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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 09 de abril de 2015

1984

Aceptémoslo, tenemos pocas pistas sobre cómo gestionar la seguridad de nuestras ciudades ¿más policías? De pronto. ¿Más cámaras? Seguro. ¿Más motos y carros? Por supuesto. ¿Mejor justicia? Claramente. Pero la seguidilla de medidas populistas y afirmaciones irresponsables hacen pensar que los que toman las decisiones tienen tantas dudas sobre lo que funciona y lo que no como cualquier ciudadano del común. Para la muestra, dos botones:

La semana pasada, en una nota de este periódico, el concejal Juan Felipe Campuzano decía sobre los nuevos planes de seguridad integral de la ciudad que “los policías no se deben atornillar en los cuadrantes, no deben crear una relación con los habitantes...” (El Colombiano, 03/04/15). Su preocupación es por la posibilidad de que los policías establezcan relaciones de protección o amistad con los miembros de grupos delincuenciales, aunque en su afirmación se deja entrever también la duda sobre el hecho de que la policía pueda establecer “cualquier tipo de relación” con la comunidad. Es decir, un temor a que cuando la policía conoce a los ciudadanos de su cuadrante la disposición a que hagan algo indebido o ilegal aumentará.

Así las cosas (al menos como las plantea el concejal del Partido de la U), mejor entes desconectados que “garanticen” la seguridad de un lugar a hombres de carne y hueso que puedan lograrla involucrando a la misma comunidad. El problema es que si nos ponemos a rotar a los policías cada quince días de cuadrante ¿qué pasa con la legitimidad de la fuerza pública o con la construcción de confianza institucional en los barrios y comunas de la ciudad? ¿Cómo incentivar la denuncia ciudadana o la transparencia de la misma fuerza pública en un contexto de desconfianza entre policías y comunidad?

El segundo ejemplo viene del Coronel de la Policía Jairo Gordillo, que en la misma nota decía que “las personas cuando se sienten vigiladas u observadas, tienden a actuar diferente, manteniendo las buenas maneras” (El Colombiano, 03/04/15). El Coronel defendía así la incorporación de drones al trabajo policial y el constante ruego de los altos mandos de más cámaras en las calles. El asunto es que en cada decisión, sea de un funcionario o de todos nosotros, en la que nos privemos de libertad por ganar seguridad, estamos perdiendo. Sentirnos a salvo no puede venir con el precio de la vigilancia y la opresión.

El problema es, sobre todo, de falta de creatividad y un poco de frustración sobre cómo mejorar la gestión de la seguridad ciudadana. En efecto, es un nuevo reto para los colombianos, tan acostumbrados a que los enemigos públicos estén en el campo, patrullando uniformados y atentos a atacar a la fuerza pública en cada vereda. La inseguridad en las ciudades es muy diferente al escenario del conflicto armado, con más matices y exige de buenas ideas de parte de autoridades de policía y civiles, no facilismos injustos como inundar los cielos de drones o las calles de cámaras.

Y si aceptamos que no sabemos, que en el frustrante proceso de ensayo y error que es gobernar, todavía no hay una fórmula mágica para gestionar la seguridad, de pronto desde ese lugar de honesta ignorancia pueden empezar a llegar las buenas ideas.

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