Hay un momento en la carrera de algunas figuras del espectáculo en el que el apellido deja de ser necesario. El nombre propio deja de funcionar como una referencia biográfica y se convierte en una categoría cultural. Cher, Prince, Madonna. Zendaya. En el caso de la actriz ganadora del Emmy, esa transformación llegó muy temprano. Cuando tenía poco más de veinte años y pasaba de las sitcoms juveniles al universo de Spider-Man, explicó por qué había decidido quedarse con un solo nombre: “Simplemente me parecía genial, como Cher o Prince”. La respuesta revelaba algo concreto: ya estaba pensando en la escala de la carrera que quería construir.
Su apellido Coleman desaparecía y quedaba una figura que podía circular por la cultura global sin demasiadas explicaciones. “Zendaya” era un nombre fácil de recordar, pero también una manera de ocupar un espacio propio en una industria que suele decidir esas cosas mucho más tarde.
Hoy, cerca de los treinta años, es más evidente. Ella puede encadenar el cierre de Euphoria, una película independiente como El drama, una superproducción de Christopher Nolan como La odisea, una nueva entrega de Spider-Man y otro capítulo de Dune. Es actriz de franquicia, intérprete de cine de autor, productora, figura de moda y rostro de campañas globales. Lo interesante no es la suma de esos proyectos, sino la forma en que fue construyendo esa posición.
Zendaya nació en Oakland, California, en una familia donde el teatro era un trabajo antes que una vocación romántica. Su madre enseñaba y trabajaba por las noches en el California Shakespeare Theater; su padre dejó su empleo como profesor para acompañarla en el circuito de castings entre Oakland y Los Ángeles.
Durante un tiempo creyó que terminaría dedicada al deporte. La estatura, la disciplina y una presencia física poco común parecían empujarla hacia otro camino. Pero el teatro y la televisión terminaron imponiéndose. En 2010, con trece años, Disney la eligió para Shake It Up, una serie sobre dos bailarinas de fondo que sueñan con convertirse en protagonistas.
La serie la volvió reconocible para el público juvenil, pero también le permitió conocer desde dentro una de las maquinarias más eficaces de producción de celebridades adolescentes de este siglo. Mientras otros actores pasaban por Disney, ella parecía interesada en entender cómo funcionaba la empresa.
Cuando llegó K.C. Undercover, tomó una decisión que anticipó buena parte de su carrera. No quiso ser solo la protagonista, sino que también pidió ser productora. Tenía dieciocho años cuando empezó a negociar con el estudio y puso condiciones concretas. Quería que la familia del personaje fuera negra y que K.C. no estuviera definida únicamente por cantar, bailar o enamorarse. Quería que fuera brillante, que los niños y las niñas pudieran verla y asociar la inteligencia con el poder.
La serie terminó dialogando con una tradición de sitcoms negras de los noventa. Kadeem Hardison, recordado por A Different World, interpretó a su padre. Desde entonces, una constante de su carrera ha sido la atención con la que observa cómo Hollywood distribuye el poder, especialmente cuando se trata de mujeres negras o birraciales.
Es cierto que existe una narrativa casi obligatoria alrededor de las estrellas infantiles: excederse, caer, rehabilitarse y regresar (si se logra), como Lindsay Lohan. Hollywood adora esas biografías porque permiten vender una idea de redención, pero Zendaya nunca les dio ese material. No hubo adicciones ni escándalos, peleas memorables ni guerras de titulares (a excepción de un episodio con la hoy megamáquina de hacer hits en Estados Unidos, Taylor Swift). Su profesionalismo es uno de los rasgos más comentados de su carrera.
En las giras de prensa responde sin revelar demasiado sobre su vida personal. Este año, cuando los rumores sobre su matrimonio con Tom Holland comenzaron a multiplicarse, encontró una fórmula que mezclaba humor y complicidad. No lo negó, no lo confirmó y tampoco sació la sed de sus seguidores por saber los detalles de la ceremonia con el británico. Todas las fotos que hay publicadas sobre el supuesto vestido que usó en la boda fueron hechas con IA.
Ese control ha producido un efecto curioso. Zendaya es una de las personas más fotografiadas del entretenimiento y, al mismo tiempo, una de las menos conocidas. Sabemos cómo se viste, qué películas promociona y con quién aparece en una alfombra roja. Pero sabemos mucho menos sobre su vida cotidiana, sus conflictos íntimos o sus opiniones más profundas. Su carisma funciona como una imagen cuidadosamente administrada, detrás de la cual permanece una parte de su vida que decide no mostrar.
