintos tienen cabida, no son tenidos como algo para ocultar y algo “malo” sino precisamente es necesario incorporarlos, ampliar la tan traída racionalidad...

En la línea de Jung, se ocupa de la necesidad social de que existan sibilas y del desdoblamiento necesario para enunciar lo duro de nombrar o del papel determinante del sueño como revelador de realidades internas... La “guardiana de los muertos”, es un personaje nodal en la novela: es humano pero a la vez encarnación de cualidades legendarias y míticas al modo griego de la era trágica del pensamiento. Esta mujer permanece en donde han tenido lugar los horribles acontecimientos y da las claves necesarias para lograr la iniciación de Elena, a su corta edad, en realidades complejas causadas por aquellos espíritus torcidos quienes buscan acabar con lo más sagrado: la comunidad humana, el compartir diario, la solidaridad.

Esos segadores de la vida implantan el terror y la barbarie con cortas miras donde apenas caben sus propias bajas pasiones en sus formas humanas animales, y siembran la podredumbre. Los llamados “mochacabezas” de la obra se apoderan a la brava del bien común pasando por encima de toda humanidad —poniendo en práctica la base de la guerra que nuestro país revive y revive desde hace más de 200 años—.

La niña debe reconocerlo y empezar desde ahí a reconstruir, volver a relacionarse con lazos sociales saludables, entrando en los tejidos que unen a una comunidad. Cueste lo que cueste. En la patria de la pequeña, como en la nuestra, parece que aún no frena ese deseo de quitar la tierra a otros (preocupante como es esa sobrevivencia de prácticas feudales medievales en pleno siglo XXI).

La autora nos pone frente a contenidos semejantes a los de la tragedia griega y a los despeñaderos del alma abiertos en muchos casos por la mitología greco-latina. Por ejemplo las Erinias y Prometeo aparecen con su denominación clásica pero no al modo erudito y distante donde serían parte de un barniz culto insustancial. Todo cae en su lugar cuando el ritual se activa, cuando, como lectores entendemos que la zambra se baila en torno nuestro y no es posible escapar del torbellino. Se es otro bailarín más en la danza de la existencia en sus múltiples dimensiones que dejan sin piso, que no permiten sopesar nada ni escudarse. Vivimos en ámbitos de Dionisos... (y este dios no tiene esa pobre significación de “Dios del vino”, sino de quien trae las vivencias súbitas del poder de la naturaleza, en carne propia, y a las cuales ni el alcohol ni otros estimulantes soslayarían ni aminorarían...).

No olvidemos que en Grecia el teatro no era, como lo es ahora, otra actividad de esparcimiento sino una transformación vital. Al teatro se iba a ser alterado de raíz, a ser cambiado para siempre, a limpiarse de preconcepciones mediante un acercamiento a las fuerzas cósmicas, a volverse sabio aún si esa sabiduría entrañaba acabar con lo dado por supuesto, y despojaba de lo innecesario. No se salía de una obra el mismo, ya no se estaba seguro en sus principios o en sus creencias.

En su primer libro, Nietzsche muestra que en el teatro clásico Apolo, el claro y el justo, quien respalda el principio de individuación, ha recibido los embates del desestabilizador Dionisos con su fuerza terrígena, y debe recuperar el piso perdido creando, artísticamente, tragedias. Y la novelista usa esta misma aproximación.

La novela se instaura oponiéndose a esta idea: “No quiero ver la realidad”. ¡Cuántos de nuestros dislates como nación vienen de esta idea vuelta premisa, es un punto de partida de grupos humanos quienes no desean enfrentar el país en el que viven y más bien acomodan a su antojo y en beneficio propio las cosas terribles que acaecen. Aquello que estremecería los cimientos de una nación más culta, más organizada, más interesada en el bienestar general, aquí se entenebrece para que no se vea. Y se paga el precio por preferir la “ceguera cómplice” a vérselas con los enigmas, problemas y dolores planteados por la vida.

