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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 24 de octubre de 2019

81 días

Justo ayer se conmemoraron cien años del nacimiento del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, el artista nacido en Fredonia que, a pesar de ser monumental, no sé qué tanto lo vean los transeúntes que pasan por el centro del campus de la Universidad de Antioquia (El hombre creador de energía) o por la Alpujarra (El homenaje a la raza), o por Suramericana (La fuente de la vida), solo por decir algunas de las esculturas, porque hay más en Manizales, Pereira, Boyacá y México.

Arenas Betancourt murió en 1995, pero unos cuantos años antes de su muerte, el hombre vivió un capítulo insólito en su vida que luego sería el pan de cada día de nuestro país: fue secuestrado, duró 81 días en cautiverio, estuvo encerrado en medio del bosque y la parte más alta de la montaña. Obviamente si muchos ni se han dado por enterado de la majestuosidad del artista, pues el secuestro es una anécdota, una anécdota que por fortuna terminó bien y el hombre pudo volver a vivir, como lo recuerda en “Los pasos del condenado”, un libro raro, contado en tercera persona que, segundo a segundo, narra momentos de su vida. No podía hacer más.

En el relato del secuestrado, quedan reflexiones sobre el amor, la naturaleza, el sexo, la muerte, el arte, por supuesto, representado en trazos de lápiz y descripciones: “Dejó en Villa Ney un agrio autorretrato: alumbramiento en el cual está expresado todo su pensamiento. Su rostro brota de la vagina de una mujer que se proyecta hacia delante. La muerte corona una cruz que emerge del seno de la tierra, y al fondo de todo, el Cerro Bravo impasible y adusto. El nacimiento y la muerte resumidos y acoplados dentro de la superficie plúmbea”.

Secuestrado por el Frente 22 de las Farc, según una carta que se publica en el libro el 5 de noviembre de 1987, aunque los periódicos de la época lo atribuyen más a la delincuencia común que ante la fama del escultor creyeron poder cobrar una millonada por su rescate, el artista, recontando los latidos de su corazón, pensaba durante su cautiverio en esas Venus frutales y casi reproductivas. Pero también se dio cuenta de que el arte no consuela. “Es un despelote que, por el contrario, inquieta y desarticula. En arte no hay nada estable o sedante y quizá no llegue a existir nunca nada en él codificado. Tal vez el arte es la total imprevisión y la absoluta gratitud”.

Termino con esto escrito al final del extraño diario: “La vida es un instante entre dos eternidades”, ya va siendo hora de que las obras del maestro, que están guardadas, custodiadas por su familia, vean la luz en un museo que deslumbre con grandeza a uno de los artistas antioqueños más importante del siglo XX

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