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Publicado el 12 de noviembre de 2019

30 años después

Por Julio Llamazares

Hace 30 años yo preparaba el equipaje para viajar a Berlín a instancias de El País (de España) con el fin de contarles a sus lectores lo que estaba ocurriendo en esa ciudad: la caída del Muro que la dividió durante tres décadas, cuando recibí una llamada de mi padre anunciándome que a mi madre le acababan de diagnosticar un cáncer.

Muchas veces la Historia, con mayúsculas, se difumina detrás de la personal y eso es lo que a mí me ocurrió hace tres décadas, en concreto un mes de noviembre que cambió el devenir del mundo, a la vez que mi propia vida y más concretamente la de mis padres. Mientras el muro de Berlín caía y con él la separación que durante años dividió el mundo en dos mitades, mi vida entró en otra dimensión, pasando en poco tiempo de hijo a huérfano, pues a la desaparición de mi madre sucedió enseguida la de mi padre, incapaz de sobrevivir por muchos años a aquella.

Un año antes, en 1988, yo había escrito para El País seis reportajes sobre la ciudad que vio surgir el nazismo y que acabaría arrasada después de una terrible guerra que tuvo en ella su epicentro y cuyas consecuencias durarían muchos años, con el Muro aún en pie e inamovible, con todo lo que suponía. Durante una semana viajé de un Berlín a otro comprobando la sinrazón de su realidad y sintiendo como Isherwood, como Brecht, como Paul Celan, como Nabokov, como Peter Handke, que en esa ciudad se siente el peso del mundo más que en ninguna otra. Partida en dos o reunificada, como la conocería años después y como la vería transformarse poco a poco cada vez que regresaba ella, Berlín es el lugar del mundo en el que más se siente la fragilidad de todo, precisamente por su gravidez histórica. Para mí, al menos, Berlín significa un punto de no retorno en la historia de Europa y de la humanidad entera, ese que durante 28 años simbolizó el Muro de cuya caída se cumplieron 30.

En estos 30 años el mundo ha cambiado tanto como mi propia vida, de manera que ambos ya tienen muy poco que ver con los de aquella mañana en la que una llamada de teléfono me hizo cambiar de planes y abandonar el viaje que me disponía a hacer. En estos 30 años la historia del mundo y mi propia historia se han ido solapando como las de las demás personas, pero hoy que miro hacia atrás siento que los acontecimientos históricos más importantes no son aquellos de los que hablan los libros y los periódicos, sino los que a cada uno de nosotros nos conmovieron de verdad y nos cambiaron la vida para siempre, para bien o para mal. En mi caso, una enfermedad que terminó con mi juventud y con mi irresponsabilidad de golpe mientras los berlineses posaban encaramados al Muro para la Historia, con letras mayúsculas.

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