Mientras el cielo esté vacío, quita los velos precisamente porque no plasma al modo del común de los periodistas (buscando figurar en letra de molde y escribiendo para que les paguen) o como los académicos que “no conocen su lugar”, sino con arte sin sanciones ni premios, liberando fuerzas estancadas, siendo medicina para aquella tendencia enfermiza del alma a enquistarse.

En el caso de nuestra realidad colombiana, el no tener sensibilidad ante los dolores de otras vidas se instaura a ultranza en el flujo de la vida con el ánimo de dominar económicamente. Sólo se busca confort para quien acumula a costa de la gran mayoría de desposeídos. Son meros juegos de plusvalía, utilitarismo y la rentabilidad vueltos la única aspiración por los insensibles.

Mientras el cielo esté vacío

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Esta novela póstuma de Marta Cecilia Vélez alcanza un nivel de entrega de realidades realmente potente y se volverá, con el tiempo, de las obras por las que hay que pasar para vernos como sociedad, para comprender fenómenos como el desarraigo, la desprotección de la niñez, el desplazamiento forzado y las implicaciones del mismo —tan endémico en nuestro país—.

Del final de la creación no se hablará aquí por dos razones: el proceso para llegar a él es tan importante como el resultado y se lo dejará innombrado para que el lector se lo merezca (o sea, haga el trabajo de cuidadosa lectura) y así como Elena —quien se vuelve nuestra hermana de sangre—, comprenda lo que es la bestialidad humana.

Y no es con el ánimo de “no querer hacer spoiler”, pues eso es para películas baratas. Diría alguien que se trata de “un final épico”, expresión que parece haber entrado al imaginario de nuestros niños y nuestros adultos pegados a la virtualidad y las pantallas. Pero el desenlace es mucho más que eso, lleva a la falta de orden cósmico y vital, al peligro, a lo desconocido, al borde del abismo, ahí donde siempre está la vida así deseemos alejarla de nosotros con mentiras y tabúes.

Indicaremos como pista el tema tratado: Elena, desamparada y maltratada en grado sumo, ha encontrado por fortuna a una mujer mayor, Noemi, quien la escoge para cuidarla mientras pueden esclarecer algo las cosas. La niña, a quien se le quiere vedar la cruda verdad para respetar por lo menos su dignidad infantil, pasa por encima de ese telón que ha impuesto a su alma como protección e insiste en conocer y enfrentar la realidad. Y los adultos deben forzarse ellos y a sus principios para permitirle ver aquello que la dejará cambiar su vida para siempre. Se trata de un ritual de iniciación pero a la inversa, hacia descubrir qué puede llegar a hacer un ser humano cuando no tiene freno alguno.

La llevan hasta el punto de no retorno —conocer la verdad como Edipo lo hizo y tras la cual ya no son necesarios los ojos corporales puesto que se ha visto realmente la dureza de la vida y hasta qué encrucijadas lleva—.

Por contraposición con el mundo antiguo, donde se creía en unas leyes divinas moldeadoras del destino, en la situación de la niña Elena son otros seres humanos los que se toman el derecho de transformar su vida, con la crueldad más descarnada, con un deseo de humillarla en lo más profundo y la condenan a la sin salida. Una condena que vence en un valeroso viaje interior a tientas por el Hades. La premisa es que debe hacerlo como pueda.

El otro personaje central de la obra, Noemi, es ejemplo de fortaleza, mujer del pueblo quien a pesar de todas las vejaciones sufridas quiere justicia para sus hijos desaparecidos y se torna en cuidadora de Elena, aún con la pesada carga que lleva a cuestas.

