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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 13 de abril de 2022

Acostumbrarse al infierno

La retirada del ejército ruso de algunas posiciones al interior de Ucrania dejó desperdigadas fotografías del infierno. Ciudades bombardeadas en sus edificios residenciales, en sus estaciones de trenes y en sus colegios. Calles con un pavoroso reguero de muertos civiles con las manos atadas a sus espaldas. Europa insiste en que la dureza de esas imágenes y las declaraciones de los ciudadanos temblorosos dejan en claro cómo el ejército invasor es una horda barbárica violadora de los derechos humanos. Moscú, por su parte, lo niega todo. Desde el Kremlin insisten en que es un montaje. Pero las vidas se siguen perdiendo. De ancianos y de niños. De jóvenes que pasaban en bicicleta por el desafortunado lugar en el que entraban los tanques. De mujeres que murieron aferradas a los coches de sus bebés. Y cada vez peor y cada vez más horror porque en últimas, al verlo todo desde la barrera, el público se va adormilando como en toda guerra. Más de lo mismo, así lo mismo sea muerte y sangre. Decenas de Guernicas modernas transformadas en paisaje.

“Si esto no es un crimen de guerra, ¿qué es un crimen de guerra?”, dijo al finalizar la semana pasada la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, mientras caminaba los barrios del espanto. Y como siempre, cuando el deterioro de la guerra aparece de frente, el lenguaje es insuficiente. Si la imagen ya lo ha dicho todo y no convence a los incrédulos -por fanatismo u oportunismo- ¿cuál es la alternativa?

Los horrores de los enfrentamientos armados contemporáneos, sean en América Latina o en África, en enclaves surasiáticos o en reductos nacionalistas en Europa del este, no siempre alcanzan las primeras planas ni los horarios prime de la televisión. Ucrania, por razones geopolíticas que ya hemos discutido hasta el hartazgo, mereció ese desgraciado honor de ser tendencia y nos muestra como diagnóstico la crudeza de su guerra y todas las otras que están silenciadas mediáticamente.

Así es el conflicto. Este espanto de caras desencajadas y cuerpos mutilados, este llanto de adultos y niños para huir de lugares que dejaron de ser ciudades para transformarse en cementerios, estas filas para rogar por comida. No es la declaración bravucona de los valientes de escritorio, ni las arengas nacionalistas de las cómodas redes sociales, ni los azuzadores de siempre que insisten en que el mejor camino es dar bala. La guerra es la muerte. Así es en Ucrania y así también es en Colombia.

En la Otan se plantean la posibilidad de que la invasión rusa dure meses. Quizá años. En medio de toda la oscuridad confiemos en que en un par de semanas se acerquen las partes y frene el pánico. Lo doloroso es que cuando llegue el añorado fin -que por más temprano que sea, siempre será tarde- tendremos que reconocer una vez más que con Ucrania sufrimos de nuevo el aterrador efecto normalizador de la barbarie.

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