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Ramiro Velásquez Gómez
Columnista

Ramiro Velásquez Gómez

Publicado el 17 de septiembre de 2021

Acá no ha
pasado nada

Tenía razón de sobra. Cuando al fallecido gran columnista y escritor Antonio Caballero le preguntaron alguna vez si hacía reportería o si investigaba para sus columnas, respondía que no: no hacía falta, pues en Colombia siempre pasaba lo mismo.

Y es cierto. Acá no pasa nada. Exacto. Son 200 años de anécdotas, pero la esencia continúa siendo la misma.

200 años con las mismas familias gobernando, y tradicionales clases políticas auspiciando la corrupción e impidiendo el surgimiento de cualquier tipo de contradictores.

200 años acabando nuestros recursos y por eso se insiste con el fracking, la megaminería y las grandes hidroeléctricas, se ensucian ríos y se deforesta para que paste el ganado de los terratenientes o se apropien tierras sin que se haga mucho.

Son 200 años de violencia, con pocos intervalos. Tan acostumbrados y tan buen negocio para mantener el miedo y preservar el poder, que cuando se iba a reducir algo el conflicto, el grupo político en el poder lo saboteó.

200 años con todos los departamentos de la periferia, más de 50 % del territorio olvidado, atendido con migajas o falsas promesas cuando hay protestas, pero concesionados para jugosos proyectos por fuera del interés y el beneficio de sus habitantes.

Un abandono que se extiende a las zonas rurales, pues el campesinado poco ha interesado, salvo por sus tierras. Es que son 200 años de elevada concentración en manos de pocos.

Van 200 años en que los ricos se hacen más ricos, cada vez obtienen más dádivas y beneficios, mientras los pobres aumentan: ahora son más del 50 % de los colombianos.

200 años con una prensa al servicio del poder, permitiendo acallar voces cuando el gobernante lo pide.

Dos siglos de persecución a opositores, obligándolos al exilio o perfilándolos en redes con objetivos nada claros, silenciando —como sea— a quien piense distinto.

Todo igual. Dice una nota en El País de España que Caballero “quería, a modo de caricatura, retratar cómo los ricos colombianos vivían en una realidad alterna y blindada de los hechos terribles”.

Bien analizaba hace poco en El Espectador el escritor e historiador William Ospina que las élites colombianas se han esforzado para que grandes tendencias de la historia no lleguen y “no tuvieran efecto esos malos ejemplos de los modernizadores del mundo”.

Legalización de la marihuana, eutanasia, aborto, equidad de género, diversidad sexual, progresión impositiva, reivindicaciones sociales, etc. Todo lo que les mueva su acomodada tranquilidad de conciencia o pueda sacudirles el piso.

No pasa nada. Nunca ha pasado. Pero ojalá pase.

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