En especial acompaña a Elena en su preocupación mayor: qué pasó con esa madre a quien no vio más, obligada a huir para salvar la vida en el momento en que su madre la insta a esconderse y escapar mientras cae presa de victimarios terribles. Noemi se convierte en su “hermana” también porque comprende en su cuerpo qué es haber sido violentada sexualmente. Son estos los personajes principales, los más desarrollados literariamente. También están Ana y Ester o la mujer que tiene en una parada de buses de una de nuestras vías un museo de la memoria hecho por la comunidad sin sanciones oficiales. Cada mujer, a su manera, sin esposo ni apoyo excepto el de los hijos (y casi siempre sin él), sobrelleva como mejor puede el terror impuesto por esos “mochacabezas”. Como consecuencia Elena, desde su infancia, expresa no querer casarse nunca... y ni siquiera ha llegado a una edad donde eso se resuelve con todas las cartas sobre la mesa. Ya le han mostrado la cruda verdad de la imposición indebida de un supuesto amigo quien la ha maltratado y lo que ha visto en otros casos de otras mujeres...

Otros temas de corte sociológico para estudiar en este trabajo literario son la vida en los barrios de Medellín, la violencia de los jóvenes y los grupos armados allí y el silencio forzado sobre la comunidad para que no denuncie eso, o la conformación de bandas de muchachos que abusan de la violencia contra los demás para darse una sensación de pertenencia a un grupo social cuando se les ha negado toda otra posibilidad. Hay seres que no hacen otra cosa que acabar sus vidas en medio de ajustes de cuentas rindiendo desmedido culto a la muerte, por la frecuencia con que se la topan. No pueden tener una vida plena para la cual la muerte sea un descanso y cortan la existencia apenas empieza... Al mismo tiempo el problema del deseo de venganza que existe tanto en la ciudad como en el campo. Es ejemplar en este sentido el caso del campesino Nilton, el hijo de Ana, y quien ingresa a la guerrilla para tener una forma de desahogo... Termina muerto porque ni siquiera puede plegarse a una ideología (cuestionable o no, no importa en este caso) llevado por su deseo personal de retaliación. Está tan cegado que abusa de la confianza de la niña quien le dio su amistad franca y abierta... Quizás Carlos, el de El Salado, sea el único personaje masculino capaz de construir una relación con una mujer como se debe...

También se habla de lo que es pedir limosna en una ciudad como Medellín o del abuso con el desplazado recién llegado, o de la desesperanza generalizada causada por la guerra, o cómo las autoridades participan de los atropellos y se muestran aspectos del travestismo. Muy significativos en la obra son los viajes en bus, entre otros es memorable el que hay desde Nariño a la Terminal de Medellín o esa llegada a Córdoba, etc. (algunos ambientes de municipios rurales están hermosamente plasmados, como si el alivio posible fuera ver el paisaje).

Hay un retrato turbador de una declaración ante la Fiscalía esperando alguna información que ayude a aclarar los hechos pero sin lograr mayor cosa. O asuntos impresionantes como el río Cauca vuelto cementerio de cuerpos que nadie recuperará o ese mágico ritual para despedirse de los muertos al lado del río, o el intento de reconstruir un pueblo al cual la guerra ha devastado hasta los cimientos en todos los órdenes, y hay muchos más... Marta Cecilia supo tratar de otra manera los asuntos con los que muchas otras novelas colombianas especulan, y nos hace volver sobre ellos. Su obra literaria se ubicará por sus méritos en el lugar de la memoria porque tiene presente ese principio de un mago celta: “La condena de los hombres radica en que olvidan”.

Mientras el cielo esté vacío

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Este trabajo literario opera paso a paso, en tempo lento, como una especie de terapia interna donde se van soltando esos nudos que se formaron debido a la negación a los derechos fundamentales de vivir y soñar en paz que instauran quienes atropellan la vida humana... Mientras el cielo esté vacío es un mar socavando la roca del risco –lo logra a fin de cuentas–. Pareciera que lo que psicológicamente se da con Elena o Noemi, el largo camino de aguantar o de deshacerse de las ilusiones básicas de la vida o de sentimientos más que importantes y necesarios –el cual se va aclarando a medida que las circunstancias adversas lo permite hacia el desenlace de la novela–, tuviera su contraparte estilística en ese volver sucesivo, a golpes lentos, al mismo enclave, sin alterar mucho la horma de las ondas pero ampliando nuestra mirada sobre el origen replicado en la corriente para lograr su cometido.

