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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 14 de febrero de 2020

Ahora luchamos contra supremacistas blancos

Por Max Rose y Ali H. Soufan

Como exsoldado y agente del FBI, ambos arriesgamos nuestras vidas para luchar contra Al Qaeda. Pero el enemigo que enfrentamos actualmente no es una amenaza yihadista. Son los supremacistas blancos, en los Estados Unidos y en el extranjero.

Un grupo estadounidense, The Base, salpicó un video de reclutamiento con imágenes de nuestras caras, intercaladas con imágenes de hombres enmascarados disparando a una Estrella de David pintada con aerosol. El Movimiento de Resistencia Nórdica con sede en Escandinavia nos llamó por nuestros nombres, refiriéndose a nosotros en una declaración reciente como “el Max Rose judío” y “agente del FBI árabe Ali Soufan”. Defensores del batallón ucraniano de Azov, que el FBI llama “unidad paramilitar” conocida por su “asociación con la ideología neonazi”, nos acusan de ser parte de una campaña del Kremlin para “demonizar” al grupo.

¿Por qué la atención repentina? Porque nosotros, junto con colegas dedicados de todo el espectro político, estamos trabajando para exponer la verdad sobre el llamado “terrorismo doméstico”, que de doméstico no tiene nada.

En los últimos meses, en audiencias en el Congreso, en un informe del Centro Soufan y en una carta al Departamento de Estado firmada por 40 miembros del Congreso, hemos documentado la existencia de una red global de supremacistas blancos extremistas que se extiende por todo Norteamérica, Europa y Australia. Los supremacistas blancos de hoy se organizan de manera similar a las organizaciones terroristas yihadistas, como Al Qaeda, en los años ochenta y noventa. Trascienden las barreras nacionales con el reclutamiento y la difusión de propaganda. Y así como los yihadistas explotaron los conflictos en Afganistán, los Balcanes y Siria, también los supremacistas blancos utilizan el conflicto en Ucrania como laboratorio y campo de entrenamiento.

Unos pocos ejemplos muestran el alcance de esta red transnacional enredada.

El australiano que en marzo del año pasado asesinó a 51 fieles en mezquitas en Christchurch, Nueva Zelanda, afirmó en su manifiesto que había viajado a Ucrania; durante los ataques llevaba un símbolo utilizado por el Batallón Azov. El director del FBI advirtió recientemente que los extremistas estadounidenses también viajan al extranjero para recibir capacitación paramilitar. Entre los que se han entrenado con Azov se encuentran varios de los hombres responsables de fomentar la violencia en la manifestación Unite the Right en Charlottesville, Virginia, en agosto de 2017. James Alex Fields Jr., quien asesinó a un manifestante con su automóvil, era miembro de Vanguard America, un grupo vinculado a la red británica que celebró a Thomas Mair, el extremista de extrema derecha que asesinó a la legisladora británica Jo Cox en 2016.

El efecto de estas conexiones de largo alcance en EE.UU. es claro. Desde el 11 de septiembre (2001), los terroristas de extrema derecha han matado a 110 personas en suelo estadounidense, mientras que los yihadistas han matado a 107. Y la tendencia está empeorando: 2018 fue el peor año para la violencia de extrema derecha desde que Timothy McVeigh atacó a Oklahoma City en 1995. El gobierno es consciente de la amenaza: en 2018, la administración Trump advirtió sobre la violencia de los grupos extranjeros neonazis que forjan lazos con organizaciones en EE.UU.

Sin embargo, ningún grupo supremacista blanco ha sido designado como “organización terrorista extranjera” según la ley federal. Esta omisión deja a la policía estadounidense cojeando en sus esfuerzos por combatir a estos grupos y la violencia que representan. El arresto de miembros de The Base en enero, incluido un ciudadano canadiense, ilustra no sólo el reconocimiento de la amenaza por parte del FBI y la resolución de proteger a los estadounidenses, sino también sus conexiones internacionales. Pero la policía no puede utilizar las herramientas más efectivas para proteger el país.

Designar a estos grupos como organizaciones terroristas extranjeras ofrecería a las autoridades tres ventajas importantes, de las que actualmente cuentan cuando tratan con yihadistas. Podrían monitorear comunicaciones entre las personas conectadas con los grupos designados. En segundo lugar, podrían compartir información de inteligencia con nuestros aliados en el extranjero, un activo importante cuando se trata de terrorismo internacional. Y tercero, podrían presentar cargos por brindar apoyo material a los grupos designados, con sanciones severas apropiadas.

El terrorismo es terrorismo, sin importar cómo lo justifican sus perpetradores dentro de sus retorcidas mentes. Si estos traficantes de odio esperaban silenciarnos atacándonos en línea, han fallado. Solo han fortalecido nuestra resolución.

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