Ella misma ha rechazado la etiqueta de activista, incluso cuando ha protagonizado algunos de los gestos públicos más visibles de su generación. En los Oscar de 2015 apareció con rastas y una comentarista televisiva insinuó que ese peinado “olía a pachulí y marihuana”. Zendaya respondió desde sus redes sociales (una de las muy pocas veces que ha tenido que emitir un comunicado): dijo que aquello no era una broma, sino un estereotipo ofensivo sobre el cabello afroamericano, y su respuesta tuvo un impacto mucho mayor que el escándalo original. Mattel lanzó una Barbie inspirada en ese look y su estilista, Law Roach, sostuvo que ese episodio contribuyó al clima que hizo posible la posterior Crown Act, la ley estadounidense que prohíbe la discriminación por peinados afro en escuelas y lugares de trabajo.
Poco después denunció que una revista había alterado digitalmente su cuerpo mediante Photoshop y publicó las fotografías originales. Sin embargo, no convirtió esos episodios en una plataforma de militancia permanente, sino que les dio el trato de cuestiones concretas de dignidad profesional. “Solo soy una persona con corazón que trata de hacer las cosas lo mejor posible”, dijo alguna vez.
Ahora, si hay una idea que atraviesa toda la carrera de Zendaya, es la de estrategia. Ella sabe que es birracial, sabe que se beneficia del colorismo y ha descrito su posición como “la versión aceptable de Hollywood de una chica negra”. Esa lucidez resulta poco común en una industria donde muchas estrellas prefieren presentarse como beneficiarias pasivas del talento (como los nepobabies).
Cuando audicionó para Spider-Man, el personaje de Mary Jane Watson había sido históricamente blanco. Zendaya decidió presentarse igual. Su presencia en la prueba exponía la contradicción de un Hollywood que proclamaba diversidad mientras seguía imaginando ciertos papeles con un color específico.
Esa misma inteligencia aparece en la forma en que ha construido su filmografía. Zendaya elige cada película como parte de un plan más amplio. Spider-Man le dio visibilidad; El gran showman la conectó con el musical; Dune la instaló dentro de la ciencia ficción de prestigio; Challengers la colocó en el centro del melodrama contemporáneo; El drama la acercó al cine de autor.
También hay una lógica de producción. Zendaya lleva años utilizando el poder que obtiene como actriz para intervenir en las condiciones de su propio trabajo. No es casual, por ejemplo, que haya asumido responsabilidades de productora desde muy joven. Entendió pronto que el verdadero control en Hollywood no está únicamente delante de la cámara. Y en 2019 ocurrió el cambio decisivo. Hasta entonces, Zendaya era una estrella juvenil competente, respetada por la industria y querida por el público, pero Euphoria cambió la forma en que se hablaba de ella.
Rue Bennett, la adolescente adicta que interpreta en la serie creada por Sam Levinson, era exactamente el tipo de personaje que parecía incompatible con la imagen que Disney había ayudado a construir: vulnerable, autodestructiva, brillante, cruel, tierna, impredecible. Zendaya leyó el guion cuando todavía seguía vinculada al universo Disney y su propio equipo dudaba de que fuera el movimiento correcto. Pero lo aceptó.
Levinson ha dicho que en ella vio una combinación poco común de fragilidad y dureza. Eso es lo que Euphoria reveló: una actriz capaz de sostener emociones contradictorias sin convertirlas en una demostración de virtuosismo. El Emmy que ganó por ese papel la convirtió en la actriz más joven en obtener ese reconocimiento en su categoría. Pero el premio fue apenas un síntoma. Lo importante fue que la crítica empezó a hablar de ella como una intérprete mayor, no como una exestrella infantil prometedora.
Resultó revelador que el proyecto que la emancipó de Disney fuera también uno de los más oscuros de la televisión reciente. Sin embargo, Zendaya nunca utilizó Euphoria como una declaración de ruptura adolescente. No renegó de su pasado ni ridiculizó sus años en la televisión familiar. Simplemente añadió una dimensión nueva e hizo creíble su transformación, que se ha consolidado gracias, en parte, a la colaboración artística que mantiene con el estilista Law Roach. Se conocieron cuando ella tenía catorce años y él trabajaba en una tienda de ropa de segunda mano. Desde entonces han construido una de las identidades visuales más consistentes de la cultura contemporánea.