Nuestros novelistas ahora raras veces saben, como lo hace Marta Cecilia Vélez Saldarriaga, sostener un tono sin decaer en obras largas, para proporcionar un todo armónico que se va desarrollando. Y fuera de sendos capítulos extensos, bien trabajados la escritora ofrece cuatro escritos de modo diferente al resto, con lo cual arriesga una nueva propuesta escritural: los llamaremos “capítulos-listado”. En un caso se trata de oraciones que describen masacres tomadas de los diarios donde se denuncian esos acontecimientos, en otro es solo un listado de lugares del país donde hay masacres ajenas a la “del Salado” —la cual es el referente concreto para la narración—, en los otros dos describe y sintetiza la violencia que han sentido tanto Elena como Noemi. Los cuatro capítulos transcriben apuntes tomados por Elena en su cuaderno, debido a que está aprendiendo a escribir. Y la enunciación del cruel mundo que le ha tocado en suerte se constituye en tabla de salvación para el personaje, pero a la vez, dentro de la creación literaria, se vuelve una eficaz manera de recapitular lo acaecido. Es un elemento ingenioso y contundente. Mientras el cielo esté vacío es una clave artística para no olvidar las consecuencias del obrar del paramilitarismo, desde la imparcialidad de quien piensa y así quita el piso a la filosofía de “los paras”: la sensibilidad para el hecho humano.

Después de dar a luz este trabajo literario nos imaginamos un encuentro con la autora: en un sillón mullido ríe, pícara, dejando brillar en sus ojos el cielo calmo estrellado... La energía saldría en chispazos de su cuerpo y su rostro, diciendo con la suavidad de la tormenta más impetuosa, la calma: “¡Aquí está la vida haciendo de las suyas!”, pues ha conquistado su idea clara: “¡Esas masacres no pueden quedar en la impunidad!”. Logró más de lo que se alcanzaría con un juicio legal a los culpables de los hechos: ha dejado a la memoria cultural de un pueblo una de sus hondas problemáticas como lo han hecho siempre las verdaderas mujeres escritoras: tocando las raíces de un grupo humano —mostrando la descarnada existencia humana sin taparla, la cual, parece, siempre puede caer más bajo—. Habitada por una llama, la cual moderaría con una alquimia muy propia, nos conduciría mediante el agolpamiento del buen humor y apuntes penetrantes de inteligencia y sensibilidad a conversar sobre cómo enfrentar el dolor causado por la muerte y el despojo instaurados como prácticas amparadas hasta por las autoridades, vendidas a conseguir dinero a como dé lugar.

Tenemos en esta creación literaria arte sanador, una advertencia y una denuncia inteligente, sin necesidad de ir a marchas con pancarta o de quebrar ventanas de locales comerciales para manifestar desacuerdo. La autora dejó una manufactura del espíritu ineludible e implacable, bien armada, transformadora del lector para religarlo, con su dedicación ardua de evocar fuerzas que logran pasar por encima de ella misma . n

Contexto de la Noticia

PARA SABER MÁS una pionera del feminismo

Fue una de las fundadores del departamento de Psicología de la Universidad de Antioquia, era terapeuta, licenciada en Filosofía y Letras, con una maestría en Letras Modernas y un doctorado en Psicoanálisis. Era experta en pensar la dimensión de lo psíquico desde las mitologías. Expuso a la mujer como eje, tejedora y fundadora social y era considerada una pionera de la reflexión feminista local en la década de los 80. Entre sus libros están Los Hijos de la Gran Diosa. Psicología analítica, mito y violencia (1999), Las Vírgenes Energúmenas (2004) y El Errar Del Padre (2007). Murió en febrero de 2019.

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