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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 16 de agosto de 2021

Alarmas en Brasil

Jair Messias Bolsonaro empieza a ser acorralado por el cerco de su incapacidad. Por sus crecientes delirios autoritarios y sus menguados apoyos populares. Por su errada lectura política de una nación golpeada al mismo tiempo por su desgobierno y la pandemia del coronavirus.

La semana pasada, en uno de los reveses más grandes de su mandato, el Congreso le negó su propuesta de enmienda constitucional para cambiar el sistema de votación. Y los nervios al interior del Palacio de Planalto crecen. El presidente, ex militar y derechista radical, que pretende renovar su cuatrienio el año entrante, insiste en que los resultados de ese proceso electoral no serán confiables. Denuncia fraude cuando la carrera ni siquiera ha dado inicio oficial. Ante la enorme posibilidad de que su reelección sea rechazada en las urnas, él preferiría cambiar las reglas. Pero la institucionalidad brasileña, al menos por ahora, da muestras de solidez.

El delirio bolsonarista alcanza tal magnitud que, en una reunión con el emisario del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, el brasileño explicó sus movidas políticas bajo el argumento de que se cocina un fraude similar al que, según sus palabras, sufrió Donald Trump. Los diplomáticos estadounidenses seguramente buscaron a sus traductores para corroborar lo que estaban escuchando. A ellos, que hacen parte de la Casa Blanca demócrata, el brasileño les daba a entender que hacían parte de un gobierno ilegítimo.

La pulseada apenas comienza. El regreso a la arena política de Luis Inacio Lula da Silva, de la mano de una articulación amplia de partidos de distintas tendencias -que incluso llevó al expresidente a reunirse con su antiguo rival Fernando Henrique Cardoso- constituye la principal amenaza para la continuidad de un gobierno que responde a sus debilidades con desfiles de tanques militares y declaraciones anacrónicas flanqueado por generales.

Lo que intenta decir Jair Bolsonaro, a los berrinches, es que no se irá sin antes dar la pelea, por mucho que eso signifique agujerear la democracia o estirar la cuerda hacia el autoritarismo. Porque, ahora en el poder, tiene pánico de perderlo y que, de repente, sus manejos cuestionables queden expuestos. Entonces sube la voz como aquel que pretende esconder en los gritos su falta de argumentos. Así, se hace evidente que el presidente de Brasil tiene miedo y quiere ocultarlo generando miedo en los otros

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