Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 09 de abril de 2019

A galeras, a remar

El fin último del socialismo no es el progreso de la sociedad. Ni siquiera combatir las desigualdades. Todo eso no es más que una mera patraña. El objetivo primordial del socialismo bajo sus diferentes fórmulas –socialdemocracia, comunismo o castrochavismo– es crear ciudadanos dependientes del Estado. En otras palabras, convertir a la sociedad en un ejército de zombies amamantados por las ubres del poder político. Esto es así desde el principio de los tiempos. Los caciques, chamanes, señores feudales, monarcas y demás mandamases han tratado de dominar a las masas desde el origen de los tiempos. Convertir a las tribus, aldeas y ciudades en siervos de su poder. Hoy esa élite dirigente de otro pelaje busca perpetuarse con las mismas técnicas: rapiñar y recaudar el fruto del trabajo ajeno con el pretexto de que se administrará en beneficio de todos. A cambio, los señores feudales de hoy prometen protegernos al abrigo de sus castillos y guardarnos de nuestros enemigos, los defensores del libremercado, esa casta masónica devoraniños. El paraguas que utilizan los virreyes del socialismo actual, que lo mismo se esconden a izquierdas que a derechas, es el igualitarismo. Ese atentado contra la lógica natural que considera que debemos buscar el equilibrio de todos los seres humanos, sean mensos o la viva imagen de Einstein o Da Vinci, es la antítesis del cimiento sobre el que se sustenta el liberalismo: la meritocracia. O visto de otro modo y simplificando: las leyes universales y la selección natural contra el feudalismo-Estado.

Pero el socialismo no siempre se escenifica con un dictadorzuelo de poca monta vociferando con su boina calada y una espada en ristre. Su faz más perversa es la silenciosa. Cual sheriff de Nottingham, los socialistas de todo signo, raza y creencia, muy demócratas ellos, prometen el maná a base de tasas a los ricos para, en cuanto asaltan el poder, freírnos a todos a impuestos directos o indirectos para luego distribuir sus dádivas en subvenciones, subsidios y demás cartillas de racionamiento, que al fin es lo que son esas ayudas estatales. En lugar de permitir que los ciudadanos se hagan cargo de sus rentas y se las administren como seres libres, los socialistas del mundo –conservadores también, que los hay– saquean cuanto pueden, especialmente de las rentas medias asalariadas, y de cualquier actividad de consumo que merezca la pena. Es comenzar a funcionar algo, como los alquileres en internet, y los socialistas proclaman a los cuatro vientos la necesidad de «regular». Bajo esa artimaña, en realidad, se esconde el verbo que guía sus vidas: «recaudar». Que vienen muchos turistas, «pongamos una tasa turística». Que los ciudadanos agarran el carro, «cosámoslos a gravámenes en las gasolinas». Que no lo agarran, «que paguen por circular aunque no circulen». Que deciden ir a la pata coja al centro, «impuestazo por el uso de las calles».

Y así, cuanto más impuestos van cayendo, más joyas de las arcas se quedan por el camino. Y con lo que sobra, los políticos socialistas (de derechas incluso) se momifican en los cargos públicos a base de crear ciudadanos serviles, dependientes de las tetas de Roma. Esclavos, en definitiva. Por eso, en cuanto escuchen a un político que va a crear una ayuda para los pelirrojos, a subvencionar a quienes llevan más de dos lustros desempleados (la mayoría, porque quieren, pasado ese tiempo) o a subir el salario mínimo vital, no se pregunten quién lo va a pagar. Simplemente salgan corriendo o acabarán con grilletes y remando en galeras para el resto de sus días.

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