Parece que técnicamente la demolición del edificio Mónaco era necesaria. Pero aún falta lo más importante: mirar cómo vamos a demoler del modo de ser antioqueño ese afán desmesurado por abrazar la ilegalidad, el ventajismo en los negocios, la ambición desbordada por el dinero y la apariencia.
Después de la demolición de ese edificio, que era el paso número dos, ¿será que ahora sí empezamos a trabajar en el paso número uno?: explicar a las jóvenes generaciones las características particulares de esta sociedad antioqueña, que nos hace tan proclives a prácticas negociantes en las que perfectamente se puede pensar con ahínco en los fines, sin importar los medios non sanctos para conseguirlos. Es la cultura de la ilegalidad, la traqueta y carteleresca que hace, incluso, que altos ejecutivos de empresas legales decidan asociarse en cofradías para pactar precios por encima de lo justo. Necesitamos erradicar de nuestra cultura ese espíritu negociante que aspira a enriquecerse atropellando a los demás.
Mediático lo del edificio Mónaco, es el estilo del alcalde. Se le abona que por lo menos está hablando del tema. Yo hubiera preferido que toda esa energía y dinero no se invirtiera en la apariencia sino en la base: grupos de estudio, con maestros y profesores, para tratar de entender las causas de ese fenómeno, por qué surgió y se vivió con ese ímpetu en Medellín (no ha desaparecido) para ver si logramos que las nuevas generaciones crezcan con otra mentalidad. El problema de mi planteamiento es que es un asunto a largo plazo, imposible para la generación clic, de resultados inmediatos, incapaz de plantear proyectos a largo plazo con resultados a 10 o 15 años, que no presentan beneficios en el presente inmediato.
No sé cómo esa demolición beneficia a las víctimas o si es una especie del fresquito que genera la venganza. Porque me parece lógico lo que muchos expresaron en las redes sociales: entonces hay que demoler Montecasino y todas las propiedades donde vivieron, bailaron y planearon sus fechorías los popeyes, los Ochoa, los escobares, los mugres, las pininas, los tayson, los priscos y un inmenso etcétera que terminaría por dinamitar la mitad de Medellín. Sí, ya los turistas no tendrán dónde tomarse fotos y el lugar quedará muy bonito. Pero el problema de fondo sigue latiendo en la ciudad.