Estornudar, ese acto involuntario, imposible de contener y a veces muy ruidoso que consiste en expulsar con violencia el aire de los pulmones, proporciona una sensación íntima de liberación y de limpieza. Pero, de once meses para acá, se ha convertido en un episodio repudiable, vergonzoso y sospechoso.
No importa si se estornuda con tapabocas puesto, que es lo ideal, o cubriendo la boca con el codo de manera preventiva. Y tampoco importa que el estornudo se deba a una reacción alérgica al polvo, a los pelos del gato, a un olor fuerte, a unas luces irritantes o a una exposición al frío. Antes, un estornudo les era relativamente indiferente a quienes estaban cerca. Ahora, es un acto de irresponsabilidad social, y no importa si se hace en público o en la intimidad de la casa, siempre habrá por lo menos un par de ojos que lo van a mirar, lo van a juzgar y lo van a condenar, aunque usted goce de perfecta salud. No hay nada hay más frustrante que un estornudo fallido, pero estornudar en tiempos de la covid-19 es una herejía, como mentarle la madre al papa o cometer un delito de lesa humanidad. Y no es para menos.
Los síntomas de las afecciones pulmonares, gripe, o gripa como decimos nosotros, fueron descritos por Hipócrates en el año 412 a. C. Y desde entonces hasta nuestros días, se han documentado en diferentes sitios y con distintos nombres. En el año 1173 un señor de apellido Hirsh describió una epidemia llamada pestilencia catarral, ocurrida en América. De ahí para adelante las pandemias gripales se han paseado por casi todos los siglos y por todos los continentes, conocidas como tosferina, influenza planetaria, gripe española, gripe asiática y gripe rusa, hasta la pandemia del coronavirus de nuestros días, causando millones y millones de muertes en todo el mundo, siendo unas más devastadoras que otras, dependiendo de la disponibilidad de antibióticos y de las prácticas profilácticas para contrarrestarlas, en especial en tiempos más modernos.
A la brava, pero algo aprendimos de higiene, de autocuidado y de responsabilidad (bueno, algunos no aprenden nada nunca). Hay cosas que ya jamás serán como antes: compartir un cigarrillo, una malteada con dos pitillos, un postre con cuatro cucharas, el “yo no le doy gusto al diablo” y pasar páginas o billetes humedeciendo los dedos en la lengua. Las comidas callejeras, el salpicón, el mango, las papas fritas, las solteritas y mi amada gelatina de pata, tendrán que resistir una mirada casi microscópica sobre la asepsia de quien las ofrece.
Aunque la vacuna nos devuelva la ilusión de los reencuentros presenciales, los abrazos y la cercanía, no es hora de relajarnos. Tendrán que quedarse para siempre entre nosotros el lavado de manos antes y después de todo, el tapabocas semipermanente y mucho sentido común para saber cuidarse y cuidar. Porque la garganta como un hormiguero en plena ebullición, los ojos llorosos y las secreciones por boca y nariz, ya nunca más serán vistas como una gripita normal que se trata con limonada caliente y acetaminofén. ¡A estornudar al atrio!