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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 27 de julio de 2021

Afganistán es un lío, de nuevo

El 7 de octubre de 2001, en lo que fue explicado como una respuesta inmediata a los ataques del 11 de septiembre, Estados Unidos invadió furiosamente a Afganistán. Su objetivo era terminar con el régimen talibán, que según Washington daba resguardo y apoyo a la red Al Qaeda y a su máximo líder, Osama Bin Laden. Mientras se terminaba con los enemigos, de acuerdo con EE.UU., se iría de a poco reconstruyendo la democracia del lugar para consolidar, en pocos años, una nación amiga de occidente y desarrollada. Acabar con los talibanes fue relativamente sencillo, a punta de bombardeos indiscriminados y ataques contundentes. Matar a Osama Bin Laden les tomó casi una década, y tuvieron que ir hasta Pakistán. Restaurar la democracia, en últimas, ha resultado imposible. Han fallado dramáticamente.

Afganistán es hoy un huracán de inestabilidad. Veinte años después de la invasión, como en un bumerán trágico de retorno al punto de partida, los talibanes controlan de nuevo cerca del 90 por ciento del país. Estados Unidos, que adelantó un plan de retirada en medio de críticas y conjuntamente con la Otan, y dejó el control a un inexperto ejército afgano, ahora se encuentra frente a la clara muestra del desmadre absoluto que causó. Más de 160 mil muertos después, Afganistán está mucho peor que en 2001. Es una nación hundida en el caos.

Ni los republicanos que iniciaron la guerra, ni los demócratas que la heredaron, han propuesto un plan efectivo en estos veinte años. Ahora, desde la Casa Blanca insisten en que apoyan estratégicamente al ejército afgano para detener los avances de los radicales, pero parece demasiado tarde. El enemigo de EE.UU. tiene en su poder las capitales principales y las fronteras. Desde el vecindario la angustia crece.

Es inevitable en este punto el regreso de los talibanes al poder. Será un cierre dramático para la guerra más larga en la historia de la potencia y una derrota sin atenuantes para la política exterior de Joe Biden. Es posible que para evitar ese golpe de knock out, desde la diplomacia internacional se propongan algunas salidas negociadas y así vender a la nueva era de Afganistán como un acuerdo entre las partes y no como una derrota de Washington. Pero son arandelas inútiles. Una debacle de semejantes dimensiones no puede ocultarse con maquillaje

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