Él la viste de acuerdo con el universo de la película o serie que se está promocionando. Para La odisea aparecieron vestidos escultóricos, piezas de archivo de Alexander McQueen, máscaras de Philip Treacy, estructuras luminosas de Schiaparelli y un traje alado de Matières Fécales reservado durante más de un año.
La moda, en su caso, dejó de ser una consecuencia de la fama para convertirse en una herramienta que construye buena parte de la carrera. Está en las giras de medios como si fuera protagonista, cuando sus personajes, aunque importantes, a veces solo aparecen 10 minutos en pantalla. Pero lo cierto es que cada estilismo genera conversación sobre el proyecto que acompaña.
Ese manejo del ciclo mediático le ha dado una independencia que es poco común. Está presente en el cine, la televisión, la moda, la publicidad y las redes sociales sin que una presencia anule a las otras.
Sin embargo, muchos de los personajes que interpreta parecen existir dentro de mundos que nunca terminan de pertenecerles. Son mujeres inteligentes, observadoras y emocionalmente complejas, pero a menudo rodeadas por estructuras narrativas diseñadas por y para otros.
En Malcolm & Marie, quizá la película más discutida de su carrera, interpreta a una mujer atrapada en una relación donde el hombre monopoliza el discurso sobre el arte, el ego y el éxito. La película puede ser excesiva, incluso fallida, pero contiene un momento extraordinario: cuando Marie desmonta la forma en que Hollywood consume el dolor ajeno para producir prestigio.
Es significativo que esa película sea una de las pocas donde Zendaya habita un universo romántico negro. En buena parte de su filmografía, la racialización de sus personajes aparece apenas insinuada, absorbida por entornos progresistas donde la diferencia parece existir solo como decoración. Ella misma ha reconocido que Hollywood tiende a utilizar su imagen como una solución cómoda para el casting “sin importar la raza”.
En Challengers, Tashi Duncan manipula a dos tenistas blancos con una inteligencia feroz, pero la película apenas explora el mundo del que proviene. En El drama, Emma aparece prácticamente aislada de cualquier comunidad propia. Como si el precio de convertirla en una figura universal fuera dejar parte de su historia fuera de cuadro.
Esa tensión atraviesa buena parte de la percepción crítica sobre Zendaya: ¿hasta qué punto sus personajes están escritos para ella? La respuesta cambia con cada proyecto, pero persiste la sensación de que todavía no ha encontrado el papel que reúna todas las dimensiones de su experiencia cultural y emocional (y su nivel actoral).
Su filmografía reciente sugiere una voluntad de evitar la trampa que suele atrapar a las estrellas de franquicia: convertirse únicamente en administradoras de una marca. Mientras participa en algunos de los proyectos comerciales más grandes del mundo, busca también directores como Guadagnino, Kristoffer Borgli o Sam Levinson, incluso cuando esos trabajos dividen a la crítica.
Zendaya utiliza esas producciones para hacer la transición hacia papeles dramáticos y maduros sin abandonar al público adolescente y preadolescente que constituye gran parte de su base de seguidores.
Desde hace unos meses hay una idea recurrente en sus entrevistas: Zendaya habla de desaparecer (al menos por un tiempo). Después de años de rodajes y promociones por todo el mundo, dice que quiere “hacer nada y ocuparse de sus cosas. Es una decisión curiosa para alguien que atraviesa el momento más alto de su carrera. La industria premia la permanencia y la ocupación constante del espacio público. Ella parece confiar en lo contrario: en que una estrella también necesita ausencias.
Se define como tímida e introvertida. Habla con frecuencia de su familia, de sus sobrinos y de Oakland.
En una época donde la autenticidad suele representarse mediante la sobreexposición, Zendaya practica otra forma de sinceridad: la de poner límites. En su Instagram, como en el de artistas como Beyoncé, rara vez aparece contenido sobre su vida privada. Esa reserva no la vuelve distante; la vuelve menos disponible para el consumo constante. Es cierto. No queremos saber qué hizo ayer; queremos saber quién es realmente. Y esa pregunta sigue abierta.
Es posible que su gran papel todavía esté por llegar. Es posible que la película que reúna todas las dimensiones de Zendaya. Pero incluso esa sensación de promesa permanente forma parte de su magnetismo.
Porque Zendaya, más que una celebridad, se ha convertido en una pregunta sobre el tipo de estrella que puede existir después de las estrellas tradicionales: alguien que entiende el algoritmo sin obedecerlo por completo, que domina la imagen sin dejar que la imagen la defina y que sabe desaparecer cuando el mundo insiste en mirarla.
Y quizá esa sea la verdadera razón por la que ya no necesita apellido.
