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Publicado el 30 de agosto de 2021

Agosto de nostalgias

Por Pilar Mera

Cuando anochece, el sol ya empieza a esconderse por Monteferro, Galicia. Un poquito más cada atardecer. Sigue siendo la puesta de sol más bonita del mundo, reflejada en el Atlántico, con las islas Cíes y su rotunda presencia de testigo. Entre lusco e fusco, expresión preciosa para definir esa hora, significa para mí justo esa imagen. Al tacto, la arena blanca cosquilleando en los pies y la espuma del mar. De banda sonora, el rumor de las olas que vienen y van, las gaviotas, los niños en retirada y, sobre todo, la conversación animada de mi familia. Esa placidez risueña simboliza en el imaginario de mi corazón el verano. Un momento que no quiero que acabe nunca. Agosto se marchó y despierta gusanillos de nostalgia en el estómago de los que vuelven al trabajo. Estos días he pensado mucho en la nostalgia del pasado y su poder de seducción, que la convierte en un arma estupenda para huir de los problemas del presente, incluso para enmascarar las bondades actuales. ¿Vivían mejor nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos...? Tenían casa, tenían estabilidad, tenían hijos, dicen aquellos que cantan como sirenas su oda al pasado.

No dicen que no tenían elecciones, ni las mujeres libertad para abrir una cuenta o para trabajar después de casarse si no quería su marido. Ni lo difícil que era ser padre o madre sin ver morir al menos a un hijo. Ni que lo de “todos tenían vivienda” no es un todos general, pues los elevados niveles de desigualdad impedían a un amplio porcentaje de la población acceder a ese bien en propiedad. Del acceso a la educación ni hablamos.

Ni todos estos males ni los bienes que cantan los nostálgicos se daban con la misma intensidad en cada momento. La nostalgia tiende a unificar. Nuestros padres, abuelos y bisabuelos vivieron tiempos diferentes a los nuestros, hasta diferentes entre sí. Eso no los vuelve peores que nosotros ni mucho menos, pero recordarlos con cariño, admiración y agradecimiento no obliga a retratar su mundo con el mismo aprecio. Vivieron sus problemas, los enfrentaron y, en buena medida, gracias a lo que construyeron, el mundo de hoy tiene bondades inimaginables para ellos.

Esconderse en un pasado idealizado no soluciona los problemas del presente. Quizá el mejor homenaje que podemos hacer a los que nos han precedido es enfrentarlos como ellos hicieron con los suyos y, como ellos, intentar dejar a nuestro paso un mundo mejor. Como cantaba Karina: “Volver la vista atrás es bueno a veces. Mirar hacia delante es vivir sin temor”

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